viernes, 4 de diciembre de 2009

Homilía en la Misa de Jovenes en honor de San Rafael Arnáiz


Anoche estuve hablando con alguno de ustedes que está por aquí sobre esta Misa que ibamos a celebrar hoy en honor del Hermano Rafael, y me decía esa persona: “va a ser difícil predicar, vas a tener que contar muchas cosas porque nadie sabe quién es San Rafael Arnáiz”. Ciertamente entre los que estamos aquí somos minoría quienes conocemos al Hermano Rafael…
Pero eso no importa porque no hace falta conocer demasiado de su vida, no es el momento de contar todo sobre él, aunque obviamente los que hoy lo conozcan se van a sentir muy atraídos por esa gran figura de santidad que es Rafael, no me cabe duda… Lo que si importa saber de él es que vivió su vida completamente enamorado de Jesucristo, totalmente fascinado por Dios. Rafael es un santo que está en el cielo y que desde allí intercede por nosotros, nos da fuerzas… pero también ya desde su vida en la tierra nos enseñó a vivir la santidad.
Rafael fue un santo joven, murió joven, siempre fue joven. Ni fue un gran fundador, ni un reformador de nada, ni un gran hacedor de portentosos milagros… más bien fue un hombre sencillo y alegre, y con varios defectos. Hasta su misma madre lo reconocía como un poco caprichoso, quizás demasiado sensible, no muy responsabel con el estudio...
Fue un joven común, como cualquiera de ustedes. Llegó a la vida a una familia con muchísimas posibilidades. Vivió muy acomodadamente, era buen atleta, músico, pintor, de personalidad agradable, de muchos amigos… Un hombre alegre. Quizás nadie sospechaba cuando era un chico joven que lleagría a ser un gran místico, que teníaun alma tan grande, capaz de volar tan alto, quizás nadie se atrevió a imaginar hasta qué cumbres de la santidad volaría su alma… Ni él mismo sospechaba hasta qué alturas de santidad Dios le había preparado el vuelo. Porque fue el mismo Dios el que le fue enseñando a Rafael cómo habría de volar a ese chico que a sus veinte años, medio de casualidad, entró a un Monasterio trapense, escuchó a los monjes cantar y algo pasó en su corazón, algo que lo transformó para siempre…
¿Quién fue Rafael? Es un santo. Es un santo que ya antes de ser beatificado el mismo Papa Juan Pablo II lo propuso como modelo para todos los jóvenes, hace ya veinte años, en 1989, en la Jornada Mundial de la Juventud en Santiago de Compostela en España. Fue beatificado en 1992, y canonizado por el Papa Benedicto hace casi dos meses, el 11 de octubre pasado. Rafael se está estrenando de santo queridas chicas y muchachos, así que estoy seguro que si esta noche pedimos y acudimos a él, él no va a dejar de rezar por nosotros y acercarse a nuestras vidas. Él fue un hombre a quien le gustaba mucho tener amigos y estar con ellos, y puedo darles testimonio que sigue siendo así desde el Cielo, como vivió la vida en la tierra, desde el Cielo Rafael sigue cosechando amigos. Y estoy seguro que esta noche se va a hacer de muchos amigos y amigas nuevas esta noche. Y ¿saben? El que se hace amigo de Rafael es porque siente en su corazón un deseo de volar alto como él, de llegar hasta esa cumbre que él llegó. Y ¿qué ese volar alto, qué esa cumbre? En definitiva amar mucho a Dios, pertenecer totalmente a Dios.
¡Nadie nace siendo santo! Rafael tampoco. Les decía recién que su madre lo describía con bastante objetividad. Dirá de él: “Rafael era algo indolente, no gran estudiante, ni muy aplicado, lo fiaba todo al despejo de su inteligencia y a su intuición imaginativa.
Todo lo quería y nada conservaba. Caprichoso en adquisiciones para sí y para los demás, lo mismo pedía a su padre un coche que una caja de cerillas…”
Fue un chico como todos, con límites y defectos, pero sin embargo la santidad se fue haciendo en él, Dios lo fue haciendo santo.
Y cuando empieza a crecer a hacerse joven como todos ustedes, qué es lo primero que aparece en el corazón de un joven: los sueños, los proyectos, los deseos.
Rafael también tuvo grandes sueños, soñaba con ser un gran artista y pintaba muy bien desde muy joven, y por eso mismo logró ingresar a la Escuela de Arquitectura, donde estudió tres años viviendo en una pensión de universitarios. Y fue en esos años en que Dios le empezó a tender unas pequeñas “trampitas”: le hizo conocer la Trapa, le hizo gustar cada día más de la Adoración Eucarística nocturna y de a poco le fue trasformando el corazón.
Si pudieron detenerse en el video sobre Rafael que pasamos antes de la misa, habrán visto que allí hacia el final aparece una frase suya que creo que explica todo en la vida de un hombre, de un santo, y en la vida de Rafael: “el amor impide detenerse”, para el amor es imposible detenerse y ustedes saben que eso es verdad, que cuando al corazón le pasa algo, cuando nuestro corazón siente algo por alguien, no se puede detener: no hay diferencias, distancias, temores que lo puedan detener. Si el amor es grande no nos frena ni la timidez, ni la distancia, ni las diferencias de cualquier tipo, cuando hay amor nada de eso puede impedir que siga y siga hacia la persona que se ama. Porque cuando el amor es grande, no puede detenerse y siempre busca romper los obstáculos que me impiden llegar a la persona que amo. Eso le pasó a Rafael, pero el tema es que se enamoró profundamente de Dios… y se empezó a dar cuenta que todos sus planes y proyectos tan hermosos se volvían también un obstáculo para llegar a Ese que el tanto amaba. Entonces entre los planes de Rafael y el amor de Dios tuvo que hacerse un camino para que los planes de Rafael y el plan de Dios fueran el mismo. El plan de Dios era que Rafael fuera completamente suyo. Dios se enamoró tanto de Rafael que quiso que ese corazón joven fuese completamente para Él, y lo logró porque el lema de Rafael terminó siendo ése que está allí: “¡Sólo Dios!”. Tanto se enamoró de Dios que ya decía “¡Sólo Dios!” porque todo lo demás quedaba en segundo plano. Hay que tener tanto amor, tanta experiencia de Dios para poder decir eso.
