viernes, 18 de diciembre de 2009

Dios nos reveló su amor por medio de su Hijo - de la Carta a Diogneto


De la Carta a Diogneto

Nadie jamás ha visto ni ha conocido a Dios, pero él ha querido manifestarse a sí mismo. Se manifestó a través de la fe, que es la única a la que se le concede ver a Dios. Porque Dios, Señor y Creador de todas las cosas, que todo lo hizo y todo lo dispuso con orden, no sólo amó a los hombres, sino que también fue paciente con ellos. Siempre lo fue, lo es y lo será: bueno, benigno, exento de toda ira, veraz; más aún: él es el único bueno. Después de haber concebido un designio grande e inefable se lo comunicó a su único Hijo.
Mientras mantenía oculto su sabio designio y lo reservaba para sí, parecía abandonamos y olvidarse de nosotros. Pero, cuando lo reveló por medio de su amado Hijo y manifestó lo que había establecido desde el principio, nos dio juntamente todas las cosas: participar de sus beneficios y ver y comprender sus designios. ¿Quién de nosotros hubiera esperado jamás tanta generosidad?
Dios, que todo lo había dispuesto junto con su Hijo, permitió que hasta el tiempo anterior a la venida del Salvador viviéramos desviados del camino recto, atraídos por los deleites y concupiscencias, y nos dejáramos arrastrar por nuestros impulsos desordenados. No porque se complaciera en nuestros pecados, sino que los toleraba. Ni es tampoco que Dios aprobara aquel tiempo de iniquidad, sino que estaba preparando el tiempo actual de justicia, a fin de que, convictos en aquel tiempo de que por nuestras propias obras éramos indignos de la vida, fuéramos hechos dignos de ella por la bondad de Dios, reconociendo así que por nosotros mismos no podíamos entrar en el reino de los cielos, pero que esto se nos concedía como un don de Dios.
Pues cuando nuestra maldad había colmado la medida y se hizo plenamente manifiesto que por ella merecíamos el castigo y la muerte, llegó en cambio el tiempo establecido por Dios para manifestar su bondad y su poder -¡oh inmenso amor de Dios a los hombres!- y no nos odió ni nos rechazó ni se vengó de nuestras ofensas, sino que nos soportó con magnanimidad y paciencia, apiadándose de nosotros y cargando él mismo con nuestros pecados. Nos dio a su propio Hijo como precio de nuestra redención: entregó al que es santo para redimir a los impíos, al inocente por los malos, al justo por los injustos, al incorruptible por los corruptibles, al inmortal por los mortales. Y ¿qué otra cosa hubiera podido encubrir nuestros pecados sino su justicia? Nosotros que somos impíos y malos, ¿en quién hubiéramos podido ser justificados sino únicamente en el Hijo de Dios?
¡Oh admirable intercambio, mediación incomprensible, beneficios inesperados: que la impiedad de muchos sea encubierta por un solo justo y que la justicia de un solo hombre justifique a tantos!

lunes, 14 de diciembre de 2009

14 de diciembre - San Juan de la Cruz


San Juan de la Cruz nació en Fontiveros, provincia de Ávila (España), hacia el año 1542. Pasados algunos años en la Orden de los carmelitas, fue, a instancias de santa Teresa de Avila, el primero que, a partir de 1568, se declaró a favor de su reforma, por la que soportó innumerables sufrimientos y trabajos. Murió en Úbeda el año 1591, con gran fama de santidad y sabiduría, de las que dan testimonio precioso sus escritos espirituales.

Llama de amor viva
Poema de San Juan de la Cruz

¡Oh llama de amor viva
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!
Pues ya no eres esquiva
acaba ya si quieres,
¡rompe la tela de este dulce encuentro!

¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado
que a vida eterna sabe
y toda deuda paga!
Matando, muerte en vida has trocado.

¡Oh lámparas de fuego
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con estraños primores
color y luz dan junto a su querido!


¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno
donde secretamente solo moras,
y en tu aspirar sabroso
de bien y gloria lleno,
cuán delicadamente me enamoras!

domingo, 13 de diciembre de 2009

El secreto de la verdadera alegría - Benedicto XVI


Palabras que dirigió SS Benedicto XVI hoy, 13 de diciembre de 2009, tercer domingo de Adviento al rezar la oración mariana del Ángelus en la Plaza San Pedro.

¡Queridos hermanos y hermanas!
Estamos ya en el tercer domingo de Adviento. Hoy la liturgia recuerda la invitación del apóstol Pablo: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres … El Señor está cerca” (Fil 4, 4-5). La madre Iglesia, mientras nos acompaña hacia la santa Navidad, nos ayuda a redescubrir el sentido y el gusto de la alegría cristiana, tan distinta a la del mundo. En este domingo, según una bella tradición, los niños de Roma vienen a que el Papa bendiga las figuritas del Niño Jesús, que pondrán en sus pesebres. Y, de hecho, veo aquí en la Plaza de San Pedro muchos niños y muchachos, junto a sus padres, profesores y catequistas. Muy queridos, os saludo a todos con gran afecto y os doy las gracias por haber venido. Me alegra saber que en vuestras familias se conserva la costumbre de hacer el pesebre. Pero no basta con repetir un gesto tradicional, aunque sea importante. Hay que intentar vivir en la realidad del día a día lo que el pesebre representa, es decir el amor de Cristo, su humildad, su pobreza. Es lo que hizo san Francisco en Greccio: representó en vivo la escena de la Natividad, para poderla contemplar y adorar, pero sobre todo para saber poner en práctica mejor el mensaje del Hijo de Dios, que por amor a nosotros se despojó de todo y se hizo un niño pequeño.

La bendición de los “Bambinelli” -como se dice en Roma- nos recuerda que el pesebre es una escuela de vida, donde podemos aprender el secreto de la verdadera alegría. Ésta no consiste en tener muchas cosas, sino en sentirse amado por el Señor, en hacerse don para los demás y en quererse unos a otros. Miremos el pesebre: la Virgen y san José no parecen una familia muy afortunada; han tenido su primer hijo en medio de grandes dificultades; sin embargo están llenos de profunda alegría, porque se aman, se ayudan, y sobre todo están seguros de en su historia está la obra Dios, Quien se ha hecho presente en el pequeño Jesús. ¿Y los pastores? ¿Qué motivo tienen para alegrarse? El Bebé no cambiará realmente su condición de pobreza y de marginación. Pero la fe les ayuda a reconocer en el “niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”, el “signo” del cumplimiento de las promesas de Dios para todos los hombres “en quienes él se complace” (Lc 2,12-14), ¡también para ellos!

En eso, queridos amigos, es en lo que consiste la verdadera alegría: es sentir que nuestra existencia personal y comunitaria es visitada y colmada por un gran misterio, el misterio del amor de Dios. Para alegrarnos, necesitamos no sólo cosas, sino amor y verdad: necesitamos a un Dios cercano, que calienta nuestro corazón, y responde a nuestros anhelos más profundos. Este Dios se ha manifestado en Jesús, nacido de la Virgen María. Por eso el Niño, que ponemos en la cabaña o en la cueva, es el centro de todo, es el corazón del mundo. Oremos para que cada persona, como la Virgen María, pueda acoger como centro de su propia vida al Dios que se ha hecho Niño, fuente de la verdadera alegría.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Tercer Domingo de Adviento


Sofonías 3,14-18a
Filipenses 4,4-7
Lucas 3,10-18


El anuncio gozoso de la presencia y la cercanía de Dios atraviesa todo el leccionario de este tercer domingo de adviento. Sofonías repite dos veces: “El Señor está en medio de ti” (Sof 3,15.17); en el salmo responsorial cantamos: “Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel”; Pablo escribe a los filipenses: “El Señor está cerca” (Fil 4, 5); el Bautista proclama: “Viene uno más fuerte que yo” (Lc 3,16). Es una presencia que genera alegría y vida, pero al mismo tiempo es exigente. El evangelio de hoy repite tres veces el verbo “hacer”. La predicación de Juan Bautista preparando la llegada del Mesías nos recuerda que este “hacer”, con el cual se acoge la cercanía de Dios, se concretiza viviendo con responsabilidad y practicando la justicia (Lc 3,10-14).

La primera lectura (Sof 3,14.18a) es un canto dirigido a Jerusalén, que será reconstruida como ciudad en la que Yahvéh habita como rey y salvador. El texto inicia con una serie de imperativos que invitan al gozo: “Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel; alégrate de todo corazón” (v. 14). Con el apelativo “hija de Sión” se indica la ciudad de Jerusalén personificada y se refiere a sus habitantes. La causa de esta alegría es la destrucción de “sus enemigos” (v. 15a), que probablemente son los jefes y guías de la ciudad que por su comportamiento orgulloso y violento se han vuelto precisamente adversarios de la misma ciudad. Esta primera parte del canto termina con una afirmación importante en el mensaje de Sofonías: “El Señor será el rey de Israel, en medio de ti” (v. 15b). Después de haber experimentado las oscuridades y los límites de la monarquía y de las otras autoridades, que habían llegado a ser muchas veces agentes de injusticia, el profeta afirma que no queda otra salida: Yahvéh volverá a ser el rey de Israel.
El señorío de Yahvéh libera del miedo. Por eso en el v. 16 es el mismo Señor el que se dirige a la ciudad: “No tengas miedo, Sión, que tus manos no tiemblen”. Junto al sentimiento del miedo se evoca la parálisis que éste provoca. Muchas veces el temor invade a toda la persona y la vuelve impotente. Pero la presencia del Señor “en medio de ti” como “guerrero que salva” (v. 17a) libera a los habitantes de Jerusalén de todo miedo y los abre a una perspectiva de gozo. En la segunda parte del v. 17 se retoma el tema del gozo, pero con significativo cambio de sujeto. Ya no es la ciudad sino Yahvéh quien experimenta una profunda alegría. Los sentimientos de la ciudad son ahora los de Dios, que participa plenamente de su alegría: “Dará saltos por ti, su amor te renovará, por tu causa bailará y se alegrará, como en los días de fiesta”. El gozo del pueblo y el gozo de Dios se vuelven uno solo.

