sábado 17 de marzo de 2012

Oración de la mañana - Ofrecimiento de obras


Ofrecimiento de obras (Mons. Adolfo Tortolo)

1. Señor: este día lo tienes preparado para mí desde toda la eternidad con todos su pormenores, sus problemas, sus cruces y sus goces. Sé que todo es gracia para mí y que todo es providencia sobre mí. Tú estás en todo.

2. Señor: el deber de estado, el deber de cada instante, es lo único que puedes aceptar con gozo, además de exigirlo por justicia. Mi santidad, mi personalidad de santo depende sólo de mi fidelidad y de mi generosidad contigo a través de mi deber de estado.
(Aquí es muy conveniente, si no necesario, concretar el "propósito particular". Es decir, la firme voluntad de desarraigar un defecto o practicar una virtud. Propósito cuya materia no debe variarse hasta haber logrado un importante progreso en la materia señalada).

3. Señor: Tú quieres redimir, salvar y santificar a otros por mi intermedio. Soy tu instrumento.Pero como instrumento tuyo debo estar vitalmente unido a Ti, por medio de la gracia, y hacer contigo todas las acciones.

4. Señor: mi día entonces no será mío sino tuyo. Convivimos la misma casa, compartimos la misma vida, las mismas cruces, el mismo deber diario. Sólo así es real mi vida, y sólo así el día pertenece a la eternidad.

5. Señor: tu infinita misericordia me entregó a María Santísima como Madre. Su alma es mi alma. Y porque Tú, como Hijo, sigues viviendo en Ella, quieres que ambos vivamos en el alma de la Madre. Quiero ser cada instante más hijo de María para estar más unido a Ti.

6. Señor: quiero y acepto este día con todos sus pormenores, como regalo personal tuyo. Quiero responder a tus designios eternos. Otórgame la gracia de no defraudar a tu plan, y serte en todos los instantes generoso y fiel. Unido a Ti como instrumento tuyo dame la gracia de ser redención para mis hermanos los hombres.

jueves 15 de marzo de 2012

Del Beato Juan Pablo II sobre el aborto - En la encíclica Evangelium Vitae n 62


"El Magisterio pontificio más reciente ha reafirmado con gran vigor esta doctrina común. En particular, Pío XI en la Encíclica Casti connubii rechazó las pretendidas justificaciones del aborto; Pío XII excluyó todo aborto directo, o sea, todo acto que tienda directamente a destruir la vida humana aún no nacida, «tanto si tal destrucción se entiende como fin o sólo como medio para el fin» (1); Juan XXIII reafirmó que la vida humana es sagrada, porque «desde que aflora, ella implica directamente la acción creadora de Dios» (2). El Concilio Vaticano II, como ya he recordado, condenó con gran severidad el aborto: «se ha de proteger la vida con el máximo cuidado desde la concepción; tanto el aborto como el infanticidio son crímenes nefandos» (3).

La disciplina canónica de la Iglesia, desde los primeros siglos, ha castigado con sanciones penales a quienes se manchaban con la culpa del aborto y esta praxis, con penas más o menos graves, ha sido ratificada en los diversos períodos históricos. El Código de Derecho Canónico de 1917 establecía para el aborto la pena de excomunión. También la nueva legislación canónica se sitúa en esta dirección cuando sanciona que «quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión latae sententiae» (4), es decir, automática. La excomunión afecta a todos los que cometen este delito conociendo la pena, incluidos también aquellos cómplices sin cuya cooperación el delito no se hubiera producido: con esta reiterada sanción, la Iglesia señala este delito como uno de los más graves y peligrosos, alentando así a quien lo comete a buscar solícitamente el camino de la conversión. En efecto, en la Iglesia la pena de excomunión tiene como fin hacer plenamente conscientes de la gravedad de un cierto pecado y favorecer, por tanto, una adecuada conversión y penitencia.

