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lunes, 22 de octubre de 2012

Nacer de nuevo

 
Nacer de nuevo

Jesús y Nicodemo, dos hombres que se buscaron y se encontraron. El Señor nos invita también a nosotros a nacer de nuevo. Y el hombre que siente ese llamado en su coarzón puede saberlo y tenerlo todo, pero está necesitado de Dios, y entonces siente que no tiene nada.
 
Tenemos necesidad de un cambio importante en nuestra vida y entonces Jesús invita a nacer de lo alto. Una realidad que nos va a inundar y que nos va hacer a nacer de nuevo, sentir la experiencia de que es como si fuéramos otro. Al principio no entendemos como será posible… la Virgen también pregunta “¿cómo puede ser posible esto?”

Dios se va a hacer algo muy concreto, muy personal, y al principio esa cercanía con la Palabra de Dios produce choque, temor, resistencias; por eso Dios suele preceder todo lo que dice con un suave y dulce “no temas” no tengas miedo”.

¿Nacer de nuevo es corregir los errores de mi vida? ¿Es acaso mejorar las cosas malas de mi pasado? ¡No! Lo que nace de la carne es carne. Esto se trata de nacer a algo profundamente nuevo, a una nueva realidad. Y este “nacer de nuevo” va a ser algo tan fuerte que incluso todo el pasado quedará envuelto todo en esa realidad y será comprendido desde este nuevo ser que seremos. Y todas las gracias que recibamos alcanzarán incluso al pasado.

Sólo Dios puede hacer posible este nacimiento nuevo en nosotros, porque ya no será de la carne, sino del Espíritu de Dios. Y este nacimiento tiene que comenzar por abrir el corazón y dejar a Dios hacer su obra… Es que nosotros tenemos un espíritu personal en el fondo de nuestro ser, y que ese espíritu es esencialmente “amigo” del Espíritu de Dios; y que más allá de todo, de mi conciencia, de mis debilidades, de los ruidos, mi propio espíritu y el Espíritu de Dios se están llamando, y buscando y deseando con fuerza el uno al otro.

Sólo Dios puede hacerme nacer de nuevo! Y entonces ¿qué debo hacer yo? Sólo hay tres cosas: PEDIR, CREER Y ESPERAR…
 
Quizás se trate sólo de eso se trate: pedir nacer de nuevo, creer con todas las fuerzas que eso es posible y espero y obrar confiando que Dios hará realidad la santidad en la propia vida.
 
La santidad empieza entonces por pedir, creer y esperar…

viernes, 21 de mayo de 2010

"Ven Padre de los pobres"


Al Espíritu Santo lo llamamos "padre de los pobres", porque él solo puede actuar en un corazón humilde y sencillo, en los que tienen alma de pobres. Eso no significa que tengamos que despreciarnos o sentirnos inútiles. Solo significa que reconozcamos que lo necesitamos, que sin él no podemos nada, que nuestra debilidad necesita su fuerza.
Con él estamos seguros, llenos de confianza y arrojo. Pero al que tiene un corazón pobre no se le ocurriría enorgullecerse por eso, porque sabe bien que todo lo debe al auxilio del Espíritu Santo.
Él muestra su gloria en nosotros cuando de verdad reconocemos nuestra pequeñez y nuestras carencias, cuando no nos aferramos a nuestras riquezas, logros y capacidades, cuando descubrimos que no tenemos nada donde apoyarnos, porque todo es frágil y pasajero.
Los pobres no se sienten tristes por descubrirse pequeños. Al contrario, viven la alegría de depender del Espíritu Santo. Liberados de la vanidad y de la autosuficiencia, están realmente abiertos a la fuerza del Espíritu, y se gozan en su presencia salvadora.

(Tomado de "Los cinco minutos del Espíritu Santo")