La segunda lectura (Fil 4,4-7) contiene una exhortación apasionada de Pablo a “estar siempre alegres en el Señor” (v. 4). Se trata, por tanto, de un gozo que brota de la experiencia profunda de Cristo muerto y resucitado. A la raíz de la alegría cristiana no se encuentra un optimismo simplista y fácil, sino la conciencia de vivir unidos a Cristo y participar de su vida. Por eso este gozo es posible aún medio de las dificultades de la vida, porque en esos momentos el creyente descubre y vive el misterio de la cruz del Señor, de tal forma que tales situaciones se presentan ricas de significado positivo, es decir, ricas de una vida que surge de la muerte.
Después de una exhortación a la bondad, Pablo afirma aquello que es la raíz de la esperanza cristiana: “El Señor está cerca”. Todo cristiano vive abierto a ese futuro de plenitud, que es el regreso del Señor. La venida liberadora de Cristo debe ser vivida en constante vigilancia, preparándonos para el encuentro definitivo con Él. El texto termina con una invitación a superar cualquier angustia o situación de ansiedad o de inquietud: “No os inquietéis por cosa alguna ” (V. 6). El verbo griego utilizado es merimnán, el mismo que Jesús usa en el sermón del monte, por lo que se puede pensar que Pablo quiera evocar una palabra de Jesús: “No os inquietéis pensando qué vais a comer o o a beber...” (Mt 5,25). En lugar de la agitación inútil el cristiano acude a la oración: “en toda ocasión presentad a Dios vuestras peticiones, mediante la oración y la súplica, acompañadas de la acción de gracias”.
El cristiano vive con la convicción de estar en las manos de Dios, el cual escucha siempre nuestra oración y hace surgir de nuestros labios la acción de gracias. Pablo concluye haciendo alusión a “la paz de Cristo”, que es la experiencia de la reconciliación y de la protección salvadora del Señor.

El evangelio (Lc 3,10-18) de hoy presenta dos centros de interés. El primero hace referencia a la espera del pueblo; el segundo al anuncio del Mesías ya cercano.
(a) La espera del pueblo (vv. 10-14). Es importante destacar en este texto de Lucas la afirmación del v. 15: “el pueblo estaba a la espera”. Una espera que se concretiza en la pregunta que diversos grupos sociales hacen al Bautista: “¿Qué debemos hacer?”, y que Lucas repite tres veces (vv. 10.12.14). Es la misma pregunta que en el libro de los Hechos de los Apóstoles la gente dirige a Pedro después del discurso de Pentecostés (Hch 2,37). Algunos incluso opinan que la expresión pertenecía al ritual bautismal de la iglesia primitiva. Juan responde a cada grupo en forma detallada, según la propia condición social y las funciones de cada uno. La acogida gozosa del Mesías que estaba por llegar sólo era posible a través del compartir los propios bienes y de practicar la justicia y la caridad con los más pobres y oprimidos de la sociedad (vv. 11-14). Abrirse al reino de Dios significa superar el desinterés por los otros, comprometerse en cambiar el propio corazón egoísta y las estructuras injustas de este mundo. Sólo a través de una fe que se manifiesta a través del actuar justo y solidario es posible reconocer y acoger al Mesías que está por llegar.
(b) El anuncio del Mesías ya cercano (vv. 15-18). Al “pueblo que estaba a la espera” Juan les anuncia la llegada del Mesías, el que bautiza no con agua como Juan en el Jordán, sino “en Espíritu Santo y fuego” (v. 16). Él hará que la humanidad entera se pueda sumergir en el fuego purificador y transformador del dinamismo del amor y la vida de Dios, que es el Espíritu. En la obra de Lucas, este “bautismo en el Espíritu” tiene lugar en Pentecostés (Hch 2; cf. Hch 1,5; 11,16), experiencia que capacitará a los discípulos para anunciar la buena nueva a todos los pueblos de la tierra. Juan además describe con palabras del profeta Malaquías la futura misión de Cristo: “En su mano tiene el bieldo para limpiar su era y recoger el trigo en su granero; pero la paja la quemará con fuego que no se apaga” (v. 17). Cristo es presentado como Juez. El Mesías tiene la función de separar el trigo de la paja, recoger el buen trigo en el granero y quemar la paja. Es una imagen bíblica conocida que se refiere al juicio de Dios al final de los tiempos. Cristo, como dice el viejo Simeón en su profecía, “está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción... a fin que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones” (Lc 2, 33-35).

La presencia del Mesías es una presencia exigente. Ciertamente Cristo hará presente en la tierra el perdón y el amor de Dios; sin embargo, esto no excluye “el juicio”. El Señor es también el juez justo y el acusador de nuestras hipocresías (Mt 23). Es importante preparar la navidad con seriedad. Debemos abrirnos con confianza al amor de Dios que en el Niño de Belén se acerca a la humanidad y a cada hombre para inaugurar “los cielos nuevos y la tierra nueva”. Pero también la navidad es un tiempo propicio para convertirnos al reino de Dios, a través de una fe viva que se manifieste en la caridad y la justicia.

fuente: www.debarim.it

martes, 8 de diciembre de 2009

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María


Gen 3,9-15.20
Ef 1,3-6.11-12
Lc 1,26-38

La solemnidad de la Inmaculada Concepción de María nos coloca delante del proyecto originario de Dios, que nos ha elegido “en Cristo”, “antes de la creación del mundo”, “para ser santos e irreprochables ante él por el amor” (Ef 1,4); que nos “ha destinado de antemano, por decisión gratuita de su voluntad, a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, y ser así un himno de alabanza a la gloriosa gracia que derramó en nosotros, por medio de su Hijo querido” (Ef 1,6).
La fiesta de la Inmaculada Concepción celebra la historia de María de Nazaret, la Madre del Señor, como la realización del designio de Dios en una criatura como nosotros. La historia de María es la historia de una donación total al plan trazado por Dios, es la historia de una gracia y de una vocación excepcional. La gracia recibida por María y su fidelidad a Dios iluminan nuestra propia existencia cristiana. María Inmaculada, totalmente consagrada a Dios y al amor en cada instante de su vida, en cada partícula de su ser y en cada dinamismo de su voluntad, es un motivo de esperanza y un llamado a la conversión. El “adán” que existe en cada uno, contemplando a María, es llamado a volver el esplendor original de la gracia y a vivir con gozo su fidelidad a los caminos del Señor.

La primera lectura (Gen 3,9-15.20) nos coloca delante de la magnífica reflexión sapiencial de Génesis 2-3 sobre el hombre de todos los tiempos. Contrariamente a lo que se afirmaba hasta hace pocos años, estos capítulos no provienen de la antigua época de la monarquía davídica en el s. X a.C., sino que, como se deduce del análisis del vocabulario y de los temas teológicos, son fruto de una tradición sapiencial más tardía y madura, que probablemente hay que ubicar en el tiempo del exilio (siglos VI-V a.C.). Nos encontramos, por tanto, delante de una reflexión teológica en forma narrativa acerca de la experiencia histórica de Israel que supone la terrible noche oscura del destierro en Babilonia: el pueblo llegó a perderlo todo por haber desobedecido a Dios y no haber seguido sus caminos.
El capítulo 2 del Génesis describe el proyecto originario del Creador, hecho de armonía y de luz; el capítulo 3, en cambio, presenta el resultado de un proyecto alternativo que el hombre ha querido realizar prescindiendo de Dios y cuyos resultados trágicos han sido experimentados por Israel y por todos los hombres, porque todos los hombres han pecado (cf. Rom 3,9; 5,12). El capítulo 2 habla de adam, un nombre hebreo colectivo que significa “humanidad”, una humanidad que ha recibido la existencia como un don de parte de Dios su Creador (Gn 2,7); en el capítulo 3, en cambio, el hombre es descrito arrastrado por una sabiduría y una voz diversa a la de Dios. Esta “voz” es representada por la serpiente, un animal que evoca los cultos idolátricos cananeos de la fertilidad y por tanto todo aquello que contradice a Dios. En la narración bíblica, el autor sagrado echa mano del artificio literario de hacer que la serpiente “hable”, pero precisamente hablando es una especie de “anti-palabra”. Las palabras que el narrador pone en su boca representan, en efecto, la oposición total y radical a la palabra de Dios.
La serpiente, afirmando que Dios no quiere que el hombre coma de ningún árbol del jardín (Gen 3,1), representa una sabiduría (una mentalidad), que imagina a Dios como alguien que es malo, que no quiere la vida del hombre y que, en cierto modo, es su rival. En la Biblia, la sabiduría es una forma de vida, es una forma de pensar, una serie de actitudes que orientan la conducta de todos los días. La serpiente representa la sabiduría que lleva a la muerte, que se opone al proyecto de Dios y que empuja al hombre a vivir idolátricamente, poniéndose como nuevo y único dios. Es el drama de la historia humana y de nuestra vida de todos los días. Es el pecado “original” porque se encuentra en el origen de todo pecado. Este es el pecado original, radical, característico y propio del primero y del último hombre, de todos los hombres que habitan sobre la faz de la tierra.
El texto del Génesis anuncia una “enemistad” histórica entre la serpiente (el símbolo del mal y de la sabiduría engañadora que se opone a la palabra de Dios) y la estirpe de la mujer (la humanidad). Se anuncia una continua hostilidad entre la humanidad y lo que la serpiente representa. Una lucha tenaz y dolorosa que, sin embargo, habrá un desenlace feliz: la victoria final será del género humano, a través de su fidelidad a Dios y a su voluntad. Tal victoria se realiza en la muerte y resurrección de Jesucristo, vencedor del pecado y de la muerte. Esta victoria de Cristo resplandece en forma eminente en María, su Madre, cuya existencia es un claro signo de la gracia divina y de la entrega total a Dios y, por tanto, de la victoria de la raza humana sobre la serpiente engañadora.