Que hermoso que hoy estemos hablando de Rafael porque creo que él tiene mucho para decirles especialmente a ustedes queridos jóvenes en este tiempo que estamos viviendo. El también vivió en una época difícil y adversa, en un país con una situación política, social, cultural donde no era fácil ser católico, vivir la fe. Queridas chicas, queridos muchachos, a ustedes también les toca remar contra la corriente, es más muchas veces es como subir nadando una cascada, una catarata porque todo está en contra. Si alguno de ustedes manifiesta sus valores de fe entre sus amigos y hasta familiares, seguramente enseguida reciban ataques, burlas, rechazos. No es fácil mantenerse en lo que creemos, en los ideales que queremos vivir. La única manera que tenemos de perseverar en este camino es amando porque el amor no permite detenerse; la única posibilidad que tenemos de ser santos es empezar a amar mucho a Dios porque el amor va a impedir que nos quedemos quietos, porque supera toda barrera y nos empuja irremediablemente hacia aquel al que se ama.
Eso hace el amor con nosotros, eso hizo el amor con los santos, eso hizo el amor con la Santísima Virgen, que pudo vencer todo obstáculo para poder llegar a esa unidad tan singular que ella tuvo con Dios a la que Él mismo la llamó: ser madre del Hijo, la hija del Padre, la esposa del Espíritu. Ese modelo de la Virgen que venció todo obstáculo y dificultad porque había un gran amor es el modelo del amor que nos hace santos.
Ustedes están ahora en épocas de exámenes, estudiando, rindiendo finales, y pronto seguro que muchos de ustedes irán a misionar en verano y seguro que casi todos se irán de vacaciones. Y van a tener muchos obstáculos para vivir la fe, pero quédense tranquilos, el secreto no esta hacer fortalecer la voluntad para resistir y aguantar. El secreto está en hacer crecer el amor a Dios porque el amor nos impide quedarnos en la mitad de camino, nos impide quedarnos en la mediocridad. El que ama está salvado porque el que ama a Dios cada vez va a necesitar amarlo más y nunca se va a conformar con nada, porque el que probó el amo de Dios esta herido de amor para siempre, el que probó el amor de Dios no se puede quedar ya tranquilo.
Ojala que Dios hoy por intercesión de Rafael los deje profundamente inquietos, intranquilos. Ojala que Dios hoy nos toque el corazón y nos “sacuda saludablemente” como dice el Papa, para descubrir cuáles son los obstáculos que me impiden volar hacia Dios. Ojala que me vaya hoy lleno de inquietud e intranquilidad, con el deseo profundo de querer ser de Dios, aunque tenga miedo, aunque tenga muchos planes, con el deseo profundo de poder decir: no tengo nada más importante que Él. Como decía aquella vieja canción del sí: “tengo que dejar mi plan, tus caminos valen más”.
Ese es el secreto de la vida: ser capaces de amar tanto a Dios que podamos quedar nosotros mismos en un segundo lugar para poder seguir el camino por el que Jesús me quiera llevar.
Rafael enfermó cuando entro al Monasterio y no pudo ser monje a causa de su diabetes aguda. Entonces tuvo que entrar enfermo como “oblato” es decir como si fuera un empleado de quehaceres menores en el Monasterio, sin ser monje. Y entendió que Dios lo quería tanto que incluso le pedía no ser monje y al final de su vida poco tiempo antes de morir el escribía esto que les quiero leer ahora:
“En la oración de esta mañana he hecho un voto. He hecho el voto de amar siempre a Jesús.
Me he dado cuenta de mi vocación. No soy religioso..., no soy seglar..., no soy nada... Bendito Dios, no soy nada más que un alma enamorada de Cristo. Él no quiere más que mi amor, y lo quiere desprendido de todo y de todos.
Virgen María, ayúdame a cumplir mi voto.
Amar a Jesús, en todo, por todo y siempre... Sólo amor. Amor humilde, generoso, desprendido, mortificado, en silencio… Que mi vida no sea más que un acto de amor.”
(1 de enero de 1938 – sábado)
Ojala que cada uno de nosotros pueda vivir así, deseando que la vida sea solamente un acto de amor de Dios. Eso es la santidad. Y nadie puede ser santo si no ama mucho, mucho a Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con toda su fuerza, con toda pasión.
Queridas chicas, queridos muchachos, eso le pedimos con mucha fuerza a Dios esta noche para cada uno de nosotros. Para que Él encienda nuestra corazón y cada vez amemos mucho, mucho más a Dios.
Ojala que mi vida y la vida de cada uno de ustedes no sea más que un acto de amor a Dios.

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