domingo, 27 de febrero de 2011

"Cantares en el corazón" - San Rafael Arnáiz Barón


Silencio en los labios, cantares en el corazón; alma que vive de amores, de sueños y de esperanzas..., alma que vive de Dios. Alma que mira a lo lejos..., lejos, muy lejos del mundo, pasando la vida en silencio..., cantando en el corazón.

Una Trapa..., un monasterio..., hombres... Sólo Dios y yo.

Pasan rápidos los días, en ellos se va la vida..., soñamos en lo pasado, esperamos lo que ha de llegar... El alma mira a lo lejos buscando la única vida, que otea en un mar de esperanzas, y que espera sea mejor.

Una Trapa..., cantares a Dios. ¿Qué importan los hombres?... ¿Qué importan las nieblas o el sol?... ¿Qué importa lo que nos rodea? Todo es nada, y la nada no merece nuestra atención.

Busca el alma lo que aquí no encuentra... Busca en las alturas sus ansias de Dios, y cuando a ella llegan los rayos de luz que Cristo la envía..., ¿qué importan los hombres, las nieblas o el sol?... Y canta en silencio, murmullos de amores, y busca sus consuelos en la paz tranquila, quieta y sosegada, del que nada espera, y pasa su vida, sin mirar al mundo, que ignora lo que es oración.

Pasan serenos los días, en la dulce calma del amor que espera. El alma comprende, que nada en el mundo la puede llenar... La tierra es de barro, los hombres son pobres, la vida muy corta, todo es muy pequeño, frágil y caduco..., y el alma está ansiosa de verse en el cielo, mirando a la Virgen, contemplando a Dios.

Monasterio de hombres..., casa de un día. Monjes penitentes..., aves de paso, que vuelan cantando. Flores y espinas. Llantos y cruces. Vientos y hielos. Himnos de alegría. Momentos de angustia. Campanas, incienso... Todo lo que vibra, todo lo [que] al alma en la vida rodea..., todo es flor de un día, que ahora viene y luego se va. Nada la interesa que no sea Cristo, nada la conmueve que no sea Dios, y esconde muy hondo, sus ansias, sus penas, sus cruces, su amor.

Ya todo la cansa; no busca en los hombres lo que jamás podrán dar. Para ella no existen ni cielo ni tierra, ni hombres ni bestias..., ni mundo, que es polvo mortal... Sólo tiene el alma una ocupación que llena su vida entera..., un ansia grande de cielo, y un Dios a quien adorar.

En el monasterio pasan los días..., ¿qué importa?... Sólo Dios y yo.

Vivo aún en la tierra, rodeado de hombres..., ¿qué importa?... Sólo Dios y yo...

Y al mirar al mundo, no veo grandezas, no veo miserias, no veo las nieblas, no distingo el sol... El mundo entero se reduce a un punto..., en el punto, hay un monasterio, y en el monasterio..., sólo Dios y yo.

Hermano Rafael
4 de enero de 1937, a sus 25 años
"Mi cuaderno"

sábado, 26 de febrero de 2011

Almas soñadoras...


Los grandes deseos se forjan en grandes corazones. Y al ver la historia del mundo, y especialmente la historia de la Iglesia, se ve claro que la tela con que Dios irrumpe en la vida de los hombres suele ser la de las almas grandes, los hombres magnánimos… Pero… ¿cómo es grande un hombre?... ¿cuándo es grande su alma…?

Miremos las veces que hemos sido sacudidos por la voz de Dios que nos recordó con un grito nuestra más honda vocación. Por ejemplo la muerte del Papa Juan Pablo II, que puso de manifiesto algo que parecía olvidado: en definitiva en la vida sólo importa la santidad.

Y de eso se trata… de soñar con la santidad, de desearla, de anhelarla.

Porque un día nos llega del cielo una señal, la voz de Dios que nos dice que nos quiere santos, gigantes, en busca de la santidad que, por otra parte, es pura GRACIA. Nos llega entonces la vocación de buscar lo imposible, de esperar confiados lo que no podemos lograr…

Al alma pequeña del hombre, le entra el sueño infinito de Dios… “Habéis puesto tanto amor en un alma tan pequeña, Señor, y tan miserable” dice el hermano Rafael. La “locura” de Dios de compartir su vida con los hombres, su deseo de inhabitarlo, de ser amor en la pobre y pequeña existencia humana. Y el alma chiquita se vuelve hogar del sueño infinito.

