jueves, 30 de septiembre de 2010

La Palabra de Dios, fuente inagotable de vida. (De San Efrén, diácono)



Comentario de San Efrén, diácono.

"Señor, ¿Quién hay capaz, de penetrar con su mente una sola de tus frases? Como el sediento que bebe de la fuente, mucho más es lo que dejamos que lo que tomamos. Porque la palabra del Señor presenta muy diversos aspectos, según la diversa capacidad de los que la estudian. El Señor pintó con multiplicidad de colores su palabra, para que todo el que la estudie pueda ver en ella lo que más le plazca. Escondió en su palabra variedad de tesoros, para que cada uno de nosotros pudiera enriquecerse en cualquiera de los puntos en que concentrara su reflexión.

La palabra de Dios es el árbol de vida que te ofrece el fruto bendito desde cualquiera de sus lados, como aquella roca que se abrió en el desierto y manó de todos lados una bebida espiritual. Comieron—dice el Apóstol—el mismo alimento espiritual y bebieron la misma bebida espiritual.

Aquel, pues, que llegue a alcanzar alguna parte del tesoro de esta palabra no crea que en ella se halla solamente lo que él ha hallado, sino que ha de pensar que, de las muchas cosas que hay en ella, esto es lo único que ha podido alcanzar. Ni por el hecho de que esta sola parte ha podido llegar a ser entendida por él, tenga esta palabra por pobre y estéril y la desprecie, sino que, considerando que no puede abarcarla toda, dé gracias por la riqueza que encierra. Alégrate por lo que has alcanzado, sin entristecerte por lo que te queda por alcanzar. El sediento se alegra cuando bebe y no se entristece porque no puede agotar la fuente. La fuente ha de vencer tu sed, pero tu sed no ha de vencer la fuente, porque, si tu sed queda saciada sin que se agote la fuente, cuando vuelvas a tener sed podrás de nuevo beber de ella; en cambio, si al saciarse tu sed se secara también la fuente, tu victoria sería en perjuicio tuyo.

Da gracias por lo que has recibido y no te entristezcas por la abundancia sobrante. Lo que has recibido y conseguido es tu parte, lo que ha quedado es tu herencia. Lo que, por tu debilidad, no puedes recibir en un determinado momento lo podrás recibir en otra ocasión, si perseveras. Ni te esfuerces avaramente por tomar de un solo sorbo lo que no puede ser sorbido de una vez, ni desistas por pereza de lo que puedes ir tomando poco a poco..."

miércoles, 29 de septiembre de 2010

No llores si me amas... San Agustín


"No llores si me amas.

¡Si conocieras el don de Dios y lo que es el Cielo! ¡Si pudieras oir el cántico de los Ángeles y verme en medio de ellos!

¡Si pudieras ver desarrollarse ante tus ojos los horizontes, los campos eternos y los nuevos senderos que atravieso!

¡Si por un instante pudieras contemplar, como yo, la belleza ante la cual todas las bellezas palidecen!

¡Cómo! ¿Tú me has visto, me has amado en el país de las sombras y no te resignas a verme y amarme en el país de las inmutables realidades?

Creedme: cuando la muerte venga a romper las ligaduras, como ha roto las que a mí me encadenaban, y cuando un día, que Dios ha fijado y conoce, tu alma venga a este Cielo en que te ha precedido la mía, ese día volverás a ver a aquella que te amaba y que siempre te ama, y encontrarás tu corazón con todas sus ternuras purificadas.

Volverás a verme, pero transfigurado, extático y feliz, no ya esperando la muerte, sino avanzando contigo, que me llevarás de la mano por los senderos nuevos de la luz y de la vida, bebiendo con embriaguez a los pies de Dios un néctar del cual nadie se saciará jamás.

Enjuga tu llanto y no llores si me amas..."

jueves, 26 de agosto de 2010

1910 - 26 de agosto - 2010 - Centenario del nacimiento de Madre Teresa



El fruto del silencio es la oración.
El fruto de la oración es la fe.
El fruto de la fe es el amor.
El fruto del amor es el servicio.
Y el fruto del servicio es la paz."