miércoles, 19 de mayo de 2010

LA MISIÓN DEL ESPÍRITU SANTO EN LA IGLESIA


De la Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, del Concilio Vaticano II
"Consumada la obra que el Padre confió al Hijo en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo en el día de Pentecostés, para que indeficientemente santificara a la Iglesia y, de esta forma, los que creen en Cristo pudieran acercarse al Padre en un mismo Espíritu. Él es el Espíritu de vida o la fuente del agua que brota para comunicar vida eterna; por el cual el Padre vivifica a todos los muertos por el pecado, hasta que el mismo Espíritu resucite en Cristo sus cuerpos mortales.
El Espíritu habita en la Iglesia y en los corazones de los fieles como en un templo, y en ellos ora y da testimonio de la adopción de hijos. Con diversos dones jerárquicos y carismáticos dirige a la Iglesia, a la que guía hacia toda verdad, y la unifica en comunión y ministerio, enriqueciéndola con todos sus frutos.
Con la fuerza del Evangelio hace rejuvenecer a la Iglesia, la renueva constantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo. Pues el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús: "¡Ven!"
Así se manifiesta la Iglesia como una muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
La universalidad de los fieles que tiene la unción del Espíritu Santo no puede fallar en su creencia, y ejerce esta peculiar propiedad mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo, cuando desde los obispos hasta los últimos fieles seglares manifiestan un asentimiento universal en las cosas de fe y de costumbres.
Con ese sentido de la fe, que el Espíritu Santo mueve y sostiene, el pueblo de Dios, bajo la dirección del magisterio, al que sigue fidelísimamente, recibe no ya la palabra de los hombres, sino la verdadera palabra de Dios; se adhiere indefectiblemente a la fe que ha sido transmitida de una vez para siempre a los fieles; penetra profundamente en ella con rectitud de juicio y la aplica más íntegramente en la vida.
Además, el mismo Espíritu Santo no solamente santifica y dirige al pueblo de Dios por los sacramentos y los ministerios y lo enriquece con las virtudes, sino que, distribuyéndolos a cada uno en particular según le place, reparte entre los fieles dones de todo género, incluso especiales, con que los dispone y prepara para realizar variedad de obras y de oficios provechosos para la renovación y una más amplia edificación de la Iglesia, según aquellas palabras: A cada uno se le otorga La manifestación del Espíritu para común utilidad.
Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más sencillos y comunes, por el hecho de que son muy conformes y útiles a las necesidades de la Iglesia, hay que recibirlos con agradecimiento y consuelo."
(Lumen Gentium 4. 12)

domingo, 20 de septiembre de 2009

El Don de Fortaleza


En la etiqueta "Espíritu Santo" de este bolg venimos meditando sobre los siete Dones, tratando de entederlos un poco mas. Y después de haberlo hecho con los restantes, nos queda el que les presento ahora: el Don de Fortaleza.

¿Qué es este Don de Fortaleza? Tenemos idea de qué es la fortaleza humana por varias razones. Además, también hay una virtud de ser fuertes que consiste en el hábito de superar las dificultades y resistir en los males. Pero aquí hablamos de “Dones”, que es más que una virtud: se trata de un regalo, un Don, que está por encima de la obra del hombre, podríamos decir "nos viene de arriba".
Éste Don es el que nos da la fortaleza necesaria para el seguimiento de Jesucristo, por el Reino de los Cielos. No es cualquier modo de ser fuerte, no es cualquier fortaleza, sino que se trata de ser fuertes para seguir en el camino de Jesucristo, ese es el Don de Fortaleza que nos da el Espíritu Santo. No se trata de que venga a darnos fuerza para ser superhombres, o para darnos mas “fuerza de voluntad”, sino que simplemente viene a hacernos cristianos en serio, desde lo mas hondo de nosotros mismos, dándonos la fuerza para poder ser fieles al Amor de Dios.

El mayor ejemplo de este Don de fortaleza en el mundo es Jesucristo; a Él la fuerza le brotaba de una oración insistente y confiada, la fuerza le venía del Padre. Siendo tan profundamente humano sintió angustia ante la muerte, sintió su alma turbada, lloró, se angustió y sufrió, y necesitó rezar mucho para obtener la fuerza de Dios para atravesar ese duro momento de la Pasión. Porque El fue “uno como cualquiera” nos dice San Pablo, refiriéndose a su humanidad. Jesucristo no fue un superhombre, un superhéroe con poderes especiales. Su humanidad fue como la nuestra, pero totalmente “ungida” por el Espíritu Santo, que lo colmó de todos los dones.

