miércoles, 17 de junio de 2009

El don de Sabiduría



Uno de los siete dones que nos da el Espíritu Santo es el Don de SABIDURÍA. La clásica definición dice que “el don de SABIDURÍA es un hábito sobrenatural inseparable de la caridad por el cual juzgamos rectamente de Dios y de las cosas divinas por sus últimas y altísimas causas (es decir Dios mismo) bajo el instinto especial del Espíritu Santo, que nos las hace saborear con cierta connaturalidad y empatía.”
Es una acción directa del Espíritu Santo que actúa (como todos los dones) en las almas en estado de gracia. ¿Y que hace en nosotros este Don del Espíritu? Nos enseña a mirar a Dios y a todo según el mismo Espíritu de Dios, y quien conoce bien a Dios mira y juzga todas las cosas rectamente. Dice Santo Tomás de Aquino: “quien conoce de manera absoluta la causa, que es Dios, se considera sabio en absoluto, por cuanto puede juzgar y ordenar todo por las reglas divinas. Pues bien, el hombre alcanza ese tipo de juicio por el Espíritu Santo” (Suma Teologica, II-II, q 45, art 1)
Podríamos decir entonces que por el Don de Sabiduría comprendemos las cosas desde Dios ya que es una asistencia especial del Espíritu Santo que nos hace comprender según comprende el mismo Dios las cosas. Por este don el hombre puede mirar todo con sentido divino, de eternidad, y así juzgar rectamente las cosas.
También este Don produce en el alma una cierta “experiencia” de Dios, de algún modo nos hace “gustar” de Él. San Isidoro de Sevilla dice: “el nombre de sabiduría viene de sabor; como el gusto sirve para conocer el sabor de los alimentos, lo mismo la sabiduría, es decir, el conocimiento que se tiene de las criaturas por el primer principio, y de las causas segundas por la causa primera, es una regla segura para juzgar bien de cada cosa.”
La Sabiduría nos hace experimentar a Dios y todas las cosas desde Dios. Por ejemplo: es tan difícil perseverar, elegir bien, saber privilegiar, pero gracias a este Don el alma tiene un auxilio interior que le presta una ayuda indispensable a la hora de elegir ya que le enseña primero a a mirar bien las cosas. Para ser santos entonces es necesario este Don, que es un hábito de conocer las cosas tal como las conoce Dios.
Y si conocemos las cosas así, entonces pondremos toda nuestra vida subordinada a su sentido y su fin verdadero que es Dios mismo.
Es necesaria la SABIDURIA, Don del Espíritu, para vivir la caridad y vivirla incluso hasta llegar al grado heroico. Porque con la Sabiduría Don vemos como evidente que siempre es mejor el amor antes que cualquier cosa.
Como todos los dones del Espíritu Santo la SABIDURIA es un don que se nos da para que podamos ser santos. Nadie puede recibir el DON de la SANTIDAD sin el auxilio del Don de Sabiduría que nos enseña a comprender y experimentar las cosas desde Dios.
Pidamos el DON de SABIDURIA para poder comprender y amar a Dios como Él quiere ser conocido y amado por nosotros.

Ven, Espíritu Santo, y llename de Ti... Ven y sopla sobre mí, cambia la faz de la tierra. ¡Ven Espírtu Santo!