Ante semejante unanimidad en la tradición doctrinal y disciplinar de la Iglesia, Pablo VI pudo declarar que esta enseñanza no había cambiado y que era inmutable. Por tanto, con la autoridad que Cristo confirió a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con todos los Obispos —que en varias ocasiones han condenado el aborto y que en la consulta citada anteriormente, aunque dispersos por el mundo, han concordado unánimemente sobre esta doctrina—, declaro que el aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave, en cuanto eliminación deliberada de un ser humano inocente. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal.

Ninguna circunstancia, ninguna finalidad, ninguna ley del mundo podrá jamás hacer lícito un acto que es intrínsecamente ilícito, por ser contrario a la Ley de Dios, escrita en el corazón de cada hombre, reconocible por la misma razón, y proclamada por la Iglesia"

(1) Discurso a la Unión médico-biológica «S. Lucas» (12 noviembre 1944): Discorsi e radiomessaggi, VI, (1944-1945),191; cf, Discurso a la Unión Católica Italiana de Comadronas (29 octubre 1951), 2: AAS 43 (1951), 838.
(2) Carta enc. Mater et Magistra (15 mayo 1961), 3: AAS 53 (1961), 447.
(3) Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 51.
(4) Cf. Código de Derecho Canónico, Can. 2350, § 1

Nuestra ofrenda espiritual - Tertuliano


Lectura del Oficio de lecturas del jueves III de Cuaresma
Del Tratado de Tertuliano, presbítero, Sobre la oración
Cap. 28-29: CCL 1, 273-274

La oración es una ofrenda espiritual que ha eliminado los antiguos sacrificios. ¿Qué me importa -dice- el número de vuestros sacrificios? Estoy harto de holocaustos de carneros, de grasa de becerros; la sangre de toros, corderos y chivos no me agrada. ¿Quién pide algo de vuestras manos?
El Evangelio nos enseña qué es lo que pide el Señor: Llega la hora -dice- en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Porque Dios es espíritu y, por esto, tales son los adoradores que busca. Nosotros somos los verdaderos adoradores y verdaderos sacerdotes, ya que, orando en espíritu, ofrecemos el sacrificio espiritual de la oración, la ofrenda adecuada y agradable a Dios, la que él pedía, la que él preveía.
Esta ofrenda, ofrecida de corazón, alimentada con la fe, cuidada con la verdad, íntegra por la inocencia, limpia por la castidad, coronada con el amor, es la que debemos llevar al altar de Dios, con el acompañamiento solemne de las buenas obras, en medio de salmos e himnos, seguros de que con ella alcanzaremos de Dios cualquier cosa que le pidamos.
¿Qué podrá negar Dios, en efecto, a una oración que procede del espíritu y de la verdad, si es él quien la exige? Hemos leído, oído y creído los argumentos que demuestran su gran eficacia.
En tiempos pasados, la oración liberaba del fuego, de las bestias, de la falta de alimento, y sin embargo no había recibido aún de Cristo su forma propia.
¡Cuánta más eficacia no tendrá, pues, la oración cristiana! Ciertamente, no hace venir el rocío angélico en medio del fuego, ni cierra la boca de los leones, ni transporta a los hambrientos la comida de los segadores (como en aquellos casos del antiguo Testamento); no impide milagrosamente el sufrimiento, sino que, sin evitarles el dolor a los que sufren, los fortalece con la resignación, con su fuerza les aumenta la gracia para que vean, con los ojos de la fe, el premio reservado a los que sufren por el nombre de Dios.
En el pasado, la oración hacía venir calamidades, aniquilaba los ejércitos enemigos, impedía la lluvia necesaria. Ahora, por el contrario, la oración del justo aparta la ira de Dios, vela en favor de los enemigos, suplica por los perseguidores. ¿Qué tiene de extraño que haga caer el agua del cielo, si pudo impetrar que de allí bao jara fuego? La oración es lo único que tiene poder sobre Dios; pero Cristo no quiso que sirviera para operar mal alguno, sino que toda la eficacia que él le ha dado ha de servir para el bien.
Por esto, su finalidad es servir de sufragio a las almas de los difuntos, robustecer a los débiles, curar a los enfermos, liberar a los posesos, abrir las puertas de las cárceles, deshacer las ataduras de los inocentes.
La oración sirve también para perdonar los pecados, para apartar las tentaciones, para hacer que cesen las persecuciones, para consolar a los abatidos, para deleitar a los magnánimos, para guiar a los peregrinos, para mitigar las tempestades, para impedir su actuación a los ladrones, para alimentar a los pobres, para llevar por buen camino a los ricos, para levantar a los caídos, para sostener a los que van a caer, para hacer que resistan los que están en pie.
Oran los mismos ángeles, ora toda la creación, oran los animales domésticos y los salvajes, y doblan las rodillas y, cuando salen de sus establos o guaridas, levantan la vista hacia el cielo y con la boca, a su manera, hacen vibrar el aire. También las aves, cuando despiertan, alzan el vuelo hacia el cielo y extienden las alas, en lugar de las manos, en forma de cruz y dicen algo que asemeja una oración.
¿Qué más podemos añadir acerca de la oración? El mismo Señor en persona oró; a él sea el honor y el poder por los siglos de los siglos.