Madre Teresa de Calcuta


miércoles, 25 de agosto de 2010

DÉJATE AMAR - de Sor Isabel de la Trinidad


Este tratadito -Déjate amar– es una carta. Una especie de carta-testamento que sor Isabel escribió para su priora, la Madre Germana, durante los últimos días de su vida. Lo hizo lentamente, conforme se lo permitía su debilidad física. Por expreso deseo de sor Isabel, la Madre Germana tenía que leerla ante su féretro.
Se diría que es una carta solemne. Escrita por alguien que es profundamente consciente de que la está escribiendo en un momento sumamente «grave y solemne» de su vida -a Ias puertas de la eternidad- y de que no puede «perder el tiempo». Es más, una carta escrita para decirle a su priora «lo que Dios, en horas de profundo recogimiento y de trato unificador, le ha hecho comprender». Al hacerlo, sor Isabel la humilde se siente «portavoz de Dios».


A la Madre Germana de Jesús
Priora de la comunidad

J.M. t J.T.
Madre querida, mi sacerdote santo:
Cuando lea estas líneas, su pequeña Alabanza de gloria ya no cantará en esta tierra, sino que vivirá en el inmenso Hogar del amor. Usted podrá, pues, creerla y escucharla como si fuese «el portavoz» de Dios.
Madre querida, yo quisiera decirle todo lo que usted ha sido para mi. Pero la hora es tan grave, tan solemne, que no quiero perder el tiempo diciéndole cosas que creo que las empequeñecería si quisiera expresarlas en palabras.
Lo que va a hacer su hija es revelarle lo que siente, o, para decirlo con mayor verdad: lo que su Dios, en horas de profundo recogimiento y de trato unificador, le ha hecho comprender

«El Señor la ama enormemente». La ama con aquel amor de predilección que el Maestro tuvo aquí en la tierra a algunas personas y que las llevó tan alto. El no le dice como a Pedro: «¿Me amas más que éstos?» [Jn 21,15]. Madre, escuche lo que a usted le dice: «Déjate amar más que éstos!». Es decir, sin temer que algún obstáculo pueda ser obstáculo para ello, pues yo soy libre de derramar mi amor sobre quien me plazca.
Déjate amar más que éstos»: ésta es tu vocación. Siendo fiel a ella, me harás feliz, pues así ensalzarás el poder de mi amor. Y ese amor podrá rehacer lo que tú hayas deshecho. «Déjate amar más que éstos».

Si usted supiera, Madre amadísima, con qué evidencia percibo los planes de Dios sobre su alma... Se me presentan con inmensa claridad, y comprendo también que allá en el cielo voy a ejercer a mi vez un sacerdocio sobre su alma. Es el Amor quien me asocia a la obra que El realiza en usted... ¡Qué grande, Madre, y qué adorable es esa obra por parte de Dios! ¡Y qué sencilla para usted! Y eso es precisamente lo que la hace más luminosa.
Madre, déjese amar más que los demás. Eso lo explica todo y evita que el alma se asombre...

Su pequeña hostia, si usted se lo permite, pasará su cielo en lo más hondo de su alma: la mantendrá a usted en comunión con el Amor y creyendo en el Amor, y ésa será la señal de que morará en usted. ¡En qué gran intimidad vamos a vivir!
Madre querida, que su vida transcurra también en el cielo, donde yo cantaré en nombre suyo el Sanctus eterno. Yo no haré nada sin usted ante el trono de Dios: usted sabe muy bien que yo llevo su impronta y que algo de usted ha comparecido con su hija ante el Rostro de Dios. Le pido también -usted me lo ha permitida- que no haga nada sin mi.
Vendré a vivir en usted, y entonces yo seré su madrecita: la instruirá, para que mi visión beatifica le sea de provecho, para que usted participe de ella y para que usted también viva la vida de los bienaventurados...

Madre adorada, Madre predestinada para mí desde toda la eternidad, al partir, yo le lego la que fue mi vocación en el seno de la Iglesia militante y que ejerceré en adelante sin cesar en la Iglesia triunfante: ser «Alabanza de gloria de la Santísima Trinidad».
Madre, «déjese amar más que éstos». Así quiere su Maestro que usted sea alabanza de gloria. Él se alegra de poder construir en usted, mediante Su amor, para Su gloria. Y quiere hacerlo Él solo, aunque usted no haga nada para merecer esa gracia, a no ser lo que sabe hacer la criatura: obras de pecado y de miseria... Él la ama así. Él la ama «más que a éstos». Él lo hará todo en usted y llegará hasta el final. Pues cuando Él ama a un alma hasta ese punto y de esa manera, cuando la ama con un amor inmutable y creador, con un amor libre que todo lo transforma según su beneplácito, ¡entonces esa alma volará muy alto!