lunes, 15 de junio de 2009

27. Sumérgeme en el río de tu Espíritu


SOL
CANSADO DEL CAMINO
SI m
SEDIENTO DE TI
DO
UN DESIERTO HE CRUZADO
LAm
SIN FUERZAS HE QUEDADO
RE7
VENGO A TI

SOL
LUCHE COMO UN SOLDADO
SI m
Y AVECES SUFRI
DO
Y AUNQUE LA LUCHA HE GANADO
LAm
MI ARMADURA HE DESGASTADO
RE7
VENGO ATI

SOL
SUMERGEME
SIm
EN EL RIO DE TU ESPIRITU
DO
NECESITO REFRESCAR
LAm RE7
ESTE SECO CORAZON SEDIENTO DE TI

/Y SE REPITE OTRA VEZ/

sábado, 13 de junio de 2009

¡Sólo Dios! - del Beato Rafael


Ave María
La paz del Señor sea contigo.
Sólo Dios... Cuánto cuesta llegar a comprender y a vivir estas palabras, pero una vez, aunque sea sólo un instante; una vez de que el alma se ha percatado de que es de Dios, posesión de Dios; de que Jesús vive en ella, a pesar de sus miserias y flaquezas... Una vez abiertos los ojos a la luz de la fe y de la esperanza. Una vez comprendida la razón de vivir, y que vivir es para Dios y sólo para Él, nada hay en el mundo capaz de turbar al alma, y aún la ansiosa espera del que no poseyendo nada lo espera todo, se hace serena. Una paz inmensa llena el corazón del que sólo es para Dios, y paz sólo la posee el que sólo a Dios desea...
¡Sólo Dios! ¡Qué dulce es vivir así!

No se para qué me he puesto a escribir... Realmente no lo sé; no hay necesidad y no tengo nada que decir. Solamente hay una razón, aunque muy pequeña, y esa razón es un deseo mío..., aún los tengo..., es el deseo de hablar de Él.
Nadie en el mundo escucha con paciencia las locuras que se le pueden ocurrir al que vislumbrando un poquito la grandeza de Dios se atonta, y dando de lado la nada y vanidad de las cosas de la tierra, se le ocurre gritar: necios, insensatos... ¿qué buscáis? daros prisa..., sólo Dios ¿qué hay fuera de Él?
¿Cómo es posible que nos podamos ocupar en tantas cosas, en reir, en llorar, en hablar, en discutir y, en cambio, para Dios nada?
(...)
No sé decir más... me he cortado, y con la pluma en la mano y mirando este cielo tan claro de Castilla, me he quedado pensando..., sólo Dios..., sólo Dios..., sólo Dios.

Fray María Rafael

(De la carta a su tío Leopoldo, Duque de Maqueda, desde Burgos, el 27 de septiembre de 1937, a sus 26 años, ocho meses antes de su muerte)

miércoles, 10 de junio de 2009

Miércoles 10 de junio, ADORACION JOVEN en Las Esclavas

Habrá confesiones

Ésta es la PROMESA de Jesús: “YO ESTARE SIEMPRE CON USTEDES!”
Sabemos que es así. Jesús está para siempre con nosotros en la Eucaristía.

¿Qué podemos decir de la Eucaristía? Más convendría callar, para oír lo que el mismo Jesús presente en ella nos dice… Y es que su presencia dice más que mil palabras.
Aunque nuestros sentidos no vean más que pan, Él está acá verdaderamente, verdadero Dios, verdadero hombre, verdadero amor que se entrega, verdadero milagro.
Está acá y quiere que lo descubras… está acá diciéndote “Soy yo” me quedo con vos para siempre, hay un lugar donde siempre vas a encontrarme.
Está acá hecho pan que se pone en tus manos, hecho pequeño para que no tengas vergüenza ante Él de tu pequeñez, indefenso para que no le tengas miedo.
Está en silencio para escucharte, pero también tiene mucho para decirte… Por eso quédate con Él, hablále, ¿Qué le podemos decir? Contále tus cosas, lo que te alegra, lo que te pesa o simplemente mirálo y alegrate de su presencia. Él está acá y está feliz de que vos también estés…

sábado, 6 de junio de 2009

En la oscuridad de un hospital, por Nacho Bagattini

Un rayo de Luz, en medio de la oscuridad del dolor

El hospital, un ámbito en donde circula la alegría y la esperanza, pero muchas veces, y en mayor medida el dolor.

El hospital es lugar de nacimiento de muchas vidas, de recuperación de personas, es lugar de sanación…, pero muchas veces es también lugar de dolor, de abandono, de soledad, de desesperanza, de miedo, de angustia, de interrogantes, de vacío, y de tantas sensaciones más…
El hospital es el lugar donde las vidas se encienden, y también donde se apagan. Es lugar de luz y es lugar de oscuridad, esta última muchas veces profunda y sin salida.