El Don de Fortaleza en nuestra vida nos hace optar por Jesucristo aunque ese seguimiento traiga dificultades y problemas. Hay que ser muy fuertes para perseverar en medio de las dificultades, con la clara comprensión de que las cosas no son por casualidad sino que Dios nos da esta vocación, es decir esta vida a cada uno de nosotros.
Es el Don de las almas mas grandes, por ejemplo los mártires que se entregan a un tormento por seguir a Cristo. Pero también es el Don de las almas anónimas, de las almas de todos los que luchan contra si mismos, contra la cultura del ambiente, las bromas y las presiones de los amigos, de la familia, contra todo y mas, por ser fieles a Jesucristo. Es el Don de Fortaleza el que nos asiste cuando optamos por Jesús en una circunstancia que exige renuncias, entregas o sacrificios.
Este Don no viene a a hacernos fuertes según los ojos de la carne sino que viene a darnos la fuerza de la fidelidad y el amor a Jesucristo, cueste lo que cueste, salga como salga… Es el Don de Fortaleza el que lleva a uno a querer ser santo “aunque me cueste, aunque no pueda, aunque reviente, aunque me muera…”
Que el Espíritu de Dios traiga a nuestras almas su fuerza divina para que podamos soportar los males y vencer todas las dificultades interiores y exteriores que nos alejen del seguimiento de Jesucristo.

Cuando las cosas se ponen dificiles y complicadas, es cuando suele salir lo mejor de uno mismo. Que siempre seamos capaces de acoger el Don de Fortaleza ante los acontecimientos que nos presente la vida para llegar así a la plenitud para la que fuimos pensados.

El Don de Inteligencia


Los dones del Espíritu Santo son como iluminaciones o “toques” especiales que nos da el mismo Espíritu para que podamos penetrar en algunos de los “rincones” esenciales para nuestra santidad. Su cometido fundamental es entender a Jesucristo. No son dones abstractos ni especulativos, ni lejanos… Los dones del Espíritu vienen a enseñarnos quién es Jesucristo y nos llevan a una relación personal con Jesucristo y por Él con el Padre, la Santísima Virgen y los santos.

Se define este Don de Inteligencia como “un hábito sobrenatural infundido por la gracia santificante por el cual la inteligencia del hombre, bajo la acción iluminadora del Espíritu Santo, se hace apta para una penetrante intuición de las verdades reveladas especulativas y prácticas y hasta las naturales en orden al fin sobrenatural”.

Un poco mas sencillito… Este Don es un don de conocimiento y nos hace conocer a Jesucristo en la línea de la verdad. Nos lo hace conocer “desde adentro”, íntimamente, diría Santo Tomás: “El nombre de entendimiento implica un conocimiento íntimo. Entender significa, en efecto, algo como leer dentro” (Suma Teológica II-II, q 8, art 1).
Los hombres entendemos las cosas por la inteligencia, pero nuestra inteligencia es racional, o sea que pasa deductivamente de una cosa a la otra: “dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis…” dice la canción de las niñas… Así funciona nuestra razón, por partes, distinguiendo, comparando… Nuestra razón natural necesita distinguir para entender. El Espíritu Santo cuando viene con el Don de Inteligencia no viene con ese método racional, sino que viene de una manera más parecida al conocimiento del cielo… Porque en el cielo el conocimiento es intuitivo, se ve directamente a Dios “tal cual es” diría San Pablo. Y no veremos por nosotros mismos, sino por “especies divinas” es decir por algo que nos dará Dios. Las cosas nos serán evidentes, sin necesidad de distinguir ni comparar, sino que conoceremos todo intuitivamente -es decir en su conjunto- porque conocernos todo en Dios… En esta vida el Don de Inteligencia funciona de modo semejante y nos hace conocer así, aunque según nuestra capacidad humana, a Dios, a sus misterios y a las creaturas.

Un hermoso ejemplo del Don de Inteligencia es Tomás, el apóstol incrédulo, cuando vio al Resucitado después de no haber creído a los otros discípulos. Cuando vio al Señor sin discurrir ni analizar, sino de golpe, entendió todo, y por eso dijo: “Señor mío y Dios mío” como un signo de que había entendido profundamente en el misterio de Jesucristo.

Este Don nos da una gracia especial para descubrir el sentido oculto de las Escrituras. Muchas veces nos pasa que leyendo la Biblia, especialmente en oración, sentimos algo nuevo en un texto leído muchas veces. Eso es el Don de Inteligencia que nos da luces para conocer una presencia viva y novedosa de Dios. También puede pasarnos con una canción, con una lectura, una predicación… Cualquier cosa que sintamos que haga que “se nos abren los ojos” como les pasó los discípulos de Emaús que, cuando el Desconocido partió el pan, ahí lo reconocieron por la acción del Don de Inteligencia. O a la Magdalena que habla con el cuidador de la huerta en el sepulcro de Jesús sin reconocerlo. Pero cuando el Señor le dijo “María” ella recibió en Don de Inteligencia y entendió todo: le respondió “Raboní” y se tiró a los pies del Resucitado.