domingo 11 de marzo de 2012

Sólo Cristo colma los anhelos más profundos del corazón - Benedicto XVI


HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
En Terreiro do Paço de Lisboa,
el Martes 11 de mayo de 2010


Queridos hermanos y hermanas,
jóvenes amigos

«Id y haced discípulos de todos los pueblos, [...] enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Estas palabras de Cristo resucitado tienen un significado particular en esta ciudad de Lisboa, de donde han salido numerosas generaciones de cristianos – obispos, sacerdotes, personas consagradas y laicos, hombres y mujeres, jóvenes y menos jóvenes – obedeciendo a la llamada del Señor y armados simplemente con esta certeza que Él les dejó: «Yo estoy con vosotros todos los días». Portugal se ha ganado un puesto glorioso entre las naciones por el servicio prestado a la difusión de la fe: en las cinco partes del mundo, hay Iglesias particulares nacidas gracias a la acción misionera portuguesa.

En tiempos pasados, vuestro ir en busca de otros pueblos no ha impedido ni destruido los vínculos con lo que erais y creíais, más aún, habéis logrado transplantar experiencias y particularidades con sabiduría cristiana, abriéndoos a las aportaciones de los demás para ser vosotros mismos, en una aparente debilidad que es fuerza. Hoy, al participar en la construcción de la Comunidad Europea, lleváis la contribución de vuestra identidad cultural y religiosa. En efecto, Jesucristo, del mismo modo que se unió a los discípulos en el camino de Emaús, camina también con nosotros según su promesa: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo». Aunque de modo diferente a los Apóstoles, también nosotros tenemos una experiencia auténtica y personal de la presencia del Señor resucitado. Se supera la distancia de los siglos, y el Resucitado se ofrece vivo y operante por medio de nosotros en el hoy de la Iglesia y del mundo. Ésta es nuestra gran alegría. En el caudal vivo de la Tradición de la Iglesia, Cristo no está a dos mil años de distancia, sino que está realmente presente entre nosotros y nos da la Verdad, nos da la Luz que nos hace vivir y encontrar el camino hacia el futuro.

Está presente en su Palabra, en la asamblea del Pueblo de Dios con sus Pastores y, de modo eminente, Jesús está con nosotros aquí en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. Saludo al Señor Cardenal Patriarca de Lisboa, a quien agradezco las amables palabras que me ha dirigido al comienzo de la celebración, en nombre de su comunidad, que me acoge y que abrazo con sus casi dos millones de hijos e hijas. Dirijo un saludo fraterno y amistoso a todos los presentes, queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, queridos consagrados, consagradas y laicos comprometidos, queridas familias, queridos jóvenes, catecúmenos y bautizados, y que extiendo a los que se unen a nosotros mediante la radio y la televisión. Agradezco cordialmente al Señor Presidente de la República por su presencia, y a las demás autoridades, con una mención especial del Alcalde de Lisboa, que ha tenido la amabilidad de honrarme con la entrega de las llaves de la ciudad.