Pero es en medio de esa luz y oscuridad, en medio de tanto dolor que clama compañía y amor, en donde una Luz potente quiere brillar. En el corazón del hospital, en una pequeña y humilde capilla, un pequeño sagrario contiene a quien desea ser Luz para la oscuridad de tantas personas. Esta Luz quiere irradiar esperanza, cariño, y mucho amor, para poder sanar las heridas más profundas que son las del corazón. Una Luz que desea sanar tantas soledades, preocupaciones, y miedos.

Esta luz desea recibir como el posadero a tantos enfermos, heridos y golpeados por la vida, en particular por el egoísmo, enfermedades, y sobre todo por la falta de amor. Pero esta Luz, quiere y desea como instrumentos, a “buenos samaritanos” que se animen a cargar sobre sí a tan grande y seria responsabilidad, que son las personas.

En medio de la noche del hospital, Jesús sueña, quizás, con jóvenes adoradores que hagan propagar la Luz del Santísimo y sus gracias a tantos corazones necesitados de Dios. Jóvenes que entreguen parte de su noche para acompañar a gente que quizás no posee nada. Jóvenes que en silencio y delante de Jesús sean luz y esperanza para tantos argentinos que están agotados y sin ganas de luchar ante las contrariedades que vivimos cotidianamente. Jóvenes que piensan que no pueden hacer nada y no sirven para nada, y que ahora, a través de la Luz de Jesús se sientan antorchas de paz, y sostén del que está cansado y abatido, pero porque ellos mismos se sienten reconfortados por esa Luz. Jóvenes que no se dejen robar la esperanza y quieran, con Jesús delante, acrecentar más el sueño de amar y hacer amar a quien llama a esta vocación cargada de misterio, pero al mismo tiempo de ilimitado amor. Jóvenes que no se dejen seducir por la “oscuridad” de la noche y no le teman a esa oscuridad, por la fe en un Jesús vivo que late en medio de tanto dolor, y pecado. Jóvenes y no tan jóvenes que se hacen cargo por amor a Jesús de sus hermanos experimentándose débiles y frágiles, como vasijas de barro, pero concientes de que en la debilidad triunfa el poder de Dios. Jesús sueña, quizás, con jóvenes corazones que se animen a latir junto a su Sagrado Corazón eternamente joven, en la loca idea de dar esperanza aún sin decir palabra. Jóvenes que empiecen a sentir que desde su pequeño aporte eucarístico, pueden hacer un aporte grande a su propia Patria, que tantas veces es vista sin horizontes...

Así, en medio de la “oscuridad” de la noche, irrumpe un rayo de fuerza que es gozo para tantos corazones abatidos.

Con el gesto de acompañar a Jesús, somos pequeñas lámparas encendidas que irradian calor y paz de quien nos ama con ternura de Padre.
Acompañando a Jesús, acompañamos a quienes están durmiendo en la oscuridad, pero que se despiertan con la sonrisa y la certeza de que a pesar de que están solos en su sala, y sin tener a alguien cercano, sienten que esa noche fueron acompañados.

¡Bendito y Alabado seas Jesús! por haber puesto este sueño en el corazón de tus amados sacerdotes, y volcarlo también al corazón de tus pequeñas lámparas encendidas los seminaristas, los laicos, los jovenes de tu Iglesia.

¡Somos instrumentos tuyos Señor!, y deseamos que este sueño que has puesto en nuestros corazones, sea pronto “hecho carne”, y a través del cual bendigas a muchos…

Vos estás llamado a ser santo, por Quique Carriquiri


¡Vos estás llamado a ser santo!

¿Te diste cuenta que estás llamado a ser muy, pero muy fecundo en manos de Dios? Jesús hoy te dice: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él da mucho fruto (…)” ¿Te das una idea de lo que significa esto?

¿Sabías que sos una semilla chiquita que está llamada a ser un gran árbol?

Capaz no lo pensamos mucho, pero Dios hace las cosas bien, y nosotros venimos de sus manos y todavía no estamos terminados… Si nos ponemos en sus manos Él va hacer cosas muy grosas en nosotros y a través nuestro…

¿Te pusiste a ver el efecto que produce un santo en el mundo? Un santo es un despelote, un terremoto, ¡un tsunami! Un santo es como una nubecita que se va agradando con el Amor de Dios, y que se va convirtiendo en una tormenta enorme. Así, riega la tierra seca de tantos corazones que necesitan a Dios…

¡El Espíritu Santo nos hace santos!