La segunda lectura (Ef 1,3-6.11-12) canta el proyecto de “Aquél que todo lo hace conforme al deseo de su voluntad” (Ef 1,11). Un gran designio salvador que tiene como centro y como meta a Cristo Jesús: “nos ha predestinado a ser sus hijos en Cristo Jesús” (Ef 1,5). El Padre nos ha elegido por amor (Ef 1,3-6); el Hijo nos ha redimido y nos ha obtenido la salvación a través de su sufrimiento (Ef 1,7-12); y el Espíritu es la mejor garantía de que tanto la acción del Padre como la del Hijo lograrán su objetivo final (Ef 1,13-14).

El evangelio (Lc 1,26-38) de la Anunciación nos presenta a la Virgen de Nazaret que recibe el anuncio del nacimiento del Mesías.
Ella es la realización más perfecta y bella del pueblo de la alianza, es la Hija de Sión llamada a alegrarse porque “el Señor, tu Dios, está en medio de ti” (Sof 3,17; Lc 1, 28). De ahora en adelante será ella, la nueva Sión, quien llevará en su seno la presencia salvadora de Dios en medio de los hombres. Sobre ella, de quien nacerá “el Hijo del Altísimo” (Lc 1,32), como en una nueva creación, vendrá el Espíritu Santo (Lc 1,35). Sobre ella, el poder del Altísimo bajará como una sombra que protege y cubre amorosamente (Lc 1,35). Como anunciaba el Salmo, María ha sido concebida “bajo el amparo del Altísimo” y “habitará siempre a la sombra del Omnipotente” (Sal 91,1). Como dice otro salmo: “El Señor la guarda a su sombra, está a su derecha; de día el sol no le hará daño, ni la luna de noche” (Sal 121,5).
María es, en efecto, la “llena de gracia” (Lc 1,28), expresión que traduce la forma verbal griega: kejaritoméne. Esta expresión verbal es un pasivo “teológico”, es decir, que tiene como sujeto de la acción a Dios; además pertenece a un tiempo verbal griego que supone una acción en el pasado, cuyos efectos permanecen continuamente en el presente. Dios ha colmado de su gracia a María desde siempre. Al inicio de su existencia hay una intervención divina, a la raíz de su vida totalmente “inmaculada”, es decir, consagrada al reino de Dios, hay una iniciativa de amor de parte de Dios.
María, la “llena de gracia”, es también “la sierva del Señor” que anhela desde el fondo de su ser realizar la voluntad de Dios en su vida (Lc 1,38). Sierva como Abraham, como Moisés y los profetas, como su Hijo, el Siervo por excelencia. María es, en efecto, una persona elegida por Dios para colaborar con él en la realización de su plan de salvación en la historia; al mismo tiempo, es alguien que ha respondido libre y gozosamente a Dios, consagrándose totalmente a su voluntad. La criatura, acogiendo la salvación, llega a ser colaboradora de Dios, volviéndose sacramento y anuncio de esta misma salvación para toda la humanidad.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Domingo IIº de Adviento - Ciclo C


Baruc 5,1-9
Filipenses 1,4-11
Lucas 3, 1-6

"Todos los hombres verán la salvación de Dios", éste es el anuncio, la novedad, que Juan el Bautista quiere hacer llegar a Israel. Porque su predicación se centra anunciar al pueblo algo nuevo, algo distinto, algo que se espera aunque no se termine de saber bien de qué se trata. Lucas recuerda el anuncio de Isaías: “preparen el camino porque ya llega lo que están esperando”.
La esperanza es una virtud que nos hace anhelar, ansiar y tender hacia algo que no poseemos y por lo tanto no sabemos bien de qué se trata. Podemos esperar algo hermoso y grande pero hasta no tenerlo, de algún modo desconoce lo que espera. Podríamos decir, una mujer que esta esperando su primer hijo, sabe que se ser madre es algo hermoso y lo espera con ansias, pero hasta que no experimente el tener a su hijo en sus brazos no sabrá del todo de qué se trata y toda su vida será ir gustando y aprendiendo de que se trata ser madre. La experiencia nos hace conocer desde adentro las cosas; sin embargo la esperanza se yergue antes de la experiencia y abre el camino para hacer gozar y gustar más de esa experiencia.
Juan el Bautista propone una esperanza activa: “preparen el camino y allanen los senderos…” No se trata de un mero esperar sentados, de dejar pasar el tiempo hasta que llegue lo que se está esperando sino que la esperanza es preparación, es un hacer que dispone de mi corazón para que cuando llegue eso esperado lo disfrute más intensamente. Toda la vida es preparación, para gozar más de lo que se espera.
Como el alpinista que entrena arduamente durante el año para después cuando llegue a la cumbre en la montaña y se encuentre saltando en las altas cumbres, pueda gozar mucho más gracias a que se preparó tanto para gozar más intensamente de la montaña.
En definitiva, de eso también se trata el Adviento: de prepararnos para poder gozar más intensamente de los bienes que Dios nos promete, nos tiene preparados. Esos bienes no los conocemos del todo. Sabemos Dios actúa y que va a actuar e intervenir en nuestra vida aunque no sabemos cómo, y sin embargo nos preparamos para esa acción de Dios en nuestra vida personal, especialmente en la llegada de la Navidad.
Pero también esta vida es un adviento, un camino de preparación para llegar a la Vida Verdadera, de la cual no sabemos demasiado, no tenemos experiencia de qué se trata, y sin embargo sabemos que es el último y gran abrazo definitivo de Dios. La vida consiste en prepararnos para ese abrazo del cual ya nunca más tendremos que irnos. Ése es el anhelo del hombre: llegar a algún lugar del cual no tenga que irse, y pueda establecerse, llegar a ese abrazo donde pueda quedarse para siempre… Para prepararnos a ese abrazo tenemos esta vida que si bien es una vocación en sí misma sin embargo no agota en ella todo lo que Dios ha de hacer en nosotros.
Recapitulando: el tiempo de Adviento nos recuerda que estamos en un camino de preparación que no se trata del mero esperar que pase el tiempo y que llegue sino que se trata de preparar al propio corazón para hacerlo más apto para gozar de la obra de Dios que ha de llegar.
¿Y qué esperamos? Ahora inmediatamente la celebración de las fiestas navideñas. El Adviento nos prepara para que vivamos esta fiesta desde la fe y vivir en profundidad. Es un tiempo para preparar el camino para que esta Navidad sea distinta, mi fiesta con el Señor… Qué hermoso sería que el protagonista real en estas navidades sea verdaderamente Dios, que sea una Navidad cristiana. Es que cuánto más nos alejamos como sociedad del sentido central de la Navidad, con más fuerza hay que predicar la centralidad de Jesucristo. Decía San Agustín: “a grandes males, grandes remedios”, buscar soluciones y propuestas más radicales para esta Navidad, realizar “gestos proféticos” que nos hagan descubrir verdaderamente que la Navidad es tiempo de Dios, animarse a que Dios nos pida algo para estas fiestas. Pero esto requiere un tiempo de preparación, para eso está el Adviento, de cómo nos preparemos depende cómo hemos de vivir la Navidad.
La liturgia nos invita a prepararnos, a no volvernos superficiales, consumistas. En el tiempo donde más hemos de maravillarnos de la humildad de Dios, no malgastemos el tiempo y el dinero en cosas tan superficiales. Gastar en guirnaldas y manteles y lucecitas cuando hay tantos hermanos nuestros sufriendo extrema pobreza, cuando hay tanta desnutrición infantil… Las estadísticas son abrumadoras y estoy hablando de nuestra Patria, que en esta Navidad podamos mirar hacia lo profundo y poner el corazón donde de verdad importa.
La fe inquieta, si vivimos la navidad tranquilos, es que no hay suficiente profundidad de fe. La fe inquieta e interpela, nos abre el corazón y nos señala desafíos, contrastes e incoherencias del propio modo de vivir. Pidamos en este adviento mirar en profundidad este tiempo que estamos viviendo. Si queremos que esta Navidad sea de Dios hagamos signos concretos con nuestra propia vida, con nuestro dinero, con nuestras opciones.
Que este Adviento nos abra el corazón para celebrar que Dios se quiere involucrar en la vida de los hombres. Qué hermoso es descubrir que Dios da el paso que me separa de él porque quiere abrazarme y puedo no irme nunca más de ese abrazo. Ese abrazo eterno de Dios se llama Jesucristo, el Dios hecho hombre que se hace niño para que todos puedan acercarse a Él y pueda convencernos Dios desde su fragilidad cuánto nos ama y con cuánta ternura nos espera.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Homilía en la Misa de Jovenes en honor de San Rafael Arnáiz


