jueves, 10 de julio de 2008

Quien "teme" a Dios no tiene miedo


Mensaje del Papa Benedicto XVI en el Angelus del 22 de junio de 2008
“Queridos hermanos y hermanas:
En el Evangelio de este domingo tenemos dos invitaciones de Jesús: por un lado, “no temer a los hombres” y por otro “temor” de Dios (cf. Mt 10,26.28). Somos así estimulados a reflexionar sobre la diferencia que existe entre el miedo humano y el temor de Dios. El miedo es una dimensión natural de la vida. Dado que los niños experimentan formas de miedo que son imaginarias y luego desaparecen, otras sucesivamente emergen, que tienen bases precisas en la realidad: estas deben de ser afrontadas y superadas con el compromiso humano y con la confianza en Dios. Pero hay, sobre todo hoy, una forma de miedo más profundo, de tipo existencial, que en ocasiones raya en la angustia: nace de una sensación de vacío, atado a una cierta cultura permeada por la generalización de nihilismo teórico y práctico.

De frente el amplio y diverso panorama de los miedos humanos, la Palabra de Dios es clara: los que “temen” a Dios “no tienen miedo”. El temor de Dios, que las Escrituras define como “el principio de la verdadera sabiduría”, coincide con la fe en Él, con el sagrado respeto por su autoridad sobre la vida y sobre el mundo. Ser “sin temor de Dios” equivale a ponerse en su lugar, a sentirse dueños del bien y del mal, de la vida y de la muerte. Pero quien teme a Dios advierte en sí mismo la seguridad que tiene el niño en sus brazos a su madre (cf. Sal 130,2) quien teme a Dios está tranquilo aun en medio de la tempestad, porque Dios, como Jesús nos ha revelado, es Padre lleno de misericordia y de bondad.

Quien lo ama no tiene miedo: “En el amor no hay temor - escribe el apóstol Juan - por el contrario, el amor perfecto arroja el temor, porque el temor supone un castigo y quien teme no es perfecto en el amor” (1Jn 4:18). El creyente, por lo tanto, no se asusta ante nada, porque sabe que está en las manos de Dios, sabe que el mal y la irracionalidad no tienen la última palabra, sólo el único Señor del mundo y de la vida es Cristo, el Verbo de Dios encarnado, que nos ha amado hasta sacrificarse a sí mismo, muriendo en la cruz por nuestra salvación. Cuanto crezcamos más en esta intimidad con Dios, impregnada de amor, más fácilmente vencemos toda forma de miedo.

En el Evangelio de hoy, Jesús repite varias veces la exhortación a no tener miedo. Nos tranquiliza como lo hizo con los Apóstoles, como lo hizo con San Pablo apareciéndose en una visión en una noche, en un momento particularmente difícil de su predicación: “No tengas miedo – le dijo - porque yo estoy contigo” (Hch 18,9). Ante la presencia de Cristo y reconfortado por su amor, ni siquiera tuvo temor ante el martirio el Apóstol a los gentiles, por quien nos estamos preparando para celebrar el segundo milenario del nacimiento, con un especial año jubilar. Para que este gran evento espiritual y pastoral suscite en nosotros una renovada confianza en Jesucristo que nos llame a proclamar y dar testimonio de su Evangelio, sin nada que temer."

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