Madre, la fidelidad que el Maestro le pide consiste en vivir en comunión con el Amor, en desaparecer y arraigarse en ese Amor que quiere sellar su alma con el sello de su poder y de su grandeza.
Usted nunca será una del montón si vive alerta al Amor. Y en las horas en que lo único que sienta sea abatimiento y cansancio, aún le seguirá agradando si permanece fiel en creer que Él sigue actuando, que Él la ama a pesar de todo, e incluso más, porque su amor es libre y es así como quiere ser ensalzado en usted. Y entonces usted se dejará amar «más que éstos».
Eso es, creo yo, lo que quieren decir esas palabras... ¡Viva en lo más hondo de su alma! Mi Maestro me hace comprender con toda claridad que ahí quiere hacer maravillas. Dios la ha llamado para rendir homenaje a la Simplicidad del Ser divino y para exaltar el poder de su Amor.
Crea a Su «portavoz» y lea estas líneas como venidas de Él.

lunes, 23 de agosto de 2010

La foto de un santo... por Quique Carriquiri


Una reflexión en torno a un retrato del Siervo de Dios Padre Luis María Etcheverry Boneo

"En el colegio los pasillos de las aulas eran dos, y ambos se encontraban en una esquina, porque el colegio mismo está situado en una esquina. Allí, estaban la oficina de los directivos y la sala de profesores. Justo en la esquina, donde confluían los pasillos, había una pared que ostentaba únicamente una foto, ni muy grande ni muy pequeña. Era un retrato, un primer plano del Padre fundador. A diario lo veíamos, porque siempre, indefectiblemente en algún momento del día, uno pasaba por allí…
De chico no siempre ponía la atención en aquella imagen, pero sabía que estaba allí; asentada como una roca, como una piedra angular, y de alguna forma, viva.
Las facciones de su rostro eran únicas. Me es imposible describirlo estéticamente. Estaba sonriente. Era una sonrisa suave, compasiva. Era la sonrisa de alguien que en medio de las luchas de este mundo goza en lo más profundo de su corazón del triunfo del amor de Dios Padre, manifestado en la Pascua del Hijo. A su vez, la mirada estaba afianzada en esta misma certeza.
Era una mirada tremendamente profunda. Posar los propios ojos en ella era como dejarse traspasar por aquellos oscuros, tiernos. No era una mirada inquisidora, al contrario, uno sentía la libertad de encontrarse con ella. Y lo lindo de consentir este encuentro de miradas era, de algún modo, saberse cuidado, amado. Después de todo, aquellos ladrillos de los cuales pendía el retrato habían sido puestos gracias a la entrega del retratado. Uno sabía que el Padre Luis María había sido el fundador. Lo que no sabíamos era que el Espíritu de Dios dentro del propio corazón daba gracias y bendecía a Dios por esa entrega y dedicación que habían hecho posibles tener aquel segundo hogar.
Ya pasaron unos años desde aquellos tiempos, y sin embargo, esa mirada de aquel retrato reverbera en mi corazón. En ella se encierran, a su vez, el esfuerzo y la dedicación de todos los que en el Colegio entregaron parte de su vida. Seguramente, esa mirada haya inspirado tanta donación… Hoy, me inspira a mí también. Es una inspiración serena, con aroma a Dios.
El Padre Luis María había compuesto una oración para los bachilleres que fueran a egresar del Colegio. En un momento, aquella oración reza así:
“A ti, Señor, hoy te pedimos (…) la serenidad de la esperanza en la mirada (…)”.
Ciertamente, la mirada de su rostro en aquella foto había alcanzado de Nuestro Señor la gracia que él pedía para sus egresados. Esta serenidad es la que uno percibía mirar su imagen, y que aún percibo al recordarla. Una mirada que comunica la esperanza en el triunfo de Jesucristo.