Lisboa amiga, puerto y refugio de tantas esperanzas que ponía en ti quien partía, y que albergaba quien te visitaba; me gustaría usar hoy estas llaves que me has entregado para que puedas fundar tus esperanzas humanas en la divina Esperanza. En la lectura que acabamos de proclamar, tomada de la primera Carta de San Pedro, hemos oído: «Yo coloco en Sión una piedra angular, escogida y preciosa; el que crea en ella no quedará defraudado». Y el Apóstol explica: Acercaos al Señor, «la piedra viva desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios» (1 P 2,6.4). Hermanos y hermanas, quien cree en Jesús no quedará defraudado; esto es Palabra de Dios, que no se engaña ni puede engañarnos. Palabra confirmada por una «muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas», y que el autor del Apocalipsis ha visto «vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos» (Ap 7,9). En esta innumerable multitud, no están sólo los santos Verísimo, Máxima y Julia, martirizados aquí en la persecución de Diocleciano, o san Vicente, diácono y mártir, patrón principal del Patriarcado, san Antonio y san Juan de Brito, que salieron de aquí para sembrar la buena semilla de Dios en otras tierras y pueblos, o san Nuño de Santa María, que he inscrito en el libro de los santos hace algo más de un año. De ella forman parte también los «siervos de nuestro Dios» de todo tiempo y lugar, que llevan marcada su frente con el signo de la cruz, con el sello «de Dios vivo» (Ap 7,2), el Espíritu Santo. Éste es el rito inicial que se ha realizado en cada uno de nosotros en el Bautismo, sacramento por el que la Iglesia da a luz a los «santos».

Sabemos que no le faltan hijos reacios e incluso rebeldes, pero es en los santos donde la Iglesia reconoce sus propios rasgos característicos y, precisamente en ellos, saborea su alegría más profunda. Todos tienen en común el deseo de encarnar el Evangelio en su existencia, bajo el impulso del eterno animador del Pueblo de Dios, que es el Espíritu Santo. Al fijar la mirada sobre sus propios santos, esta Iglesia particular ha llegado a la conclusión de que la prioridad pastoral de hoy es hacer de cada hombre y mujer cristianos una presencia radiante de la perspectiva evangélica en medio del mundo, en la familia, la cultura, la economía y la política. Con frecuencia nos preocupamos afanosamente por las consecuencias sociales, culturales y políticas de la fe, dando por descontado que hay fe, lo cual, lamentablemente, es cada vez menos realista. Se ha puesto una confianza tal vez excesiva en las estructuras y en los programas eclesiales, en la distribución de poderes y funciones, pero ¿qué pasaría si la sal se volviera insípida?

Para que esto no ocurra, es necesario anunciar de nuevo con vigor y alegría el acontecimiento de la muerte y resurrección de Cristo, corazón del cristianismo, el núcleo y fundamento de nuestra fe, recio soporte de nuestras certezas, viento impetuoso que disipa todo miedo e indecisión, cualquier duda y cálculo humano. La resurrección de Cristo nos asegura que ningún poder adverso podrá jamás destruir la Iglesia. Así, pues, nuestra fe tiene fundamento, pero hace falta que esta fe se haga vida en cada uno de nosotros. Por tanto, se ha de hacer un gran esfuerzo capilar para que todo cristiano se convierta en un testigo capaz de dar cuenta siempre y a todos de la esperanza que lo anima (cf. 1 P 3,15). Sólo Cristo puede satisfacer plenamente los anhelos más profundos del corazón humano y dar respuesta a sus interrogantes que más le inquietan sobre el sufrimiento, la injusticia y el mal, sobre la muerte y la vida del más allá.