Un santo tiene un fuego prendido, un fuego que no es propio, es fuego de Dios, fuerza de Dios, que es el Espíritu Santo. El Espíritu Santo que es luz y calor para el corazón del santo, pero que va siendo luz y calor para muchísimas personas.

Un santo, una vida iluminada y encendida, una vida en manos del que es la Vida. Por eso, la vida de un santo engendra vida, da Vida. Enciende, ilumina, estimula, nos hace confiar en Dios, en su amor incondicional, desbordante.

Un santo le deja al mundo otros santos… ¡Muchos! Tantos que ni el mismo santo lo sabe.

¿Cómo mira un santo?

Un santo mira al mundo de otra forma, no porque él sea “recopado”, sino porque mira al mundo entero con los ojos, con la mirada de Jesús. Mira a cada persona con los ojos del Señor Jesús. Alcanza a ver lo que el mundo no ve. Mirando al hermano sabe cómo está, lee su corazón… Y mirando transmite a Dios, transmite la ternura de Dios, la paz. Con la esperanza en la mirada inspira a otros confianza en Dios, la alegría que solo viene de Jesús.

¿Cómo habla un santo?

Cuando un santo habla parece que todo siguiera igual por fuera, pero los corazones que lo escuchan vibran… A veces, vibran despacito, y otras, hasta el punto de estremecerse. Un santo lleva la espada de la Palabra de Dios, que atraviesa los corazones, que llega hasta lo más hondo de cada ser humano.

¿Hacia dónde camina un santo?

Un santo camina igual que cualquier persona, pero sus pasos, cada paso que da está guiado por el Espíritu Santo. Ninguno de sus pasos es en vano. Camina por la vida para amar… Hasta el movimiento más insignificante es ofrenda, aroma para Dios. Pero, ¿cómo? ¿Cuándo va a la cocina, al baño, glorifica a Dios y su vida es fecunda? ¡¡¡ Sí !!! Cada suspiro de un santo es para Dios un pequeño regalo que hace que se derrita de amor por sus hijos.

¿Un santo es perfecto?

¡No! Un santo no es perfecto, al revés… ¡Es muy pobre! ¿Tiene talentos, dones? ¡Eso no importa! De nada sirven los talentos y capacidades si no están movidas, animadas por el fuego del Espíritu Santo, del Amor de Dios. Pocos o muchos talentos no es lo importante, sino ponerlos en manos de Aquel que los puso en nosotros.

¿Un santo hace todo bien?

¡No! De hecho, tiene las mismas metidas de pata que todos nosotros. Entonces, ¿qué es lo que hace que un santo sea un santo?

“El” Santo

Un santo, en realidad, mira, respira, siente, gusta, escucha al único Santo: ¡Jesús! Jesús es el “Santo de Dios” (Mc 1, 24)

Un santo, como cualquier persona, pone su mirada en todo lo que va pasando alrededor… Pero, al menos una vez al día, mira al SANTO. Lo contempla en la Eucaristía. Dios te quiere terminar de hacer, quiere terminar la obra de sus manos, y lo quiere hacer en Jesús, por medio de Jesús, en Jesús… Dios quiere que seas su hijo en Jesús, su Hijo.

Un santo, como cualquier persona, siente aromas, los aromas del mundo, algunos muy ricos y seductores, otros feos, otros aromas agradables y sencillos. Los aromas que se desprenden de los corazones de las personas. Pero, un santo reconoce el aroma de Dios en las cosas, los lugares, las personas, los proyectos, el aroma de Dios en las decisiones…

Un santo, como vos y como yo, siente las alegrías y tristezas de la vida. Un santo no busca dejar de sufrir, no busca un estado “alfa”, no le alcanza con el “american dream” (casita, autito, confort, tranquilidad). Un santo siente más. Siente el Amor del que es SANTO de verdad, se deja abrazar por el amor de un Dios que le entrega la propia vida de su Hijo Jesús.