Uno de los hombres más distinguidos por el Espíritu Santo con este Don de Inteligencia ha sido Santo Tomás de Aquino, un dominico que vivió hace ochocientos años. Escribió cosas maravillosas hasta sus cuarenta y nueve años en que se murió. Pero unos meses antes de morir dejó de escribir sin haber terminado una obra magnifica que estaba escribiendo, la Suma Teológica. Su asistente, llamado Fray Reginaldo, todos los días le pedía de terminar la obra de la que faltaba menos del dos por ciento. Y Santo Tomás, nada. Al fin un día dijo Tomás: “el Señor me ha dado el don de haber visto (leer desde adentro “intus leyere”) el cielo, y me he dado cuenta que todo lo que he escrito es nada” Por un Don de Inteligencia Santo Tomás penetró en las maravillas del misterio de Dios y sentía que ya nada podía decir. Esto es lo que hace con todos este Don.
Pidamos la gracia de que los dones del Espíritu funcionen en nosotros y nos hagan dignos y capaces de lo que nuestras fuerzas no pueden: recibir el Don de la santidad.
Que recibamos este Don de Inteligencia para entender desde dentro y con profunda convicción las verdades más hermosas de nuestra fe: que Jesús está vivo, que Él nos salva y es el Señor.

El Don de Piedad


El Don de Piedad nos recuerda que somos hijos de Dios. Dice Santo Tomás de Aquino en la Suma Teológica: “los dones del Espíritu Santo son ciertas disposiciones habituales del alma que la hacen ser dócil a la acción del Espíritu Santo. Ahora bien: entre otras mociones del Espíritu Santo, hay una que nos impulsa a tener un afecto filial para con Dios, según expresión de Rom 8,15: Habéis recibido el Espíritu de adopción filial por el que clamamos: ¡Abba! ¡Padre! Y, como lo propio de la piedad es prestar sumisión y culto al Padre, se sigue que la piedad, por la que rendimos sumisión y culto a Dios como Padre bajo la moción del Espíritu Santo, es un don del Espíritu Santo.” (Suma Teológica II-II, q. 121, art. 1)

La función de este Don es la de hacernos sentir a gusto en las cosas de Dios, como un niño se siente a gusto y seguro en los brazos de su padre o de su madre. Este don es el que nos hace espiritualmente niños capaces de confiar tiernamente en la bondad de Dios.
En nuestra vida tenemos tantos lugares donde sentirnos a gusto, tantas cosas en las que poner nuestra confianza, que se hace difícil para el alma poder elevar la mirada por sobre todas las cosas y descansar en Dios. Para hacerlo es necesario reconocer claramente que Dios es nuestro Padre y que nos ama. El Don de Piedad es el Espíritu Santo trabajando interiormente para hacernos hijos de Dios. Y como todo buen hijo de buen padre, nos hace sentirnos seguros y a gusto de estar en las cosas de Dios.
Un hombre “piadoso” no es el que vive como si fuera una “estampita”, manos cruzadas y ojos entrecerrados y elevados al cielo, sino que el piadoso es aquel que de verdad disfruta de Dios y de todas sus cosas.

Y para la santidad necesitamos sentirnos a gusto con Dios, con sus cosas, con la Iglesia, con los Sacramentos. No sólo saber con la mente que son buenos y necesarios sino además tener gusto y deseo de todas las cosas de Dios. El Don de Piedad es el que nos hace adoradores "en espíritu y en verdad", mas allá de nuestras debilidades, de nuestras dudas, de nuestra falta de constancia, de nuestras profundas resistencias de adorar en serio a Dios.

El mundo necesita jóvenes “piadosos” en serio, de esos que sirven y adoran a Dios "en espíritu y en verdad". No como una postura exterior sino con el corazón ardiendo de fuego de amor a Dios. Necesitamos jóvenes piadosos que ardan en deseos de santidad. El mundo y las cosas del mundo muchas veces quieren seducir a los jóvenes y enamorarlos de muchísimas cosas, cosas que cuanto mas enamoran un alma, más la alejan de Dios, por eso necesitamos que el Espíritu Santo suscite el Don de Piedad en todos pero especialmente en los jóvenes, para que se “enamoren” de Dios, de tal modo que quieran darle sus vidas con confianza y seguridad.