Aquel sacerdote, mediador entre Dios y los hombres, su entrega, su amor al Creador y a sus criaturas, hoy infunde esperanza y anima a la entrega. Su mirada habla del cielo. Su mirada anuncia serena, pero vivamente, que estamos hechos para Dios. Que hay un cielo para siempre con Él, y que por eso vale la pena dar la vida, como el Hijo.
Así, entonces, qué lindo caminar por este mundo con esa mirada. Hace falta pedir la gracia de esta certeza en lo más hondo del propio corazón. Pedir la gracia de la serenidad de la esperanza en la mirada, para que “sin hablar, sin pronunciar palabra” (Sal 18) anunciemos el cielo y la Vida que Dios Padre nos ha entregado en su Hijo."

sábado, 21 de agosto de 2010

"INSTAURARE OMNIA IN CHRISTO" - Día de SAN PÍO X


De la Encíclica PASCENDI del Papa San Pío X, del 8 de septiembre de 1907.

"Para un conocimiento más profundo del modernismo, así como para mejor buscar remedios a mal tan grande, conviene ahora, venerables hermanos, escudriñar algún tanto las causas de donde este mal recibe su origen y alimento.
La causa próxima e inmediata es, sin duda, la perversión de la inteligencia. Se le añaden, como remotas, estas dos: la curiosidad y el orgullo. La curiosidad, si no se modera prudentemente, basta por sí sola para explicar cualquier error.
Pero mucho mayor fuerza tiene para obcecar el ánimo, e inducirle al error, el orgullo, que, hallándose como en su propia casa en la doctrina del modernismo, saca de ella toda clase de pábulo y se reviste de todas las formas. Por orgullo conciben de sí tan atrevida confianza, que vienen a tenerse y proponerse a sí mismos como norma de todos los demás. Por orgullo se glorían vanísimamente, como si fueran los únicos poseedores de la ciencia, y dicen, altaneros e infatuados: "No somos como los demás hombres"; y para no ser comparados con los demás, abrazan y sueñan todo género de novedades, por muy absurdas que sean. Por orgullo desechan toda sujeción y pretenden que la autoridad se acomode con la libertad. Por orgullo, olvidándose de sí mismos, discurren solamente acerca de la reforma de los demás, sin tener reverencia alguna a los superiores ni aun a la potestad suprema. En verdad, no hay camino más corto y expedito para el modernismo que el orgullo. ¡Si algún católico, sea laico o sacerdote, olvidado del precepto de la vida cristiana, que nos manda negarnos a nosotros mismos si queremos seguir a Cristo, no destierra de su corazón el orgullo, ciertamente se hallará dispuesto como el que más a abrazar los errores de los modernistas!
Dice Nuestro predecesor el Papa León XII: «Trabajad animosamente en el estudio de las cosas naturales, en el cual los inventos ingeniosos y los útiles atrevimientos de nuestra época, así como los admiran con razón los contemporáneos, así los venideros los celebrarán con perenne aprobación y alabanzas». Pero hagamos esto sin daño de los estudios sagrados, lo cual avisa , continuando con estas gravísimas palabras dice Leon XIII: «La causa de los cuales errores, quien diligentemente la investigare, hallará que consiste principalmente en que en estos nuestros tiempos, cuanto mayor es el fervor con que se cultivan las ciencias naturales, tanto más han decaído las disciplinas más graves y elevadas, de las que algunas casi yacen olvidadas de los hombres; otras se tratan con negligencia y superficialmente y (cosa verdaderamente indigna) empañando el esplendor de su primera dignidad, se vician con doctrinas perversas y con las más audaces opiniones».
Estas cosas, venerables hermanos, hemos creído deberos escribir para procurar la salud de todo creyente. Los adversarios de la Iglesia abusarán ciertamente de ellas para refrescar la antigua calumnia que nos designa como enemigos de la sabiduría y del progreso de la humanidad. Mas para oponer algo nuevo a estas acusaciones, que refuta con perpetuos argumentos la historia de la religión cristiana, tenemos designio de promover con todas nuestras fuerzas una Institución particular, en la cual, con ayuda de todos los católicos insignes por la fama de su sabiduría, se fomenten todas las ciencias y todo género de erudición, teniendo por guía y maestra la verdad católica. Plegue a Dios que podamos realizar felizmente este propósito con el auxilio de todos los que aman sinceramente a la Iglesia de Cristo.
Asístanos con su virtud Jesucristo, autor y consumador de nuestra fe; y con su auxilio e intercesión asístanos la Virgen Inmaculada, destructora de todas las herejías, mientras Nos, en prenda de nuestro amor y del divino consuelo en la adversidad, de todo corazón os damos, a vosotros y a vuestro clero y fieles, nuestra bendición apostólica."