Queridos hermanos y jóvenes amigos,Cristo está siempre con nosotros y camina siempre con su Iglesia, la acompaña y la protege, como Él nos dijo: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Nunca dudéis de su presencia. Buscad siempre al Señor Jesús, creced en la amistad con Él, recibidlo en la comunión. Aprended a escuchar y conocer su palabra y a reconocerlo también en los pobres. Vivid vuestra existencia con alegría y entusiasmo, seguros de su presencia y su amistad gratuita, generosa, fiel hasta la muerte de cruz. Dad testimonio a todos de la alegría por su presencia, fuerte y suave, comenzando por vuestros coetáneos. Decidles que es hermoso ser amigo de Jesús y que vale la pena seguirlo. Mostrad con vuestro entusiasmo que, de las muchas formas de vivir que el mundo parece ofrecernos hoy –aparentemente todas del mismo nivel–, la única en la que se encuentra el verdadero sentido de la vida y, por tanto, la alegría auténtica y duradera, es siguiendo a Jesús.

Buscad cada día la protección de María, Madre del Señor y espejo de toda santidad. Ella, la toda Santa, os ayudará a ser fieles discípulos de su Hijo Jesucristo.

sábado 3 de marzo de 2012

La cruz y la verdadera paz. Reflexión de San Rafael Arnáiz


De los escritos de San Rafael Arnáiz
"Mi Cuaderno"
20 de enero de 1937
a sus 25 años


Meditación de unas palabras de Kempis

Qué equivocados andamos a veces los que buscamos la verdadera paz de Dios. Qué humanamente pensamos lo que es paz. Cuánto egoísmo encierran a veces nuestros deseos de paz... Pero es que, la que buscamos, muchas veces no es la de Dios..., sino la del mundo.

Había en cierto monasterio, un novicio, ni muy piadoso ni muy disipado; cumplía con regularidad su Regla, y no se metía con nadie..., ni más, ni más menos. Este novicio era feliz. Tenía lo que él llamaba «mucha paz». Nada del mundo le atraía; nadie con él se metía. En su silencio amaba a Dios, se enternecía con los trinos de los pájaros del cementerio... En fin, no le faltaba más que comer perdices como en los cuentos de hadas. Nuestro Señor que le quería y le quiere mucho, le mimaba y se reía de él... También se reían los ángeles del cielo, con aquel novicio tan cándido, que decía tenía paz y era feliz porque hacían muy bonito las cogullas blancas de los monjes, mezcladas a las notas del órgano y a las campanas del monasterio... ¿Se puede dar más inocencia? Tenía la paz del mundo..., y algo de la de Dios.

Cuando el mundo habla de paz..., así se la figura. Cuando el mundo busca la paz..., así la concibe..., silencio, quietud, amor sin lágrimas,... mucho egoísmo oculto. El hombre busca esa paz, para descansar, para no sufrir. Busca la paz humana, la paz sensible... Esa paz que el mundo pinta en un claustro con sol, con cipreses y con pájaros. Esa paz sin tentaciones y sin cruz, en que la vida es una sonrisa de desprecio al mundo, y una mirada tranquila en Dios... Efectivamente, en todo eso hay paz..., pero no es la verdadera. La paz de aquel novicio..., era el cebo de Dios.

Aquel novicio..., ya no es novicio. Dios le quiere mucho..., mucho más de lo que él se figura. A aquel novicio, Dios le quitó la salud... Le hizo ver que las campanas a veces tienen grietas y suenan mal... Que el sol, también a veces se oculta, y que enmudecen los pájaros... Le cambió el paisaje, le mandó la cruz... […] Ya no tiene fuerzas para trabajar..., pero sigue cantando coplas. Llegaron las pruebas, las tentaciones..., a veces le pesa la cruz; por un lado, el mundo; por otro, su soledad..., todo mezclado con muchas miserias, con muchas flaquezas..., con contrariedades... Pero llega Cristo y me dice: Ahí está tu paz.