Anoche estuve hablando con alguno de ustedes que está por aquí sobre esta Misa que ibamos a celebrar hoy en honor del Hermano Rafael, y me decía esa persona: “va a ser difícil predicar, vas a tener que contar muchas cosas porque nadie sabe quién es San Rafael Arnáiz”. Ciertamente entre los que estamos aquí somos minoría quienes conocemos al Hermano Rafael…
Pero eso no importa porque no hace falta conocer demasiado de su vida, no es el momento de contar todo sobre él, aunque obviamente los que hoy lo conozcan se van a sentir muy atraídos por esa gran figura de santidad que es Rafael, no me cabe duda… Lo que si importa saber de él es que vivió su vida completamente enamorado de Jesucristo, totalmente fascinado por Dios. Rafael es un santo que está en el cielo y que desde allí intercede por nosotros, nos da fuerzas… pero también ya desde su vida en la tierra nos enseñó a vivir la santidad.
Rafael fue un santo joven, murió joven, siempre fue joven. Ni fue un gran fundador, ni un reformador de nada, ni un gran hacedor de portentosos milagros… más bien fue un hombre sencillo y alegre, y con varios defectos. Hasta su misma madre lo reconocía como un poco caprichoso, quizás demasiado sensible, no muy responsabel con el estudio...
Fue un joven común, como cualquiera de ustedes. Llegó a la vida a una familia con muchísimas posibilidades. Vivió muy acomodadamente, era buen atleta, músico, pintor, de personalidad agradable, de muchos amigos… Un hombre alegre. Quizás nadie sospechaba cuando era un chico joven que lleagría a ser un gran místico, que teníaun alma tan grande, capaz de volar tan alto, quizás nadie se atrevió a imaginar hasta qué cumbres de la santidad volaría su alma… Ni él mismo sospechaba hasta qué alturas de santidad Dios le había preparado el vuelo. Porque fue el mismo Dios el que le fue enseñando a Rafael cómo habría de volar a ese chico que a sus veinte años, medio de casualidad, entró a un Monasterio trapense, escuchó a los monjes cantar y algo pasó en su corazón, algo que lo transformó para siempre…
¿Quién fue Rafael? Es un santo. Es un santo que ya antes de ser beatificado el mismo Papa Juan Pablo II lo propuso como modelo para todos los jóvenes, hace ya veinte años, en 1989, en la Jornada Mundial de la Juventud en Santiago de Compostela en España. Fue beatificado en 1992, y canonizado por el Papa Benedicto hace casi dos meses, el 11 de octubre pasado. Rafael se está estrenando de santo queridas chicas y muchachos, así que estoy seguro que si esta noche pedimos y acudimos a él, él no va a dejar de rezar por nosotros y acercarse a nuestras vidas. Él fue un hombre a quien le gustaba mucho tener amigos y estar con ellos, y puedo darles testimonio que sigue siendo así desde el Cielo, como vivió la vida en la tierra, desde el Cielo Rafael sigue cosechando amigos. Y estoy seguro que esta noche se va a hacer de muchos amigos y amigas nuevas esta noche. Y ¿saben? El que se hace amigo de Rafael es porque siente en su corazón un deseo de volar alto como él, de llegar hasta esa cumbre que él llegó. Y ¿qué ese volar alto, qué esa cumbre? En definitiva amar mucho a Dios, pertenecer totalmente a Dios.
¡Nadie nace siendo santo! Rafael tampoco. Les decía recién que su madre lo describía con bastante objetividad. Dirá de él: “Rafael era algo indolente, no gran estudiante, ni muy aplicado, lo fiaba todo al despejo de su inteligencia y a su intuición imaginativa.
Todo lo quería y nada conservaba. Caprichoso en adquisiciones para sí y para los demás, lo mismo pedía a su padre un coche que una caja de cerillas…”
Fue un chico como todos, con límites y defectos, pero sin embargo la santidad se fue haciendo en él, Dios lo fue haciendo santo.
Y cuando empieza a crecer a hacerse joven como todos ustedes, qué es lo primero que aparece en el corazón de un joven: los sueños, los proyectos, los deseos.
Rafael también tuvo grandes sueños, soñaba con ser un gran artista y pintaba muy bien desde muy joven, y por eso mismo logró ingresar a la Escuela de Arquitectura, donde estudió tres años viviendo en una pensión de universitarios. Y fue en esos años en que Dios le empezó a tender unas pequeñas “trampitas”: le hizo conocer la Trapa, le hizo gustar cada día más de la Adoración Eucarística nocturna y de a poco le fue trasformando el corazón.
Si pudieron detenerse en el video sobre Rafael que pasamos antes de la misa, habrán visto que allí hacia el final aparece una frase suya que creo que explica todo en la vida de un hombre, de un santo, y en la vida de Rafael: “el amor impide detenerse”, para el amor es imposible detenerse y ustedes saben que eso es verdad, que cuando al corazón le pasa algo, cuando nuestro corazón siente algo por alguien, no se puede detener: no hay diferencias, distancias, temores que lo puedan detener. Si el amor es grande no nos frena ni la timidez, ni la distancia, ni las diferencias de cualquier tipo, cuando hay amor nada de eso puede impedir que siga y siga hacia la persona que se ama. Porque cuando el amor es grande, no puede detenerse y siempre busca romper los obstáculos que me impiden llegar a la persona que amo. Eso le pasó a Rafael, pero el tema es que se enamoró profundamente de Dios… y se empezó a dar cuenta que todos sus planes y proyectos tan hermosos se volvían también un obstáculo para llegar a Ese que el tanto amaba. Entonces entre los planes de Rafael y el amor de Dios tuvo que hacerse un camino para que los planes de Rafael y el plan de Dios fueran el mismo. El plan de Dios era que Rafael fuera completamente suyo. Dios se enamoró tanto de Rafael que quiso que ese corazón joven fuese completamente para Él, y lo logró porque el lema de Rafael terminó siendo ése que está allí: “¡Sólo Dios!”. Tanto se enamoró de Dios que ya decía “¡Sólo Dios!” porque todo lo demás quedaba en segundo plano. Hay que tener tanto amor, tanta experiencia de Dios para poder decir eso.
Que hermoso que hoy estemos hablando de Rafael porque creo que él tiene mucho para decirles especialmente a ustedes queridos jóvenes en este tiempo que estamos viviendo. El también vivió en una época difícil y adversa, en un país con una situación política, social, cultural donde no era fácil ser católico, vivir la fe. Queridas chicas, queridos muchachos, a ustedes también les toca remar contra la corriente, es más muchas veces es como subir nadando una cascada, una catarata porque todo está en contra. Si alguno de ustedes manifiesta sus valores de fe entre sus amigos y hasta familiares, seguramente enseguida reciban ataques, burlas, rechazos. No es fácil mantenerse en lo que creemos, en los ideales que queremos vivir. La única manera que tenemos de perseverar en este camino es amando porque el amor no permite detenerse; la única posibilidad que tenemos de ser santos es empezar a amar mucho a Dios porque el amor va a impedir que nos quedemos quietos, porque supera toda barrera y nos empuja irremediablemente hacia aquel al que se ama.
Eso hace el amor con nosotros, eso hizo el amor con los santos, eso hizo el amor con la Santísima Virgen, que pudo vencer todo obstáculo para poder llegar a esa unidad tan singular que ella tuvo con Dios a la que Él mismo la llamó: ser madre del Hijo, la hija del Padre, la esposa del Espíritu. Ese modelo de la Virgen que venció todo obstáculo y dificultad porque había un gran amor es el modelo del amor que nos hace santos.
Ustedes están ahora en épocas de exámenes, estudiando, rindiendo finales, y pronto seguro que muchos de ustedes irán a misionar en verano y seguro que casi todos se irán de vacaciones. Y van a tener muchos obstáculos para vivir la fe, pero quédense tranquilos, el secreto no esta hacer fortalecer la voluntad para resistir y aguantar. El secreto está en hacer crecer el amor a Dios porque el amor nos impide quedarnos en la mitad de camino, nos impide quedarnos en la mediocridad. El que ama está salvado porque el que ama a Dios cada vez va a necesitar amarlo más y nunca se va a conformar con nada, porque el que probó el amo de Dios esta herido de amor para siempre, el que probó el amor de Dios no se puede quedar ya tranquilo.
Ojala que Dios hoy por intercesión de Rafael los deje profundamente inquietos, intranquilos. Ojala que Dios hoy nos toque el corazón y nos “sacuda saludablemente” como dice el Papa, para descubrir cuáles son los obstáculos que me impiden volar hacia Dios. Ojala que me vaya hoy lleno de inquietud e intranquilidad, con el deseo profundo de querer ser de Dios, aunque tenga miedo, aunque tenga muchos planes, con el deseo profundo de poder decir: no tengo nada más importante que Él. Como decía aquella vieja canción del sí: “tengo que dejar mi plan, tus caminos valen más”.
Ese es el secreto de la vida: ser capaces de amar tanto a Dios que podamos quedar nosotros mismos en un segundo lugar para poder seguir el camino por el que Jesús me quiera llevar.
Rafael enfermó cuando entro al Monasterio y no pudo ser monje a causa de su diabetes aguda. Entonces tuvo que entrar enfermo como “oblato” es decir como si fuera un empleado de quehaceres menores en el Monasterio, sin ser monje. Y entendió que Dios lo quería tanto que incluso le pedía no ser monje y al final de su vida poco tiempo antes de morir el escribía esto que les quiero leer ahora:
“En la oración de esta mañana he hecho un voto. He hecho el voto de amar siempre a Jesús.
Me he dado cuenta de mi vocación. No soy religioso..., no soy seglar..., no soy nada... Bendito Dios, no soy nada más que un alma enamorada de Cristo. Él no quiere más que mi amor, y lo quiere desprendido de todo y de todos.
Virgen María, ayúdame a cumplir mi voto.
Amar a Jesús, en todo, por todo y siempre... Sólo amor. Amor humilde, generoso, desprendido, mortificado, en silencio… Que mi vida no sea más que un acto de amor.”
(1 de enero de 1938 – sábado)
Ojala que cada uno de nosotros pueda vivir así, deseando que la vida sea solamente un acto de amor de Dios. Eso es la santidad. Y nadie puede ser santo si no ama mucho, mucho a Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con toda su fuerza, con toda pasión.
Queridas chicas, queridos muchachos, eso le pedimos con mucha fuerza a Dios esta noche para cada uno de nosotros. Para que Él encienda nuestra corazón y cada vez amemos mucho, mucho más a Dios.
Ojala que mi vida y la vida de cada uno de ustedes no sea más que un acto de amor a Dios.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Del discurso del Papa Benedicto XVI, al inaugurar la Conferencia de Aparecida


En América Latina, la mayoría de la población está formada por jóvenes. Tenemos que recordarles que su vocación consiste en ser amigos de Cristo, sus discípulos. Los jóvenes no tienen miedo del sacrificio, sino de una vida sin sentido. Son sensibles a la llamada de Cristo que les invita a seguirle. Pueden responder a esa llamada como sacerdotes, como consagrados y consagradas, o como padres y madres de familia, entregados totalmente a servir a sus hermanos con todo su tiempo y capacidad de entrega, con toda su vida. Los jóvenes tienen que afrontar la vida como un descubrimiento continuo, sin dejarse llevar por las modas o las mentalidades en boga, sino procediendo con una profunda curiosidad sobre el sentido de la vida y sobre el misterio de Dios, Padre creador, y de su Hijo, nuestro redentor, dentro de la familia humana. Tienen que comprometerse también en una continua renovación del mundo a la luz del Evangelio. Es más, tienen que oponerse a los fáciles espejismos de la felicidad inmediata y a los paraísos engañosos de la droga, del placer, del alcohol, así como a todo tipo de violencia.