Muchas veces la voz de Dios surge como inspiración en el corazón, como anhelo oculto, pequeño, un poco tímido al principio, a veces vacilante, pero que va tomando fuerza y de repente se vuelve fuego, certeza, para volverse noche otra vez y oscuridad… Así nos van surgiendo las “inspiraciones” que nos manifiestan de modo humano realidades que nos trascienden. Es el Señor que así va moldeando esa santidad “particular” que él sueña para mí, para cada uno. A través de las inspiraciones del corazón, el hombre se va ejercitando en escuchar la voz de Dios y en obedecerlo y arriesgarse por él; como Pedro, que había pescado la noche entera sin sacar nada, pero que supo claramente que si “Él” lo decía, había que echar las redes otra vez… “y sacaron tal cantidad de peces, que las redes estaban a punto de romperse…” (Cf. Lc 5,5-6)

La “inspiración” surge en el corazón, y el hombre entonces inicia su lucha y su discernimiento. Existen criterios objetivos que nos ayudan a discernir el origen de esa voz. Son criterios madurados y cobijados en el seno de la Iglesia, a través de sus grandes maestros espirituales, de la doctrina de la fe y de la prudencia de los pastores (jerarquía, confesores, superiores, directores espirituales…). Supuesta esta instancia de recto y sano discernimiento de las mociones del espíritu, entonces empieza la lucha personal, como el profeta que se descubre demasiado joven (Jer. 1,6), o Moisés que pone la objeción de no saber hablar (Ex. 4,10).

Pero Dios, que pide todo, no lo pide de golpe, sino de a poco. Nos va haciendo como un “noviciado de la entrega”. Nos pone en el corazón inspiraciones de su gracia, y el corazón se va familiarizando con su voz y la voluntad va aprendiendo a obedecerlo. Así, cada vez que somos fieles a las inspiraciones interiores, éstas crecen dentro de nosotros a la vez que nos hacen crecer:
“Toda fidelidad a una inspiración es recompensada por inspiraciones cada vez más frecuentes y más fuertes. Es como si el alma se entrenara para llegar a una percepción cada vez más clara de la voluntad de Dios y a una mayor facilidad para cumplirla.”

Y todas las inspiraciones van sembrando en nuestra vida espiritual la semilla de la santidad. Es la santidad el anzuelo que se esconde detrás de la “carnada”. Cada inspiración, en definitiva, es como si fuera una excusa para llevar al corazón el deseo ardiente de santidad. Y sólo cuando llega ese deseo el alma se convierte de verdad en soñadora…

¡El hombre se conoce por sus sueños! Por sus deseos… Dice San Agustín:
"Toda la vida del buen cristiano es un santo deseo. Lo que deseas no lo ves todavía, mas por tu deseo te haces capaz de ser saciado cuando llegue el momento de la visión. Supón que quieres llenar una bolsa, y que conoces la abundancia de lo que van a darte; entonces tenderás la bolsa, el saco, el odre o lo que sea; sabes cuán grande es lo que has de meter dentro y ves que la bolsa es estrecha, y por esto ensanchas la boca de la bolsa para aumentar su capacidad. Así Dios, difiriendo su promesa, ensancha el deseo; con el deseo, ensancha el alma y, ensanchándola, la hace capaz de sus dones"

El deseo de santidad es deseo madurado en el silencio, en la cruz, en la contemplación del misterio. Nos dice Agustín que nuestra vida es ejercitarnos en el deseo. Ese ejercicio es, en definitiva, querer ver a Jesús.

Cuando el Señor pone en nuestros corazones un deseo es porque quiere realizarlo, y así nuestros sueños nos dan la medida de nuestra alma. Almas pequeñas con grandes anhelos. ¿No es acaso irracional que un corazón pobre como el nuestro aspire a tanto amor? No, no lo es. Sólo parece serlo a causa de nuestra pequeñez, pero allí irrumpe la lógica de Dios, la fuerza de lo débil, de lo pequeño, de lo oculto.