El Don de Piedad es el que llena de vida y plenitud la virtud de religión, es decir , nos cuida de caer en vivir una religiosidad vacía o meramente exterior. Pidamos este Don para todos los que trabajamos en la Iglesia, para que siempre seamos una Iglesia alegre, humilde y totalmente enamorada de Jesucristo. Esto lo hace el Don de Piedad.

Ven Espíritu Santo y despierta en nosotros el Don de Piedad que nos haga sentirnos plenos, felices y totalmente confiados en tus brazos de Padre. Ése es el camino de la felicidad, ése es el camino de la santidad…

El Don de Consejo


El Don de Consejo es un hábito sobrenatural por el cual el alma en gracia, bajo la inspiración del Espíritu Santo, juzga rectamente, en los casos particulares, lo que conviene hacer en orden al fin último sobrenatural.

Hace poco le pregunté a un joven si sabía qué era el Don de Consejo y me dijo textual: “sí, Pater, es lo que haces vos que aconsejas a gente todo el día”… Nop! No es eso! El Don de Consejo no consiste en tener la capacidad de aconsejar a los demás… sino que es el Don por el cual somos aconsejados por el Espíritu de Dios. Claro que es un Don, porque nace del amor de Dios que quiere conducirnos hacia el Bien que es Él mismo y nos enseña entonces a conducirnos en el los casos concretos. Es decir que es el Don que nos dice qué paso dar aquí y ahora, en orden a llevarnos a la meta del camino que es la santidad.
Este Don viene a hacernos más prudentes en el obrar, y desarrolla en nosotros la capacidad de resolver según Dios en situaciones concretas, especialmente si se trata de casos repentinos, imprevistos, y difíciles de resolver, que requieren a veces una solución en el instante. Estas situaciones que no dan tiempo a que uno pueda sentarse a pensar y considerar y estimar los “pros” y los “contra” en una reflexión serena. Aquí nos es necesario el Don de Consejo que puede darnos una solución instantánea de lo que debe hacerse por esa especie de instinto o connaturalidad característica de los dones.
Hay situaciones muy complejas en que no basta con la prudencia humana, ni siquiera con la virtud de la prudencia, y se hace necesario el Don de Consejo que nos sugiere de parte de Dios cómo obrar en el caso concreto.
Este Don es muy necesario para todo aquel que de algún modo tenga responsabilidad sobre otras personas. Cuentan que a Santo Tomás de Aquino le preguntaban en cierta ocasión su parecer sobre un asunto: querían darle el oficio de gobierno a un hombre “muy santo”. Santo Tomás respondió diciendo: “si es sabio, que nos enseñe; y si es santo que rece por nosotros, y si es prudente, que nos gobierne” El Don de Consejo viene a perfeccionar esa prudencia especialmente necesaria para cualquier tipo de tarea de conducción o gobierno. También es un Don sumamente necesario para los confesores y especialmente los directores espirituales. Un buen director espiritual es alguien que tiene muy vivo el Don de Consejo en su alma.

Este Don nos preserva del peligro de una falsa conciencia, negaciones y autoengaños, ya que superando las luces de la razón natural, a veces demasiado influenciada por la pasión, los gustos o los caprichos, nos dicta con fuerza lo que hay que hacer.
También nos resuelve con seguridad y certeza muchas situaciones difíciles e imprevistas, sobre todo cuando no alcanza la simple prudencia.
Otro efecto de este Don es que nos inspira los medios más oportunos y eficaces para hacer el bien a otras personas. Aquí entra el aconsejar a otros. Nadie aconseja mejor que quien tiene el Don de Consejo, porque tiene un hábito de dejarse aconsejar por Dios y puede también conocer las inspiraciones de Dios para otras personas.

En este mundo hay tantos “consejeros”. Muchos programas de tevé llaman “consejos” a las publicidades… que nos aconsejan una cerveza, una compañía de aviación, crema para depilar, o perchas eléctricas para el placard... Todos consejos que nos llegan. En medio de tantos y tantos consejos pidamos en esta Novena de Pentecostés la gracia de dejarnos aconsejar por el Espíritu de Dios en el aquí y ahora de nuestra vida cotidiana, porque aconsejados por la Voz del Señor, estamos seguros de ir hacia nuestra verdadera y plena felicidad…

El Don de Ciencia



El Don de Ciencia es un hábito sobrenatural infundido por la Gracia por el cual la inteligencia del hombre bajo la acción iluminadora del Espíritu Santo, juzga rectamente de las cosas creadas en orden al fin sobrenatural.