"Quédate con nosotros"
Los trabajos de esta V Conferencia General nos llevan a hacer nuestra la súplica de los discípulos de Emaús: "Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado" (Lc 24, 29).

Quédate con nosotros, Señor, acompáñanos aunque no siempre hayamos sabido reconocerte. Quédate con nosotros, porque en torno a nosotros se van haciendo más densas las sombras, y tú eres la Luz; en nuestros corazones se insinúa la desesperanza, y tú los haces arder con la certeza de la Pascua. Estamos cansados del camino, pero tú nos confortas en la fracción del pan para anunciar a nuestros hermanos que en verdad tú has resucitado y que nos has dado la misión de ser testigos de tu resurrección.

Quédate con nosotros, Señor, cuando en torno a nuestra fe católica surgen las nieblas de la duda, del cansancio o de la dificultad: tú, que eres la Verdad misma como revelador del Padre, ilumina nuestras mentes con tu Palabra; ayúdanos a sentir la belleza de creer en ti.

Quédate en nuestras familias, ilumínalas en sus dudas, sostenlas en sus dificultades, consuélalas en sus sufrimientos y en la fatiga de cada día, cuando en torno a ellas se acumulan sombras que amenazan su unidad y su naturaleza. Tú que eres la Vida, quédate en nuestros hogares, para que sigan siendo nidos donde nazca la vida humana abundante y generosamente, donde se acoja, se ame, se respete la vida desde su concepción hasta su término natural.

Quédate, Señor, con aquéllos que en nuestras sociedades son más vulnerables; quédate con los pobres y humildes, con los indígenas y afro-americanos, que no siempre han encontrado espacios y apoyo para expresar la riqueza de su cultura y la sabiduría de su identidad. Quédate, Señor, con nuestros niños y con nuestros jóvenes, que son la esperanza y la riqueza de nuestro Continente, protégelos de tantas insidias que atentan contra su inocencia y contra sus legítimas esperanzas.¡Oh buen Pastor, quédate con nuestros ancianos y con nuestros enfermos. ¡Fortalece a todos en su fe para que sean tus discípulos y misioneros!

domingo, 29 de noviembre de 2009

Domingo I de Adviento - Ciclo C


Jeremías 33,14-16
1 Tesalonicenses 3,12-4,2
Lucas 21,25-28.34-36


La verdad fundamental de nuestra fe es la Encarnación, es lo que hace distinta a nuestra fe de toda otra concepción religiosa, ya que concebir a Cristo, Dios y hombre, implica para el hombre un quiebre de toda su capacidad de razonamiento lógico, porque tiene que aceptar que lo eterno se haga parte del tiempo, que el Absoluto de vuelva relativo, que lo infinito se limite a sí mismo, que lo perfecto esté sujeto a las imperfecciones. La Encarnación nos presenta la realidad de la UNION de dos extremos aparentemente opuestos, y para la sola lógica del hombre, inconciliables. Dios nos creó para santificarnos y hacernos parte de su Vida por eso cuando el Verbo se encarna la obra de la creación empieza a llegar a su plenitud, que será consumada plenamente en la Resurrección. Es que en la Encarnación lo creado se une de manera insospechada con el Creador a través del amor de Dios que salta todas las distancias y, en Cristo, une la naturaleza creada a su misma naturaleza divina.
Ahora bien, para que el hombre pudiera acoger este misterio y contemplarlo, fue necesario un camino, una historia de salvación. Dios se preparó a Israel a través larga pedagogía que fue disponiendo al corazón del pueblo para que pudiera aceptar y acoger ese don de Dios que, de suyo, supera toda capacidad de reflexión meramente racional. Dios mismo fue preparando el corazón del hombre para que pudiera contemplar en estupor de fe un misterio que nunca habría de comprender totalmente, pero que paradójicamente se hacia accesible. Esto es el Antiguo Testamento, la elección de Israel, los profetas, la historia de salvación… Un camino que Dios en su providencia traza para el hombre para que pudiera prepararse a contemplar maravillado esta Suma Belleza: Dios ama al hombre: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que el mundo se salve por Él…” (Jn 3, 16-17), y tanto lo ama que, en Cristo, vence para siempre toda distancia entre Él y su creatura.

Y el tiempo de Adviento nos recuerda ese tiempo de preparación que Dios le hizo a Israel durante muchos siglos para que pudiera acoger el Don de Dios. El Adviento nos recuerda año a año que necesitamos un corazón nuevo para contemplar de verdad el pesebre. El hombre necesita disponerse y acercarse con actitud de fe para poder contemplar como hijo la maravilla del Dios encarnado. Para esto es necesario un cierto “impacto”.
El Papa Benedicto hace algunos días se reunión en la Capilla Sixtina con artistas de todo el mundo sobre la importancia del arte y la belleza. Y les decía el Papa: “…una función esencial de la verdadera belleza, de hecho, ya expuesta por Platón, consiste en provocar en el hombre una saludable "sacudida", que le haga salir de sí mismo, le arranque de la resignación, de la comodidad de lo cotidiano, le haga también sufrir, como un dardo que lo hiere pero que le "despierta", abriéndole nuevamente los ojos del corazón y de la mente, poniéndole alas, empujándole hacia lo alto” (Benedicto XVI, Discurso a los artistas, 21.11.2009)
Esta salida de lo superficial y del encierro capacita al hombre para poder contemplar lo que está allí en la realidad pero que no se percibe sin una actitud contemplativa. El impacto de la belleza hace que el hombre pueda entrar en el misterio y así el misterio entra en el hombre. El hombre en el misterio y el misterio en el hombre, y así Dios se va haciendo cada vez mas cercano a la vida y a la experiencia del hombre. La distancia se va superando.
Esto hace el Adviento, nos “sacude saludablemente” para que podamos detenernos a contemplar el misterio, la gran maravilla que significa la Encarnación y el nacimiento del Hijo de Dios.

Las lecturas que hoy nos propone la Iglesia nos iluminan para esta reflexión.
Primero el profeta Jeremías nos recuerda que Dios cumplirá sus promesas. Nos vuelve a la esperanza de que toda promesa se hará realidad plenamente y ya no habrá distancias con Dios. Es que la distancia es el obstáculo de los que se aman, la distancia física, interior, de cualquier tipo. La distancia hace doloroso al amor. Y siempre habrá distancia. Aún en el abrazo de los que se aman permanece una cierta distancia que es nuestra propia soledad. Es la distancia la herida del amor y es también así entre Dios y el hombre, la distancia de no ser aquello a lo que estamos llamados. Pero Dios promete que esa distancia se acabará. Por eso el amor siempre sigue hacia adelante y nada puede detenerlo, busca y busca romper toda distancia y dar pasos de acercamiento, que sólo se detiene como diría San Juan de la Cruz ante “la tela deste dulce encuentro”. Esa distancia sólo se supera en Cristo que, en Él, nos hace de algún modo parte de la Encarnación de Dios. Dice el Concilio Vaticano II: “El Hijo de Dios con su Encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre” (GS 22): en Cristo de alguna manera todos somos parte de la Encarnación de Dios. Dios es fiel y cumplirá sus promesas y la promesa de Dios es que ya no habrá distancias en el amor, Él estará con nosotros. La promesa de Dios es en definitiva unirse íntimamente con el hombre. Eso es la santidad, la unión transformante de Dios con el hombre. El plan de Dios es la santidad, por eso no ser santos es perderse de la vida, no ser santos es no saber vivir. Y el profeta Jeremías viene a recordarnos que Dios es fiel a sus promesas.

En la Segunda Lectura el Apóstol San Pablo nos recuerda que el modo de ir preparando el corazón para ese encuentro final es permanecer en el día a día en el amor y en hacer crecer el amor, porque el amor necesita crecer, ya que no es una realidad estática sino que nos compromete a amar cada día más con el dinamismo de la vida.
El bautizado que no ama más cada día está desconociendo su propia identidad. San Pablo recuerda que esa es la actividad de la espera, amar y hacer crecer el amor mutuo.