Un pobre corazón se vuelve hogar de un sueño infinito y ese pobre corazón tiene en sí, entonces, algo de infinito. Nuestra vida espiritual es dejarnos conducir por el Espíritu Santo, dejarnos hacer. Escuchar su voz en el fondo del alma y animarse a seguir sus impulsos, que desinstalan, cuestionan, nos deja solos, nos vuelve incomprendidos, pero que también nos dan la certeza de la grandeza y el poder transformador y redentor de lo pequeño y de lo oculto. La acción del Espíritu nos vuelve pobres pero hace, a la vez, que nuestra pequeñez adquiera una cierta forma de grandeza.

Sólo existe una grandeza posible: ser santos. ¡Y es la vez tan imposible! Nada podemos hacer, sólo podemos dejarnos hacer. Es la imposibilidad la que nos instala en el deseo, la imposibilidad y el amor, experiencias contradictorias que hacen crujir al alma y nos hacen comprender aquel grito de san Juan de la Cruz:
Pues ya no eres esquiva
acaba ya si quieres
¡rompe la tela de este dulce encuentro
!”
Se trata del deseo de terminar de gustar aquello que ya se ha intuido, sospechado.

La Eucaristía alimenta el deseo y el amor. Está allí como callado testimonio de fidelidad al hombre, impulsándonos el deseo y avivándonos el sueño imposible de la santidad. Al adorar la Eucaristía nos volvemos hombres de lo imposible, pero con una esperanza cierta: el que siembra el anhelo, realiza la obra. Adorar la Eucaristía es permitirnos saltar el abismo que hay entre nuestra pequeñez y la grandeza del deseo. Por eso los adoradores son incomprendidos por aquellos que no han saltado el abismo. A éstos los paraliza el miedo y los riesgos se les vuelven impedimentos. El adorador sabe de esa pobreza porque es también la suya. Él también sufre muchas veces los embates de su hombre interior que se resiste paralizado ante el abismo. Por eso el adorador puede ser incomprendido, pero él comprende siempre, aún a aquellos que lo dejan solo, o incluso lo persiguen, porque, cuando se adora la Eucaristía, Jesús regala su Corazón, que es un “corazón de hermano”, que es hermano de todos.

Adorar la Eucaristía es dejar al Señor espacio y tiempo para que él siembre el deseo de santidad en nuestro corazón. Cuando te postres ante Jesús Eucaristía, has de saber que ya no sabés nada. No tenemos idea de lo que Él va haciendo en nuestra vida, de lo que nos va sembrando. Allí nos deja esas inspiraciones que son el noviciado de la entrega, nos empieza a llevar a donde sólo él sabe, allí nos seduce y nos trata de convencer de que nos ama y no nos condena, allí sólo Dios sabe lo que pasa… Vos ponete ahí, y arriesgate a ser un alma pequeña con un sueño infinito. Arriesgate a vivir con el corazón tironeado e incluso a veces desgarrado entre tus límites y su amor.

Por eso decía que la Pascua de Juan Pablo II nos mostró lo que ya sabíamos pero habíamos olvidado… lo único que cuenta es la santidad… Todo el mundo fue testigo de cómo Dios le fue pidiendo TODO, ya desde muy pequeño… Y el Papa que corría, saltaba tarimas, agitaba sus manos, reía, gesticulaba… lentamente fue despojándose de todo, al final ya no podía caminar, sus facciones se habían endurecido, su voz era un hilo ininteligible hasta que ya ni pudo hablar. Dios le pidió todo, como sólo se lo pide a los más grandes santos… Y él se lo entregó… Y nosotros, el mundo, fuimos testigos de “algo” que no comprendíamos pero sabíamos de dónde venía. Algunos no quisieron comprender, los que no se animan al riesgo del abismo, los que le temen a las cosas que no se comprenden… Pero Dios habló igual.