Un santo gusta de las cosas simples de la vida: amigos, familia, artes, deportes… y gusta de estas cosas a fondo, sabiendo que son un anticipo que nos da el Santo de los Santos. Sí, Jesús nos regala la Vida Eterna (Jn 10,10), y todos los momentos lindos de esta vida son un anticipo de ella.

Un santo no es un cerrado o un aislado que no escucha a nadie… Un santo, al revés de esto, escucha a TODOS. Un santo escucha mucho. Calla, da de su tiempo y escucha. Y así, en las distintas voces va reconociendo la voz del Santo, de Jesús, que es la Palabra de Dios hecha carne (Jn 1, 17). Entonces, un santo escucha todo, pero sus oídos buscan sobre todo la Palabra de Dios, buscan al Maestro, al que dice de sí mismo: “Yo soy la Verdad”.

¿Un santo se hace? ¿Qué tengo que hacer?

Bueno… lo que hay que hacer es, básicamente, nada. Un santo no se hace, un santo ES. Santo es el que se maravilla de Dios, de lo que Dios es, de las obras que Dios mismo hace. Santo es el que se va maravillando creación permanente de Dios, con la Salvación permanente de Dios.

Santo no es el intachable, sino el que tiene la certeza, por gracia del Espíritu, de que existe un intachable…JESÚS.

Santo no es el fuerte, sino el que confía en la fuerza de Dios, que es el Evangelio.

Santo no es el que puede ser fiel, sino el que ve, el que goza profundamente de la fidelidad inconmovible de Dios.

Santo no es el que hace muchas cosas… sino el que deja que Dios haga cosas grandes en su propio corazón y en los demás…

Santo es a quien el Padre en el Hijo y por el Espíritu, le va haciendo saber, gustar, experimentar su Santidad infinita y gloriosa, desbordante… Él es EL Santo que vino a este mundo, que El mismo hizo, para seamos santos como ÉL es santo. Para que seamos hijos como Él es Hijo.

Sí… Vos estás llamado a ser un santo. ¿Sabés por qué? Porque Dios te ama con locura, y desde la Eucaristía de derrite de amor por vos… Quiere que te sientas tan Hijo de Dios como El…

Quiere hacer grandes cosas con vos…

¡Quiere llenar el mundo de su amor a través tuyo! ¡Quiere dar Vida eterna a través tuyo! Quiere invitar a que otros vivan su amor a través tuyo…

¿Sabías que podés ser un santo? El único requisito es… ¿Vos querés? ¿Deseas ser santo hoy?

Ese deseo lo inspira, lo pone Dios. Y Dios no pone deseos en el corazón que Él mismo no sea capaz de realizar…

Un santo, una bolsa enorme, llena de semillas, sembrador… Un santo… una lluvia que riega kilómetros y kilómetros de tierras de corazones áridos, secos…

Un santo, pobre, silencioso… Camina por el mundo, pero va prendiendo fuego del Reino de Dios que viene… Un santo va dejando Vida en lugares estériles, va generando una movida insospechada…

Un santo entrega al mundo otros santos… ¡Dios quiere que seas santo! Si vos querés, nada, ni nadie va poder impedir que Dios haga de vos un gran regalo para nuestro mundo!

Miralo en la Eucaristía y pedile que te haga santo porque Él es santo. Miralo en la Eucaristía y decile que sos pobre, que no terminas de creer en su Amor, pero que te haga confiar, abandonarte. Miralo en la Eucaristía, y pedile que de descubra su gloria, su luz, su resplandor… MIralo en la Eucaristía y decile cuánto necesitas su abrazo, su cercanía, sus palabras… Miralo en la Eucaristía, y pedile que te ayude a alabarlo, a bendecirlo… Miralo en la Eucaristía y pedile que te haga sentir que Él no te va soltar nunca… MIralo en la Eucaristía, miralo solo a Él… Solo a Él, solo a Jesús… La tierra entera se llena de su Presencia… Dale gracias, bendecilo, solo Jesús… Miralo en la Eucaristía y pronuncia su Nombre en tus labios… Jesús… Solo Él alcanza, basta y sobra…