Por ultimo está el Evangelio que no tiende a satisfacernos la curiosidad sobre lo que va a pasar el día del Hijo del hombre, sino que en un lenguaje metafórico como lo es el apocalíptico, nos invita a estar atentos y prevenidos para no dejarnos aturdir por los problemas cotidianos, por los deseos y necesidades cotidianas que por otra parte nos van haciendo cada día mas consumistas, necesitados de cosas, superficiales… No dejarnos aturdir por esas cosas, para estar preparados para ver la acción de Dios.
Esto es lo que le pasa por ejemplo a nuestra sociedad especialmente con la llegada de la Navidad, que suele ser la época en que más aturdidos vivimos, porque se termina el año, hay muchas cosas para hacer, por planificar… Todos nos vamos aturdidos y mas cerca de la fiesta de la Navidad más aún, con las compras, los regalos, y nos puede pasar que por dejarnos aturdir nos perdimos del misterio que en realidad íbamos a celebrar: Dios nos ama; tanto nos ama que quiere quitar toda distancia entre Él y nosotros, y eso es el pesebre.
El pesebre es un grito misterioso que no se percibe a simple vista sino que exige detenerse para poder captarlo. Es un grito silencioso que dice que Dios quiere vencer toda distancia para con nosotros dando ese gran paso que es la Encarnación.
Qué hermoso es contemplar el pesebre y rezar allí, donde hay un Dios que tiene deseos de encontrarse con nosotros.
Qué hermoso es hablar con alguien que tiene ganas de escucharme, de hablar conmigo. Y por el contrario que duro es no sentirse escuchado, recibido.
Por eso Dios se hace niño, se hace frágil para que yo pueda estar con Él, y que yo pueda creer que Él se goza de mi presencia. La Navidad es eso, un recuerdo de que hay un amor que nos espera. Dios en su amor quiere eliminar todas las distancias de nuestra vida, y curar las heridas de la distancia, las heridas del amor, porque, como bien dice San Juan de la Cruz: “las heridas del amor sólo las cura aquel que las hace…”
Y el Adviento será el camino que prepare nuestro corazón para contmeplar y experimentar aquel “dulce encuentro” que se realiza en el pesebre.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Acto de amor a Dios, del Santo Cura de Ars


Acto de amor a Dios
Santo Cura de Ars
.

"Yo te amo, Dios mío
y mi único deseo es amarte
hasta el último momento de mi vida.
Te amo, Dios infinitamente amable
y prefiero morir amándote
a vivir un solo instante sin amarte.
Te amo, Señor, y la gracia que Te pido
es la de amarte eternamente.
Te amo, Dios mío, y deseo el cielo
sólo para poder tener la felicidad de amarte
con todas mis potencias.
Te amo, Dios mío, infinitamente bueno
y temo el infierno sólo porque ahí
no tendría jamás el dulce consuelo de amarte.
Dios mío, si mis labios no pueden decirte
a cada instante que Te amo,
quiero que mi corazón Te lo repita
cuantas veces yo respire.
Dios mío, dame la gracia
de que sufra por Tu amor
y de amarte en mi sufrimiento.
Te amo, mi Divino Salvador,
porque Tú has sido crucificado por mí.
Te amo, Dios mío,
porque me tienes crucificado
para acercarme a Ti.
Amar a un hombre Dios
crucificado por nosotros,
es amor de gratitud.
Amar a un Dios que nos crucifica
es amor generoso.
Dios mío, concédeme que muera por tu amor
y conociendo que Te amo.
A medida que me acerque a la muerte,
dame la gracia de aumentar mi amor
y de perfeccionarlo. Amén."

La vocación del Hermano Rafael

MISA de Acción de Gracias
por la CANONIZACIÓN del Hermano RAFAEL
Miércoles 2 de diciembre
a las 20:15
en la Iglesia del PILAR


Hace un mes el Hermano Rafael es ya san Rafael Arnáiz Barón: un potente foco de luz para la Iglesia y para la Humanidad de comienzos del siglo XXI, como lo han sido y lo siguen siendo san Ignacio de Loyola, santa Teresa de Jesús o san Juan de la Cruz.
Rafael es conocido por sus escritos. No ha sido fundador ni reformador; pero su pluma transmite el secreto de la mística cristiana de todos los tiempos con las palabras de un joven, muerto a los 27 años, cuando el siglo XX se acercaba al culmen de su tragedia. Su breve vida tiene un antes y un después en el 25 de mayo de 1934. No fue ése el día en que decidió hacerse monje, ni el de su entrada en el monasterio cisterciense de San Isidro de Dueñas. Fue el momento en el que la enfermedad que acabará por llevarle a la muerte, cambió el signo de la fuerza por el de la debilidad en el horizonte de su existencia.
Rafael tiene éxito en los estudios. Toca el violín y el piano. Conduce su coche por los valles y las costas de Asturias y patea las cumbres de los Picos de Europa, interpretándolas en sus acuarelas. Lee a san Juan de la Cruz, hace Ejercicios espirituales, se alista en la Adoración Nocturna y en las Conferencias de San Vicente Paúl. En 1932 escoge pensión en el edificio más alto de Madrid en la Plaza de Callao; frecuenta las clases de Arquitectura; conciertos, los domingos; cultiva la amistad de sus amigos y también, de modo especial, la de sus confidentes espirituales en Ávila, sus tíos María y Polín; hace el servicio militar montando guardias en el Palacio de Oriente y esquiando en el Guadarrama. Un torbellino de actividad y de fuerza, que culmina en la conquista de su proyecto más deseado: ser monje. Desde que, en 1930, visitara el monasterio y se enamorara del silencio, de la salmodia, de aquella comunidad de hombres de blanco haciendo guardia día y noche ante el sagrario, Rafael se había dicho que aquello era lo suyo. Y un buen día, en noviembre de 1933, decide abandonarlo todo para realizar el sueño de su juventud: entregarse por completo al amor de Dios. Rafael entra en el monasterio el 15 de enero de 1934. Su alegría fue inmensa. Pero el signo de la fuerza pronto se trocó por el de la debilidad.
El joven atleta de Dios vuelve al hogar de Oviedo deshecho físicamente por la diabetes y atormentado en el espíritu: ¿No me quiere Dios en el monasterio? ¿Me he equivocado? ¿He sido presuntuoso y egoísta? Eran preguntas amargas que se agolpaban en su alma, en el momento de la desilusión de su vida, como Rafael mismo llamará a aquel momento decisivo. Pero su grandeza consiste precisamente en cómo supo entender la voluntad de Dios. Más de uno se hubiera hundido. Rafael se aplica a la oración, escucha los consejos de personas de su confianza y, por fin, después de año y medio de maduración, decide volver a pedir el ingreso en el monasterio como oblato. Era renunciar a su ilusión de ser monje y al sacerdocio monástico. Pero era la ocasión para dar un salto de gigante en el amor que movía ya su vida. Cuando escribe al abad pidiéndole volver, le dice: «Hace dos años (...) yo buscaba a Dios, pero también buscaba a las criaturas y me buscaba a mí mismo, y Dios me quiere para Él solo...»
La debilidad resultó para Rafael ser la fuerza motriz del amor más puro y mayor. Ésos eran los planes de Dios que él supo interpretar bien. Los poco más de dos años que le quedaban de vida fueron la entrega completa de su debilidad a Dios, unida en ofrenda de amor a la Cruz de Cristo. Ésa fue su gran fortaleza y la causa de una alegría indescriptible. Ésa fue su locura, como él la llama: la locura por Cristo y por su Cruz, que le hace partícipe también de su gloria. Rafael escribe más tarde, como fino teólogo sin estudios: «En el mundo se sufre mucho, pero se sufre poco por Dios. El cristiano no ama la debilidad y el sufrimiento tal como éste es en sí, sino tal como es Cristo, y el que ama a Cristo, ama su Cruz». Nada de masoquismo. Dios sufre en Cristo y quien le ama, desea estar con el sufrimiento de Dios. Es la mística del seguimiento de Cristo hasta la Cruz. Es la locura y la ciencia de la Cruz.
Una existencia y un mensaje así es precisamente lo que más necesita el mundo de comienzos del siglo XXI: la mística cristiana de siempre en el contexto materialista y hedonista de nuestros días. La realización plena de la existencia humana no es posible más que como amoroso y radical abandono en Dios. No es el progreso entendido como el conjunto de logros de la fuerza humana lo que trae la felicidad al mundo. Tal progreso es puro ruido -como escribía Rafael- si carece del silencio en el que el ser humano puede escuchar el latido del Corazón de Dios.
San Rafael Arnáiz Barón ofrece a cada uno en su propia vocación, el testimonio perenne de la mística cristiana: sólo Dios puede llenar el corazón humano. Sin tal mística, no habrá vida ni misión cristianas. Pero tampoco realización humana. «Me he dado cuenta de mi vocación -escribe Rafael-. No soy religioso..., no soy seglar..., no soy nada... Bendito sea Dios, no soy nada más que un alma enamorada de Cristo. Él no quiere más que mi amor. (...) Que mi vida no sea más que un acto de amor».
+ Juan Antonio Martínez Camino
Obispo Auxiliar de Madrid
Sec. gral del Episcopado de España

viernes, 27 de noviembre de 2009

27 de Noviembre - Día de la Virgen de la Medalla Milagrosa



El 27 de noviembre de 1830 la Virgen Santísima se apareció a Santa Catalina Labouré, humilde religiosa vicentina, y se le apareció de esta manera: La Virgen venía vestida de blanco. Junto a Ella había un globo luciente sobre el cual estaba la cruz. Nuestra Señora abrió sus manos y de sus dedos fulgentes salieron rayos luminosos que descendieron hacia la tierra. María Santísima dijo entonces a Sor Catalina:
"Este globo que has visto es el mundo entero donde viven mis hijos. Estos rayos luminosos son las gracias y bendiciones que yo expando sobre todos aquellos que me invocan como Madre. Me siento tan contenta al poder ayudar a los hijos que me imploran protección. ¡Pero hay tantos que no me invocan jamás! Y muchos de estos rayos preciosos quedan perdidos, porque pocas veces me rezan".

Entonces alrededor de la cabeza de la Virgen se formó un círculo o una aureola con estas palabras: "Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Ti".
Y una voz dijo a Catalina:
"Hay que hacer una medalla semejante a esto que estas viendo. Todas las personas que la lleven, sentirán la protección de la Virgen",
y apareció una M, sobre la M una cruz, y debajo los corazones de Jesús y María. Es lo que hoy se ve en la Medalla Milagrosa.