Efectivamente, hoy no me cambiaría por aquel novicio de antaño. Hoy bendigo desde el fondo de mi alma, a ese Dios que tanto me quiere, y me lo demuestra porque me quiere como es Él..., clavado en Cruz, besando sus llagas, y acompañándole en sus agonías... Me quiere con mis miserias, mis pecados, mis lágrimas y mis alegrías. Me quiere en esa paz […] Amo más a Cristo, cuanto más me prueba... Goza mi alma de paz... quizás en la agonía, no sé cuándo sufro, pues sufro por Cristo, y sufro con gusto. Por nadie me cambio, pues tengo lo mejor que un cristiano puede tener..., la Cruz de Jesús muy dentro del corazón. […] es grande todo lo que de Él me viene. Y me viene sin yo buscarlo y sin yo merecerlo. ¡Qué grande es Dios!

La paz de mi alma, es la paz del que nada, de nadie espera... Solamente Dios, solamente la Cruz de Cristo, solamente el deseo de vivir unido a su voluntad, es lo que el alma en el mundo espera, y la espera es tranquila; es con paz, a pesar de que el no ver aún a Dios, es un triste penar; el acompañarle en la Cruz, cuesta a veces copiosas lágrimas, y el verse que aún tenemos voluntad propia y, por tanto, miserias, defectos y pecados, no deja de causar pesar.

Aquí en la enfermería de una Trapa, hay un hombre a quien mucho quiere Dios..., y él lo sabe. Sabe, además, que dentro de muy poco tiempo todo terminará. Sabe que solamente en el cielo con Jesús y con María será feliz, y eso no ha de tardar. ¿Se puede acaso quejar? ¿Qué más paz quiere?... Hay una voz interior que le dice..., ánimo, hermano Rafael, ni del mundo ni del hombre esperes nada..., sólo Dios..., y esperar.

viernes 2 de marzo de 2012

"Padre, perdónalos..." El amor a los enemigos a imitación de Cristo


Del Oficio de lecturas de hoy: viernes I de Cuaresma
Del Espejo de caridad, del beato Elredo, abad
(Libro 3, cap. 5: PL 195, 582)

La perfección de la caridad consiste en el amor a los enemigos. A ello nada nos anima tanto como la consideración de aquella admirable paciencia con que el más bello de los hombres ofreció su rostro, lleno de hermosura, a los salivazos de los malvados; sus ojos, cuya mirada gobierna el universo, al velo con que se los taparon los inicuos; su espalda a los azotes; su cabeza, venerada por los principados y potestades, a la crueldad de las espinas; toda su persona a los oprobios e injurias; aquella admirable paciencia, finalmente, con que soportó la cruz, los clavos, la lanzada, la hiel y el vinagre, todo ello con dulzura, con mansedumbre, con serenidad. En resumen, como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca.
¿Quién, al oír aquellas palabras, llenas de dulzura, de amor, de inmutable serenidad: Padre, perdónalos, no se decide al momento a amar de corazón a sus enemigos? Padre -dice-, perdónalos. ¿Puede haber una oración que exprese mayor mansedumbre y amor?
Hizo más aún: le pareció poco orar; quiso también excusar. «Padre -dijo-, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Su pecado ciertamente es muy grande, pero su conocimiento de causa muy pequeño; por eso, Padre, perdónalos. Me crucifican, es verdad, pero no saben a quién crucifican, porque, si lo hubieran conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria; por eso, Padre, perdónalos. Ellos me creen un transgresor de la ley, un usurpador de la divinidad, un seductor del pueblo. Les he ocultado mi faz, no han conocido mi majestad; por eso, Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»
Por tanto, que el amor del hombre a sí mismo no se deje corromper por las apetencias de la carne. Para no sucumbir a ellas, que tienda con todo su afecto a la mansedumbre de la carne del Señor. Más aún, para que repose de un modo más perfecto y suave en el gozo del amor fraterno, que estreche también a sus enemigos con los brazos de un amor verdadero.
Y, para que este fuego divino no se enfríe por el impacto de las injurias, que mire siempre, con los ojos de su espíritu, la serena paciencia de su amado Señor y Salvador.

sábado 18 de febrero de 2012

Benedicto XVI: La Iglesia está viva y no tiene miedo a evangelizar

"La Iglesia está viva" Vigilia de oración junto al Papa, en el Aeródromo de Cuatro Vientos en Madrid, JMJ 2011.