domingo, 15 de agosto de 2010

MARÍA, TU CUERPO ES SANTO Y SUMAMENTE GLORIOSO


De la Constitución apostólica Munificentissimus Deus del papa Pío XII

Los santos Padres y doctores, en las homilías y disertaciones dirigidas al pueblo en la fiesta de la Asunción de la Madre de Dios, hablan de este hecho como de algo ya conocido y aceptado por los fieles y lo explican con toda precisión, procurando sobre todo hacerles comprender que lo que se conmemora en esta festividad es no sólo el hecho de que el cuerpo sin vida de la Virgen María no estuvo sujeto a la corrupción, sino también su triunfo sobre la muerte y su glorificación en el cielo, a imitación de su Hijo único Jesucristo.
Y, así, san Juan Damasceno, el más ilustre transmisor de esta tradición, comparando la asunción de la santa Madre de Dios con sus demás dotes y privilegios, afirma, con elocuencia vehemente:
«Convenía que aquella que en el parto había conservado intacta su virginidad conservara su cuerpo también después de la muerte libre de la corruptibilidad. Convenía que aquella que había llevado al Creador como un niño en su seno tuviera después su mansión en el cielo. Convenía que la esposa que el Padre había desposado habitara en el tálamo celestial. Convenía que aquella que había visto a su Hijo en la cruz y cuya alma había sido atravesada por la espada del dolor, del que se había visto libre en el momento del parto, lo contemplara sentado a la derecha del Padre. Convenía que la Madre de Dios poseyera lo mismo que su Hijo y que fuera venerada por toda creatura como Madre y esclava de Dios.»
Según el punto de vista de san Germán de Constantinopla, el cuerpo de la Virgen María, la Madre de Dios, se mantuvo incorrupto y fue llevado al cielo, porque así lo pedía no sólo el hecho de su maternidad divina, sino también la peculiar santidad de su cuerpo virginal:
«Tú, según está escrito, te muestras con belleza; y tu cuerpo virginal es todo él santo, todo él casto, todo él morada de Dios, todo lo cual hace que esté exento de disolverse y convertirse en polvo, y que, sin perder su condición humana, sea transformado en cuerpo celestial e incorruptible, lleno de vida y sobremanera glorioso, incólume y partícipe de la vida perfecta.»
Otro antiquísimo escritor afirma:
«La gloriosísima Madre de Cristo, nuestro Dios y salvador, dador de la vida y de la inmortalidad, por él es vivificada, con un cuerpo semejante al suyo en la incorruptibilidad, ya que él la hizo salir del sepulcro y la elevó hacia sí mismo, del modo que él solo conoce." Todos estos argumentos y consideraciones de los santos Padres se apoyan, como en su último fundamento, en la sagrada Escritura; ella, en efecto, nos hace ver a la santa Madre de Dios unida estrechamente a su Hijo divino y solidaria siempre de su destino.
Y sobre todo hay que tener en cuenta que, ya desde el siglo segundo, los santos Padres presentan a la Virgen María como la nueva Eva asociada al nuevo Adán, íntimamente unida a él, aunque de modo subordinado, en la lucha contra el enemigo infernal, lucha que, como se anuncia en el protoevangelio, había de desembocar en una victoria absoluta sobre el pecado y la muerte, dos realidades inseparables en los escritos del Apóstol de los gentiles. Por lo cual, así como la gloriosa resurrección de Cristo fue la parte esencial y el último trofeo de esta victoria, así también la participación que tuvo la santísima Virgen en esta lucha de su Hijo había de concluir con la glorificación de su cuerpo virginal, ya que, como dice el mismo Apóstol: Cuando esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita: «La muerte ha sido absorbida en la victoria.»
Por todo ello, la augusta Madre de Dios, unida a Cristo de modo arcano, desde toda la eternidad, por un mismo y único decreto de predestinación, inmaculada en su concepción, virgen integérrima en su divina maternidad, asociada generosamente a la obra del divino Redentor, que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sus consecuencias, alcanzó finalmente, como suprema coronación de todos sus privilegios, el ser preservada inmune de la corrupción del sepulcro y, a imitación de su Hijo, vencida la muerte, ser llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial, para resplandecer allí como reina a la derecha de su Hijo, el rey inmortal de los siglos.
Pio XII