El Arzobispo de París permitió fabricar la medalla tal cual había aparecido en la visión, y al poco tiempo empezaron los milagros. (lo que consigue favores de Dios no es la medalla, que es un metal muerto, sino nuestra fe y la demostración de cariño que le hacemos a la Virgen Santa, llevando su sagrada imagen).

martes, 24 de noviembre de 2009

El sacerdote y la Eucarsitía


El sacerdote es el hombre del amor, porque el amor victorioso de Jesucristo ha vencido todo. El sacerdote vence amando y no hay mayor amor que dar la vida. Cuando el sacerdote ama, Cristo vence.
A los sacerdotes Dios nos ha pedido que entreguemos la vida para amar más. El sacerdote que no ama más, está desconociendo su verdadera identidad, porque estamos llamados a ser padre de todos, no de algunos, de los que me caen bien, los que me convienen. Estamos llamados a amar más y a todos.
El sacerdote tiene que amar más: a su familia, a la Iglesia, a su Obispo, a sus hermanos sacerdotes, a todas las personas, especialmente a los que Dios le encomiende. Un buen cura es el que ama de verdad a la gente.
La misericordia de Dios de la que el sacerdote es testigo y ministro, nos va cambiando el corazón. Confesando los pecados de la gente, perdonándolos en nombre de Cristo somos en Él "testigos fieles" de esta hermosa verdad: el pecado no ha vencido, y Dios nos ofrece incesantemente su perdón. La última palabra no la tiene el fracaso del pecado sino la entrega de Cristo por amor.
Y la gran síntesis de entrega y amor es la EUCARISTIA. Que don de Dios es un sacerdote que ame mucho a la Eucaristía. Así como la Eucaristía no existe sin el sacerdote, el sacerdote no existe sin la Eucaristía… Así de simple, así de claro, así de necesario. Para un sacerdote más que para nadie: un día sin Eucaristía es un día perdido, incompleto, vacío de lo más necesario para su propia vida.
La Eucaristía es para el sacerdote mas necesaria que el trabajo, que el alimento, que el descanso, que la acción pastoral, que todas esas y muchas otras son cosas necesarias, pero sin Eucaristía el sacedorte no tiene razón de ser, no tiene sentido. Que no pase UN DIA DE NUESTRA VIDA SIN EUCARISTÍA

jueves, 19 de noviembre de 2009

Discurso del Papa Benedicto XVI a los jóvenes y seminaristas en Nueva York


Parte del discurso que pronunció Su Santidad el Papa Benedicto XVI en la tarde del sábado 19 de abril de 2008, en su encuentro con los jóvenes y con los seminaristas en el Seminario de San José de Nueva York

"Queridos amigos, ¿qué ocurre hoy? ¿Quién da testimonio de la Buena Noticia de Jesús en las calles de Nueva York, en los suburbios agitados en la periferia de las grandes ciudades, en las zonas donde se reúnen los jóvenes buscando a alguien en quien confiar? Dios es nuestro origen y nuestra meta, y Jesús es el camino. El recorrido de este viaje pasa, como el de nuestros santos, por los gozos y las pruebas de la vida ordinaria: en vuestras familias, en la escuela o el colegio, durante vuestras actividades recreativas y en vuestras comunidades parroquiales. Todos estos lugares están marcados por la cultura en la que estáis creciendo. Como jóvenes americanos se les ofrecen muchas posibilidades para el desarrollo personal y están siendo educados con un sentido de generosidad, servicio y rectitud. Pero no necesitan que les diga que también hay dificultades: comportamientos y modos de pensar que asfixian la esperanza, sendas que parecen conducir a la felicidad y a la satisfacción, pero que sólo acaban en confusión y angustia.

Mis años de adolescente fueron arruinados por un régimen funesto que pensaba tener todas las respuestas; su influjo creció -filtrándose en las escuelas y los organismos civiles, así como en la política e incluso en la religión- antes de que pudiera percibirse claramente que era un monstruo. Declaró proscrito a Dios, y así se hizo ciego a todo lo bueno y verdadero. Muchos de los padres y abuelos de ustedes les habrán contado el horror de la destrucción que siguió después. Algunos de ellos, de hecho, vinieron a América precisamente para escapar de este terror.

Demos gracias a Dios, porque hoy muchos de su generación pueden gozar de las libertades que surgieron gracias a la expansión de la democracia y del respeto de los derechos humanos. Demos gracias a Dios por todos los que lucharon para asegurar que puedan crecer en un ambiente que cultiva lo bello, bueno y verdadero: sus padres y abuelos, sus profesores y sacerdotes, las autoridades civiles que buscan lo que es recto y justo.

Sin embargo, el poder destructivo permanece. Decir lo contrario sería engañarse a sí mismos. Pero éste jamás triunfará; ha sido derrotado. Ésta es la esencia de la esperanza que nos distingue como cristianos; la Iglesia lo recuerda de modo muy dramático en el Triduo Pascual y lo celebra con gran gozo en el Tiempo pascual. El que nos indica la vía tras la muerte es Aquel que nos muestra cómo superar la destrucción y la angustia; Jesús es, pues, el verdadero maestro de vida (cf. Spe salvi, 6). Su muerte y resurrección significa que podemos decir al Padre celestial: "Tú has renovado el mundo" (Viernes Santo, Oración después de la comunión). De este modo, hace pocas semanas, en la bellísima liturgia de la Vigilia pascual, no por desesperación o angustia, sino con una confianza colmada de esperanza, clamamos a Dios por nuestro mundo: "Disipa las tinieblas del corazón. Disipa las tinieblas del espíritu" (cf. Oración al encender el cirio pascual).

¿Qué pueden ser estas tinieblas? ¿Qué sucede cuando las personas, sobre todo las más vulnerables, encuentran el puño cerrado de la represión o de la manipulación en vez de la mano tendida de la esperanza? El primer grupo de ejemplos pertenece al corazón. Aquí, los sueños y los deseos que los jóvenes persiguen se pueden romper y destruir muy fácilmente. Pienso en los afectados por el abuso de la droga y los estupefacientes, por la falta de casa o la pobreza, por el racismo, la violencia o la degradación, en particular muchachas y mujeres. Aunque las causas de estas situaciones problemáticas son complejas, todas tienen en común una actitud mental envenenada que se manifiesta en tratar a las personas como meros objetos: una insensibilidad del corazón, que primero ignora y después se burla de la dignidad dada por Dios a toda persona humana. Tragedias similares muestran también que lo podría haber sido y lo que puede ser ahora, si otras manos, vuestras manos, hubieran estado tendidas o se tendiesen hacia ellos. Les animo a invitar a otros, sobre todo a los débiles e inocentes, a unirse a ustedes en el camino de la bondad y de la esperanza.

El segundo grupo de tinieblas -las que afectan al espíritu- a menudo no se percibe, y por eso es particularmente nocivo. La manipulación de la verdad distorsiona nuestra percepción de la realidad y enturbia nuestra imaginación y nuestras aspiraciones. Ya he mencionado las muchas libertades que afortunadamente pueden gozar ustedes. Hay que salvaguardar rigurosamente la importancia fundamental de la libertad. No sorprende, pues, que muchas personas y grupos reivindiquen en voz alta y públicamente su libertad. Pero la libertad es un valor delicado. Puede ser malentendida y usada mal, de manera que no lleva a la felicidad que todos esperamos, sino hacia un escenario oscuro de manipulación, en el que nuestra comprensión de nosotros mismos y del mundo se hace confusa o se ve incluso distorsionada por quienes ocultan sus propias intenciones.

¿Han notado ustedes que, con frecuencia, se reivindica la libertad sin hacer jamás referencia a la verdad de la persona humana? Hay quien afirma hoy que el respeto a la libertad del individuo hace que sea erróneo buscar la verdad, incluida la verdad sobre lo que es el bien. En algunos ambientes, hablar de la verdad se considera como una fuente de discusiones o de divisiones y, por tanto, es mejor relegar este tema al ámbito privado. En lugar de la verdad -o mejor, de su ausencia- se ha difundido la idea de que, dando un valor indiscriminado a todo, se asegura la libertad y se libera la conciencia. A esto llamamos relativismo. Pero, ¿qué objeto tiene una "libertad" que, ignorando la verdad, persigue lo que es falso o injusto? ¿A cuántos jóvenes se les ha tendido una mano que, en nombre de la libertad o de una experiencia, los ha llevado al consumo habitual de estupefacientes, a la confusión moral o intelectual, a la violencia, a la pérdida del respeto por sí mismos, a la desesperación incluso y, de este modo, trágicamente, al suicidio? Queridos amigos, la verdad no es una imposición. Tampoco es un mero conjunto de reglas. Es el descubrimiento de Alguien que jamás nos traiciona; de Alguien del que siempre podemos fiarnos. Buscando la verdad llegamos a vivir basados en la fe porque, en definitiva, la verdad es una persona: Jesucristo. Ésta es la razón por la que la auténtica libertad no es optar por "desentenderse de". Es decidir "comprometerse con"; nada menos que salir de sí mismos y ser incorporados en el "ser para los otros" de Cristo (cf. Spe salvi, 28).