El pasado jueves 16 de febrero de 2012, en la sala Clementina del Palacio Apostólico Vaticano, el Santo Padre Benedicto XVI recibió en audiencia a los participantes del simposio del Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa (CCEE) y de las Conferencias Episcopales de África y Madagascar (SECAM/SCEAM), que se realizó en estos días en Roma sobre el tema: “Evangelización hoy: comunión y colaboración pastoral entre África y Europa. La persona humana y Dios: la misión de la Iglesia de proclamar la presencia y el amor de Dios”.
Aquí está íntegro el discurso dirigido por el Papa a los participantes durante la audiencia.


Señores cardenales,
Queridos hermanos en el episcopado,
¡Queridos hermanos y hermanas!
Me complace darles la bienvenida al final del Simposio de los Obispos de África y Europa, y los saludo a todos con gran afecto, en particular al cardenal Péter Erdő, presidente del Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa, y al cardenal Polycarp Pengo, presidente del Simposiode las Conferencias Episcopales de África y Madagascar, dándoles las gracias por sus amables palabras con las que han introducido nuestro encuentro. Quiero expresar mi profundo agradecimiento a aquellos que han promovido las jornadas de estudio, durante el cual se han confrontado con el tema de la evangelización actual en sus territorios, a la luz de la comunión recíproca y la colaboración pastoral que se ha establecido durante el primer Congreso del año 2004.
Con ustedes doy gracias a Dios por los frutos espirituales resultantes de las relaciones de amistad y cooperación entre las comunidades eclesiales de sus continentes durante estos años. Desde diferentes contextos culturales, sociales y económicos, han puesto de relieve la común tensiónapostólica para anunciar a su gente a Jesucristo y su evangelio, en un estilo de "intercambio de dones". Continúen en este camino fructífero de fraternidad en el trabajo y en la unidad de propósitos, ampliando cada vez más los horizontes de la evangelización. Para la iglesia en Europa, de hecho, el encuentro con la Iglesia en África es siempre un momento de gracia en virtud de la esperanza y la alegría con la que las comunidades eclesiales de África viven y comunican la fe, como lo he visto en mis viajes apostólicos. Por otro lado, es bueno ver cómo la Iglesia en África, a pesar de vivir en medio de muchas dificultades y la necesidad de la paz y la reconciliación, está dispuesta a compartir su fe.
En las relaciones entre la Iglesia en África y en Europa, es su responsabilidad tener en cuenta el vínculo esencial entre la fe y la caridad, porque se iluminan uno al otro en su propia verdad. La caridad favorece la apertura y el encuentro con el hombre de hoy, en su realidad concreta, para llevarle a Cristo y su amor a cada persona y a cada familia, especialmente para aquellos más pobres y solos. "Caritas Christi urget nos" (2 Cor. 5,14): es el amor de Cristo que llena los corazones y nos mueve a evangelizar. El divino Maestro, ahora como entonces, envía a sus discípulos por los caminos del mundo para proclamar su mensaje de salvación a todos los pueblos de la tierra (cf. Carta ap. Porta fidei, 7).
Los desafíos actuales que tienen delante, queridos hermanos, son exigentes. Pienso, en primer lugar, en la indiferencia religiosa, que lleva a muchas personas a vivir como si Dios no existiese, o a conformarse con una religión vaga, incapaz de enfrentarse a la cuestión de la verdad y el deber de la coherencia. Hoy en día, especialmente en Europa, aunque también en algunas partes del África, se siente el peso del ambiente secularizado y a menudo hostil a la fe cristiana. Otro desafío para la proclamación del Evangelio es el hedonismo, que ha ayudado a penetrar la crisis de valores en la vida cotidiana, en la estructura familiar, de la misma manera que interpreta el significado de la existencia. Síntoma de un grave malestar social es también la propagación de cosas tales como la pornografía y la prostitución.