Si el Don de Sabiduría nos hace ver las cosas desde Dios y entenderlas desde Él y participar así de alguna modo de su divina sabiduría, el Don de Ciencia es al revés, por decirlo de algún modo casi inapropiado… Es que por el Don de Ciencia el hombre puede “juzgar rectamente de las cosas”, es decir que este Don es el que nos hace descubrir a Dios detrás de todas las cosas.
Vemos cómo, por el Don de Ciencia, los santos no están aferrados a las cosas materiales y son libres de usarlas según el fin para el cual Dios las ha creado. Por ejemplo: Santa Teresa no estaba de ningún modo apegada al dinero y sin embargo cuando lo necesitaba no dudaba en buscarlo y conseguirlo. Es conocido como en momentos de necesidad económica la santa de Ávila “cobraba dinero” a ciertas personas muy ricas que querían hablar de cosas espirituales con ella. Como la santa tenía tan poco tiempo y tanto trabajo del que dependían para subsistir ella y sus hermanas, no dudaba entonces en cobrar un arancel por las charlas que tenía con algunas personas. Podríamos decir que Santa Teresa tenía un Don de Ciencia respecto del tiempo y de los bienes materiales en cuanto que eran cosas necesarias para sus hijas.
El Don de Ciencia nos hace ver claramente que detrás de todas las cosas está Dios. Necesitamos el Don de Ciencia para usar de las cosas según el fin para el cual han sido creadas. Con el Don de Ciencia puedo usar de las cosas que me acercan a Dios y alejarme de las cosas que me alejan de Él.
El Don de Ciencia me inspira el modo mas apropiado de actuar frente a las demás personas en orden a la voluntad de Dios. Santo Tomás decía que por éste Don nos hacemos más prudentes, ya que al ver a Dios detrás de todas las cosas, actuamos más según su voluntad. Por ejemplo: un predicador sabe que decir a sus oyentes por este Don, una madre qué cosas enseñar y cómo según la necesidad de su hijo…
El Don de Ciencia nos ayuda a desprendernos de las cosas y a ser más libres, lo cual no es más que una consecuencia del recto juzgar de las cosas, es decir de saber lo que son las cosas y no sobrevalorarlas.
El Don de Ciencia nos enseña a usar santamente de las cosas creadas. Muchos santos al contemplar las cosas creadas remontaban su alma a Dios. Por este Don podemos descubrir que Dios está detrás de un paisaje maravilloso, y cada vez que nos asombramos por la belleza de algo y pensamos en Dios es el Don de Ciencia el que está actuando.
Gracias al Don de Ciencia la fe, lejos de encontrar obstáculos en las cosas creadas para remontarse hasta Dios el hombre se vale de ellas como un trampolín que lo ayuda a poder hacerlo con más facilidad.
Necesitamos el Don de Ciencia para la santidad, pera reconocer a Dios en todas las cosas y personas del mundo y entonces poder obrar adecuadamente según su Voluntad.

sábado, 27 de junio de 2009

El don del santo Temor de Dios


El Don de Temor es un hábito sobrenatural por el cual el justo, bajo el instinto del Espíritu Santo, adquiere docilidad especial para someterse totalmente a la voluntad divina por reverencia a la excelencia y a la bondad de Dios.

Lo primero para entender este santo temor de Dios es distinguirlo del miedo. Dice el diccionario que el miedo es una “perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario; recelo o aprensión que uno tiene que le suceda una cosa contraria a lo que desea”.

Es decir que se tiene miedo de algo que nos puede hacer mal. Entonces ¿se puede tener miedo a Dios? ¿El Don de Temor es tenerle miedo a Dios? Ya Santo Tomás de Aquino se lo plantea: “El temor puede tener doble objeto: el mal mismo del que huye el hombre, y aquello de lo que puede provenir el mal. Pues bien, Dios, que es la bondad misma, no puede ser objeto de temor del primer modo. Del segundo, en cambio, puede serlo, en cuanto que de El o con respecto a El nos puede amenazar algún mal” (Suma Teológica, II-II, q 19, art 1).