Como creyentes, ¿cómo podemos ayudar a los otros a caminar por el camino de la libertad que lleva a la satisfacción plena y a la felicidad duradera? Volvamos una vez más a los santos. ¿De qué modo su testimonio ha liberado realmente a otros de las tinieblas del corazón y del espíritu? La respuesta se encuentra en la médula de su fe, de nuestra fe. La encarnación, el nacimiento de Jesús nos muestra que Dios, de hecho, busca un sitio entre nosotros. A pesar de que la posada está llena, él entra por el establo, y hay personas que ven su luz. Se dan cuenta de lo que es el mundo oscuro y hermético de Herodes y siguen, en cambio, el brillo de la estrella que los guía en la noche. ¿Y qué irradia? A este respecto pueden recordar la oración recitada en la noche santa de Pascua: "¡Oh Dios!, que por medio de tu Hijo, luz del mundo, nos has dado la luz de tu gloria, enciende en nosotros la llama viva de tu esperanza" (cf. Bendición del fuego). De este modo, en la procesión solemne con las velas encendidas, nos pasamos de uno a otro la luz de Cristo. Es la luz que "ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos" (Exsultet). Ésta es la luz de Cristo en acción. Éste es el camino de los santos. Ésta es la visión magnífica de la esperanza. La luz de Cristo les invita a ser estrellas-guía para los otros, marchando por el camino de Cristo, que es camino de perdón, de reconciliación, de humildad, de gozo y de paz.

Sin embargo, a veces tenemos la tentación de encerrarnos en nosotros mismos, de dudar de la fuerza del esplendor de Cristo, de limitar el horizonte de la esperanza. ¡Ánimo! Miren a nuestros santos. La diversidad de su experiencia de la presencia de Dios nos sugiere descubrir nuevamente la anchura y la profundidad del cristianismo. Dejen que su fantasía se explaye libremente por el ilimitado horizonte del discipulado de Cristo. A veces nos consideran únicamente como personas que hablan sólo de prohibiciones. Nada más lejos de la verdad. Un discipulado cristiano auténtico se caracteriza por el sentido de la admiración. Estamos ante un Dios que conocemos y al que amamos como a un amigo, ante la inmensidad de su creación y la belleza de nuestra fe cristiana."

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Misa en cárcel comunista - Cardenal Van Thuan



Misa en cárcel comunista
Testimonio del Cardenal Van Thuan

¿Cómo celebraba la misa el cardenal vietnamita que estuvo años en un campo de concentración?
Van Thuan, el arzobispo vietnamita que estuvo años en prisión, después cardenal de la Iglesia Católica, y hoy camino a los altares, da testimonio sobre cómo logró celebrar la misa en un campo de concentración comunista.

"Cuando me arrestaron, tuve que marcharme enseguida, con las manos vacías. Al día siguiente me permitieron escribir a los míos, para pedir lo más necesario: ropa, pasta de dientes... Les puse: Por favor, enviadme un poco de vino como medicina contra el dolor de estómago. Los fieles comprendieron enseguida.

Me enviaron una botellita de vino de misa, con la etiqueta: medicina contra el dolor de estómago, y hostias escondidas en una antorcha contra la humedad.

La policía me preguntó:
¿Le duele el estómago?
–Sí.
–Aquí tiene una medicina para usted.

Nunca podré expresar mi gran alegría: diariamente, con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de la mano, celebré la misa. ¡Éste era mi altar y ésta era mi catedral! Era la verdadera medicina del alma y del cuerpo: Medicina de inmortalidad, remedio para no morir, sino para vivir siempre en Jesucristo, como dice Ignacio de Antioquía.

A cada paso tenía ocasión de extender los brazos y clavarme en la cruz con Jesús, de beber con Él el cáliz más amargo. Cada día, al recitar las palabras de la consagración, confirmaba con todo el corazón y con toda el alma un nuevo pacto, un pacto eterno entre Jesús y yo, mediante su sangre mezclada con la mía. ¡Han sido las misas más hermosas de mi vida!"

martes, 17 de noviembre de 2009

DE LA VERDADERA Y PERFECTA ALEGRÍA - San Francisco de Asis


El mismo fray Leonardo refirió allí mismo que cierto día el bienaventurado Francisco, en Santa María, llamó a fray León y le dijo: «Hermano León, escribe».
El cual respondió: «Heme aquí preparado».
«Escribe –dijo– cuál es la verdadera alegría.
Viene un mensajero y dice que todos los maestros de París han ingresado en la Orden. Escribe: No es la verdadera alegría.
Y que también, todos los prelados ultramontanos, arzobispos y obispos; y que también, el rey de Francia y el rey de Inglaterra. Escribe: No es la verdadera alegría.
También, que mis frailes se fueron a los infieles y los convirtieron a todos a la fe; también, que tengo tanta gracia de Dios que sano a los enfermos y hago muchos milagros: Te digo que en todas estas cosas no está la verdadera alegría.
Pero ¿cuál es la verdadera alegría?
Vuelvo de Perusa y en una noche profunda llegó acá, y es el tiempo de un invierno de lodos y tan frío, que se forman canelones del agua fría congelada en las extremidades de la túnica, y hieren continuamente las piernas, y mana sangre de tales heridas.
Y todo envuelto en lodo y frío y hielo, llego a la puerta, y, después de haber golpeado y llamado por largo tiempo, viene el hermano y pregunta: ¿Quién es? Yo respondo: El hermano Francisco.
Y él dice: Vete; no es hora decente de andar de camino; no entrarás.
E insistiendo yo de nuevo, me responde: Vete, tú eres un simple y un ignorante; ya no vienes con nosotros; nosotros somos tantos y tales, que no te necesitamos.
Y yo de nuevo estoy de pie en la puerta y digo: Por amor de Dios recogedme esta noche.
Y él responde: No lo haré. Vete al lugar de los Crucíferos y pide allí.
Te digo que si hubiere tenido paciencia y no me hubiere alterado, pues en eso está la verdadera alegría y la verdadera virtud y la salvación del alma.»

domingo, 15 de noviembre de 2009

¿Es difícil la HORA SANTA? de Mons. Fulton Sheen


La Hora Santa, ¿es difícil? Algunas veces parecería ser difícil; podría significar tener que sacrificar un compromiso social, o levantarse una hora más temprano, pero en el fondo nunca ha sido una carga, sólo una alegría.

No quiero decir que todas las Horas Santas hayan sido edificantes como, por ejemplo, aquella en la Iglesia de San Roch en París. Entré en la Iglesia alrededor de las tres de la tarde, sabiendo que tenía que tomar un tren a Lourdes dos horas más tarde. Sólo hay unos diez días al año en los que puedo dormir durante el día; y este era uno de esos. Me arrodillé, y recé una oración de adoración, y luego me senté a meditar e inmediatamente me quedé dormido. Al despertar le dije al Buen Señor:´¿Habré hecho una Hora Santa?´ Pensé que Su ángel me decía: ´Bueno, esa es la forma en la que los Apóstoles hicieron su primera Hora Santa en el huerto de Getsemaní, pero no lo hagas otra vez´.

Una Hora Santa difícil que recuerdo fue cuando tomé un tren de Jerusalén a El Cairo. El tren partió a las cuatro de la mañana; eso significó levantarse muy temprano. En otra ocasión en Chicago, una tarde a las siete, le pedí permiso al párroco para entrar a su iglesia para hacer una Hora Santa, ya que la iglesia estaba cerrada. Más tarde él se olvidó de que me había dejado entrar, y me pasé alrededor de dos horas tratando de encontrar una manera de escapar.

Finalmente salté por una pequeña ventana y aterricé en la carbonera. Esto asustó al casero, que vino en mi auxilio.Al principio de mi sacerdocio hacía la Hora Santa durante el día o a la tarde. Al acumularse los años, me volví más ocupado, y hacía la Hora temprano a la mañana, generalmente antes de la Santa Misa. Los sacerdotes, como todas las personas, se dividen en dos clases: gallos y búhos. Algunos trabajan mejor por la mañana, otros durante la noche.-

El objetivo de la Hora Santa es fomentar un encuentro personal y profundo con Jesucristo. El santo y glorioso Dios nos invita constantemente a acercarnos a Él, conversar con Él, para pedirle las cosas que necesitamos y para experimentar la bendición de la amistad con Él. Cuando recién nos ordenamos, es fácil darnos por entero a Cristo, porque el Señor nos llena entonces de dulzura, de la misma manera en que una madre le da un caramelo a su bebe para animar su primer paso. El entusiasmo, sin embargo, no dura mucho; rápidamente aprendemos el costo del apostolado, que significa dejar redes y barcos, y contar mesas. La luna de miel termina pronto, como también el engreimiento de oír por primera vez aquel estimulante título de ´Padre´.

El amor sensible o amor humano disminuye con el tiempo, pero el Amor Divino no. El primero concierne al cuerpo, que responde cada vez menos a los estímulos, pero en el orden de la gracia, la respuesta de lo Divino, a lo pequeño, los actos humanos de amor se intensifican.

Ni el conocimiento teológico, ni la acción social sola, son suficientes para mantenernos en amor con Jesucristo, a menos que ambos estén precedidos por un encuentro personal con Él.

Moisés vio la zarza ardiendo en el desierto que no se alimentaba de ningún combustible. La llama, sin alimentarse de nada visible, continuaba existiendo sin destruir la madera. Una dedicación tan personal a Cristo no deforma ninguno de nuestros dones naturales, disposiciones o carácter; sólo renueva sin matar. Como la madera se transforma en fuego, y el fuego perdura, así nos transformamos en Cristo y Cristo perdura.

He descubierto que lleva algún tiempo enfervorizarse rezando. Esta ha sido una de las ventajas de la Hora diaria. No es tan corta como para no permitir al alma abismarse, y sacudirse las múltiples distracciones del mundo. Sentarse ante Su Presencia es como exponer el cuerpo al sol para absorber sus rayos. El silencio en la Hora es como un tête-à-tête con el Señor. En esos momentos, uno no saca tanto oraciones escritas, sino que escucha más. No decimos: ´Oye, Señor, porque Tu siervo habla´, sino ´Habla, Señor, que Tu siervo escucha´.

-Arzobispo Fulton J. Sheen-
apóstol de la Hora Santa ante el Santísimo Sacramento