jueves, 4 de junio de 2009

Andá a la Eucaristía


Si tuviera que elegir de entre todos los consejos posibles un solo consejo para darle a una persona, si tuviera ocasión de decirle una sola cosa a alguien, o acaso una última recomendación o mensaje final, sin dudarlo, le diría simplemente esto: “andá a la Eucaristía”.
En la Eucaristía está todo. Porque es el TODO hecho Presencia. Si supiéramos de verdad Quién vive en el Sagrario y lo supiéramos con íntima y absoluta convicción, no dudaríamos en pasar el mayor tiempo posible en la capilla, junto al Sagrario.
Andá a la Eucaristía porque es el Señor. Es el mismo Señor que está a la derecha del Padre en la Gloria y que trae esa Gloria a nuestras capillas, a nuestras casas de oración. Ninguno de nosotros puede llegar al Cielo, pero el Cielo sí puede llegar a nosotros. Y eso es la Eucaristía, la puerta del Cielo en esta tierra, la puerta de la Gloria; la puerta del amor del Padre; la puerta del Espíritu Santo. Todo eso es la Eucaristía. Porque la Eucaristía es Cristo
Hay tanta gloria, tanta luz, tanto poder en la Eucaristía que nuestra conciencia no lo puede ver. Es como cuando recién nos despertamos y encendemos de golpe una fuerte luz o abrimos las ventanas: tanta luz nos enceguece y no vemos nada, incluso menos que en la oscuridad a la que ya estábamos acostumbrados. Lo mismo sucede con el alma que empieza a adorar la Eucaristía. No puede ver al instante tanta gloria que tiene frente a sí, y su corazón no se derrite de gozo, y su mente se distrae, y su cuerpo se incomoda… Es porque no puede ver de golpe tanta luz, el que vive en la oscuridad de esta vida, donde las cosas mas importantes no se ven. Pero de a poco, si somos fieles al “deseo de Eucaristía” que Dios pone en nuestras almas, vamos viendo con más claridad, y nos vamos dando cuenta de verdad lo que creíamos y deseábamos, y de repente un día surge como un grito interior: “¡Es verdad! ¡Es el Señor! ¡Ha resucitado!” Y entonces va creciendo el deseo de estar con Él en el Sagrario, va creciendo el gozo interior (que no siempre es a nivel del sentimiento aunque muchas veces sí), y hasta el cuerpo se serena y muchas veces nos lleva él solo hasta la capilla aunque sea unos instantes nomás.
Si tuviera que darte un consejo, uno solo, sin dudarlo te diría: andá a la Eucaristía. Porque como es Cristo, el Señor, y está vivo de verdad, y te ama con un amor que ni podemos imaginar, Él mismo se encarga de hacerte saber todo lo que necesitas, Él mismo se encarga allí de quitarte las cosas que te sobrecargan, de limpiar lo que no te deja estar en paz, de sembrarte sueños y deseos, de volver llamarte a la vida.
Quien va a la Eucaristía aprende de a poco a escuchar la voz del Señor que llama a la vida, y vida en abundancia. Si supiéramos todos los bienes que salen de la Eucaristía no dejaríamos de visitarla ni un solo día de nuestras vidas.
Por eso: te aconsejo que tengas la buena costumbre de visitar a Jesús en el Sagrario, todos los días. No importa que sea sólo un ratito, aunque sea muy poco tiempo, no importa; pero sí hacelo todos los días, y vas a ver como el mismo Señor se va encargando de llevarte cada día, de ir poniéndote el deseo de seguirlo y de estar a solas con Él…
Nunca me cansaría de hablar de la Eucaristía, porque es Jesús. Porque es fuente increíble e infinita de bienes y bendiciones. Porque ni te imaginás el bien que le hace tu adoración a tu alma, a tu familia, a tu novio/a, a tus amigos, y a todo el mundo. Cada vez que te arrodillas frente a Jesús Eucaristía viene del cielo una bendición divina para el mundo. Y cuanto más adoración, más bendición; y cuanto más adoradores, más bendición…
Por eso es que insisto y aún a riesgo de ser repetitivo quiero decírtelo una vez más:
Si tuviera que darte sólo un consejo, el más importante de todos, diría sin dudarlo: andá a la Eucaristía.
¿Qué esperás...?