Dios es bondad pura y por eso mismo no puede ser objeto de temor para nosotros. El Santo Temor de Dios es un Don que nos hace amar muchísimo su voluntad, amar lo que Él quiere y tener un cierto “miedo” de no serle fiel, ya que cada vez q nos alejamos de Dios nos alejamos de nosotros mismos y de nuestra felicidad.

Y San Hilario de Poitiers (Padre de la Iglesia del Siglo IV) escribe: “Para nosotros, el temor de Dios radica en el amor, y en el amor halla su perfección. Y la prueba de nuestro amor a Dios está en la obediencia a sus consejos, en la sumisión a sus mandatos, en la confianza en sus promesas. Oigamos lo que nos dice la Escritura: Ahora, Israel, ¿qué es lo que te exige el Señor tu Dios? Que temas al Señor tu Dios, que sigas sus caminos y lo ames, que guardes sus preceptos con todo el corazón y con toda el alma, para tu bien”.

El Temor de Dios es el temor de alejarse de Dios, el temor de no ser felices, el temor de errar el camino de felicidad que Él nos propone.
Este Don nos regala un sentimiento vivo de la grandeza de Dios, y ese sentimiento suele abrir al alma el “espíritu de adoración profunda” y de humildad ante su belleza, su bondad y su amor.

El Santo Temor de Dios nos hace no querer pecar, porque entendemos que siempre pecar nos deja heridas aunque Dios siempre perdone, siempre el pecado deja secuelas y este Don nos hace verlo claramente.

Pidamos el Don del Santo Temor de Dios para que siempre amemos la voluntad de Dios, para que seamos conscientes de lo que nos pasa cada vez que nos alejamos de Dios y de sus cosas. Pidamos el Don del Temor de Dios para amarlo mucho y vivir constantemente en espíritu de humilde y confiada adoración…

miércoles, 17 de junio de 2009

El don de Sabiduría



Uno de los siete dones que nos da el Espíritu Santo es el Don de SABIDURÍA. La clásica definición dice que “el don de SABIDURÍA es un hábito sobrenatural inseparable de la caridad por el cual juzgamos rectamente de Dios y de las cosas divinas por sus últimas y altísimas causas (es decir Dios mismo) bajo el instinto especial del Espíritu Santo, que nos las hace saborear con cierta connaturalidad y empatía.”
Es una acción directa del Espíritu Santo que actúa (como todos los dones) en las almas en estado de gracia. ¿Y que hace en nosotros este Don del Espíritu? Nos enseña a mirar a Dios y a todo según el mismo Espíritu de Dios, y quien conoce bien a Dios mira y juzga todas las cosas rectamente. Dice Santo Tomás de Aquino: “quien conoce de manera absoluta la causa, que es Dios, se considera sabio en absoluto, por cuanto puede juzgar y ordenar todo por las reglas divinas. Pues bien, el hombre alcanza ese tipo de juicio por el Espíritu Santo” (Suma Teologica, II-II, q 45, art 1)
Podríamos decir entonces que por el Don de Sabiduría comprendemos las cosas desde Dios ya que es una asistencia especial del Espíritu Santo que nos hace comprender según comprende el mismo Dios las cosas. Por este don el hombre puede mirar todo con sentido divino, de eternidad, y así juzgar rectamente las cosas.
También este Don produce en el alma una cierta “experiencia” de Dios, de algún modo nos hace “gustar” de Él. San Isidoro de Sevilla dice: “el nombre de sabiduría viene de sabor; como el gusto sirve para conocer el sabor de los alimentos, lo mismo la sabiduría, es decir, el conocimiento que se tiene de las criaturas por el primer principio, y de las causas segundas por la causa primera, es una regla segura para juzgar bien de cada cosa.”
La Sabiduría nos hace experimentar a Dios y todas las cosas desde Dios. Por ejemplo: es tan difícil perseverar, elegir bien, saber privilegiar, pero gracias a este Don el alma tiene un auxilio interior que le presta una ayuda indispensable a la hora de elegir ya que le enseña primero a a mirar bien las cosas. Para ser santos entonces es necesario este Don, que es un hábito de conocer las cosas tal como las conoce Dios.
Y si conocemos las cosas así, entonces pondremos toda nuestra vida subordinada a su sentido y su fin verdadero que es Dios mismo.
Es necesaria la SABIDURIA, Don del Espíritu, para vivir la caridad y vivirla incluso hasta llegar al grado heroico. Porque con la Sabiduría Don vemos como evidente que siempre es mejor el amor antes que cualquier cosa.
Como todos los dones del Espíritu Santo la SABIDURIA es un don que se nos da para que podamos ser santos. Nadie puede recibir el DON de la SANTIDAD sin el auxilio del Don de Sabiduría que nos enseña a comprender y experimentar las cosas desde Dios.
Pidamos el DON de SABIDURIA para poder comprender y amar a Dios como Él quiere ser conocido y amado por nosotros.