Ustedes son muy conscientes de estos desafíos, que desafían asu conciencia pastoral y su sentido de responsabilidad. Esto no debe desalentarles, sino más bien que sea una ocasión para renovar el compromiso y la esperanza, la esperanza que proviene de saber que la noche está avanzada, el día está cerca (cf. Rm. 13,12), porque Cristo resucitado está siempre con nosotros. En las sociedades de África y de Europa no son pocas las fuerzas del bien, muchas de las cuales son parte de las parroquias y se distinguen por un compromiso a la santificación personal y al apostolado. Espero que, con su ayuda, puedan convertirse en células más vivas y vitales de la nueva evangelización.
Que la familia esté al centro de su atención como pastores: ella, la iglesia doméstica, es también la garantía más sólida para la renovación de la sociedad. En la familia, que conserva usos, tradiciones, costumbres, ritos imbuidos de fe, se encuentra el terreno más adecuado para el florecimiento de vocaciones. La mentalidad actual de consumo puede tener repercusiones negativas en el surgimiento y el cuidado de las vocaciones; de ahí la necesidad de prestar especial atención a la promoción de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. La familia es también el fulcroformativo de la juventud. Europa y África tienen necesidad de jóvenes generosos, que sepan hacerse cargo de manera responsable de su futuro, y todas las instituciones deben tener en cuenta que en estos jóvenes se encuentra el futuro y que es importante hacer todo lo posible para garantizar que su camino no esté marcado por la incertidumbre y la oscuridad. Queridos hermanos, sigan con especial atención su crecimiento humano y espiritual, alentando también las iniciativas de voluntariado que puedan tener un valor educativo.
En la formación de las nuevas generaciones asume un rol importante la dimensión cultural. Ustedes saben muy bien lo mucho que la Iglesia estima y promueve toda forma auténtica de la cultura, a la que ofrece la riqueza de la palabra de Dios y la gracia que emana del misterio pascual de Cristo. La Iglesia respeta cada descubrimiento de la verdad, porque toda verdad viene de Dios, pero sabe que la mirada de la fe puesta en Jesús abre la mente y el corazón a la Verdad primera, que es Dios. Así, la cultura alimentada por la fe lleva a la verdadera humanización, mientras que las falsas culturas terminan por conducir a la deshumanización: en Europa y en África hemos tenido tristes ejemplos. Esto de la cultura, debe ser por lo tanto una preocupación constante que cae bajo su acción pastoral, teniendo siempre en cuenta que la luz del Evangelio forma parte del tejido cultural, elevándolo y haciendo fecundar las riquezas.
Queridos amigos, el Simposio les ha dado la oportunidad para reflexionar sobre los problemas de la Iglesia en los dos continentes. Claro, estos no faltan, y son a veces relevantes; pero, por otro lado, también son prueba de que la Iglesia está viva, creciendo, y no tiene miedo de llevar a cabo su misión evangelizadora. Para ello necesita de la oración y del compromiso de todos los fieles; porque la evangelización es parte de la vocación de todos los bautizados, que es una vocación a la santidad. Los cristianos que tienen una fe viva y están abiertos al Espíritu Santo, se convierten en testigos con la palabra y la vida del evangelio de Cristo. A los pastores, sin embargo, se les confía una responsabilidad especial. Por lo tanto, “su santidad personal debe repercutir en beneficio de los que han sido confiados a vuestro cuidado pastoral, y a los que debéis servir. La vida de oración fecundará desde dentro su apostolado. Un obispo debe ser amante de Cristo. Su distinción y autoridad moral que sustentan el ejercicio de su potestad jurídica, sólo pueden venir de su santidad de vida.” (Ex. ap. postsin. Africae munus, 100).
Encomiendo sus propósitos espirituales y sus proyectos pastorales a la intercesión de María, Estrella de la Evangelización, a la vez que les imparto de corazón una especial bendición apostólica a ustedes, a las conferencias episcopales de África y Europa y a todos sus sacerdotes y fieles.