Ven, Espíritu Santo, y llename de Ti... Ven y sopla sobre mí, cambia la faz de la tierra. ¡Ven Espírtu Santo!

miércoles, 27 de mayo de 2009

Los Dones del Espíritu Santo


1. “Si conocieras el DON de DIOS” le dijo Jesús a la Samaritana, y te lo dice hoy otra vez a vos, aquí y ahora. Frase curiosa y sugerente, ¿qué habrá que conocer ahí? Ese misterioso “Don de Dios” es un RIO de AGUA VIVA que se llama Espíritu Santo y que nos viene por Jesucristo. Para que quien conozca ese DON de DIOS nunca mas vuelva a tener sed… (cfr. Jn 4, 10-15 y Jn 7, 37-39).
Iniciando la Novena de Pentecostés, donde con toda la Iglesia imploramos y esperamos en oración confiada el Don del Espíritu Santo, es bueno meditar unos instantes sobre los “siete dones” que éste Espíritu de Dios nos regala y que ya se nos ha dado en el Bautismo y la Confirmación. Que este próximo Pentecostés sea para nosotros una profunda renovación en nosotros del “Don de Dios” que es el Espíritu Santo en nuestras almas.

2. Necesidad de los dones:
Estamos llamados a ser santos, pero nuestra naturaleza humana a veces no nos ayuda y hasta muchas veces nos es un obstáculo para llegar a esa cumbre que es la santidad. Es el pecado original...
Santo Tomas de Aquino (en la Suma Teológica I-II, q. 85, a 3) nos explica que aunque el pecado original haya sido borrado el dia de nuestro bautismo, sin embargo permanecen en nuestra naturaleza sus heridas o efectos que nos afectan en cuatro niveles: a) la inteligencia (la verdad no nos es evidente siempre y podemos equivocarnos); b) la voluntad (no siempre elegimos el bien sino que a veces podemos caer en la malicia); c) el apetito irascible (muchas veces somos débiles frente a los bienes arduos) y d) el apetito concupiscible (no siempre dejamos que la razón modere los bienes deleitables). Nuestra naturaleza está herida y por lo tanto es deficiente para alcanzar su vocación que es la SANTIDAD.
Es por eso que Dios nos DA los siete dones del Espíritu Santo, para darle a la naturaleza herida por el pecado original los auxilios necesarios para llegar a la SANTIDAD.

3. Naturaleza de los Dones del Espíritu Santo.
El Catecismo de la Iglesia Católica (CEC) dice que los Dones del Espíritu Santo son: “disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo” (CEC 1830), “completan y llevan a su perfección las virtud de quienes los reciben. Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas” (CEC 1831). Es decir estos siete dones son capacitaciones extraordinarias para subsanar nuestras heridas de la naturaleza, y en nuestras vidas cumplen la función de “deificarnos”, es decir que es como si recibiéramos una transfusión de sangre directamente de Dios, y esa sangre en nosotros nos va convirtiendo en seres semejantes a Él. Todo Don del Espíritu Santo es Dios mismo actuando en una región determinada de nuestras almas.

3. Los “siete dones” del Espíritu Santo.
Desde siempre la tradición reconoce que son siete los dones del Espíritu Santo. El antiguo himno latino “Veni Creator Spiritus" dice en una de sus estrofas: “Tu septiformis munere” que podríamos traducir libremente como: “Tú que repartes tu don de siete formas”. Y la Secuencia de Pentecostés canta: “Da tuis fidelibus in te confidentibus sacrum septenarium” (da a tus fieles que confían en Ti, tus siete sagrados dones).
Además de la tradición el Catecismo de la Iglesia Católica dice: “Los siete dones del Espíritu Santo son: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Pertenecen en plenitud a Cristo, Hijo de David (cf Is 11,1-2).” (CEC 1831).

Tratemos de ahondar en estos días de la Novena de Pentecostés en cada uno de estos siete dones, que nos van preparando el alma para recibir el verdadero DON de DIOS, que es el mismo Espíritu Santo y que viene a completarnos para nunca mas tengamos sed.