Dios nos propone lo imposible, lo inalcanzable: la santidad. Y todo hombre que alguna vez en su vida haya adorado al Señor, no se conformará con menos. El corazón que adora la Eucaristía no quiere menos que la santidad… en realidad, aunque no lo sepa, el que adora ya no quiere nada que no sea Dios. Pobres almas las nuestras, tan pequeñas, tan mezquinas, tan frágiles, pero tan enamoradas del Sin Límites que siempre es más, y más y más y pide más y más a quien parece que no puede, pero en realidad ya no puede conformarse con menos.

Almas pequeñas, pero destinadas a la santidad… ese es el corazón de los adoradores.

viernes, 25 de febrero de 2011

La gran recompensa...


"Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí. Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron" Mt 5,11-12

La sociedad de hoy está quebrada por el divorcio entre la fe y la cultura cristiana, divorcio que nos hace vivir en un entorno secularista, muchas veces intolerante con el pensamiento religioso, entorno que a veces absolutiza la razón y la libertad del individuo.
Dolorosamente, esa fricción se puede dar también en el seno de la Iglesia, que es comunidad de creyentes llamados por Cristo a ser Su Presencia Viva hoy.
Iglesia, Pueblo de Dios; Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo.
No se puede entender a la Iglesia sin verla primeramente como misterio, como sacramento de una realidad trascendente y sobrenatural. Con mirada superficial no se puede comprender el misterio de la Iglesia.
Y cuando falta esa mirada sobrenatural sobreviene la incomprensión.
Y cuando viene la incomprensión sobreviene la desconfianza en el otro (especialmente del hombre de Dios) porque en el fondo se desconfía del Dios que en la superficialidad no se conoce ni se comprende.
Y cuando se desconfía del otro viene la actitud defensiva.
Y de la actitud defensiva se pasa a la crítica y los insultos.
Y de ahí al ataque.
Y del ataque a la persecución…
Por eso es tan doloroso cuando en la Iglesia se pierde la visión sobrenatural. Tan doloroso y tan triste… Por las terribles consecuencias de injusticia y arbitrariedad en que se cae.
Esa injusticia sigue ocurriendo hoy.
¿Qué nos toca hacer? REZAR! Rezar para no caer en la tentación de la mirada chata sin fe. Rezar! para que crezca en nosotros la caridad. Rezar! por aquellos que soportan la cruz de ser perseguidos en nombre de Cristo y del Evangelio.
Sí! A rezar!
Recemos por tantos hombres y mujeres de la Iglesia de Cristo que son perseguidos en el día de hoy: perseguidos por el mundo, por la cultura hostil y -¡ay!- tantas veces incluso por hombres de la misma Iglesia.
Hay persecución toda vez que se ataca el apostolado genuino, o la misión, o al trabajo para Cristo en cualquiera de sus formas.
Ésta es la señal: cuando no se ataca el pecado, o los vicios o los errores de alguien sino cuando se quiere impedir su obra apostólica, su labor misionera, su difusión de la fe. Cuando esto ocurre, es que ha llegado el tiempo de la persecución. ¡Ánimo! Santa PAZ...
Recemos por tantos que sufren persecución velada en el día de hoy. Para que puedan mantenerse abrazados a la fe en Jesús. Sólo abrazados a la Cruz se encuentra la verdadera paz detrás de todo ataque y de toda malicia…
Cristo mismo vivió el misterio de ser perseguido por su fidelidad al Amor. Infinidad de santos a lo largo de la historia de la Iglesia fueron incomprendidos, maltratados, silenciados y perseguidos de mil formas… Pero “todo se puede en Aquel que nos conforta!” (Fil 4,13)
Recemos para que no falte caridad en la Iglesia de Cristo y para que los santos de hoy día resplandezcan en la prueba del martirio escondido y cotidiano.
Todo por Cristo, con Él y en Él!

"La amistad con Cristo nos abre a todo lo bueno"


"De la homilía pronunciada por el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, al inicio del Cónclave que lo proclamaría Sumo Pontífice de la Iglesia Católica.
En la Capilla Sixtina, el 18 de abril de 2005.


"¡Cuántos vientos de doctrina hemos conocido durante estos últimos decenios!, ¡cuántas corrientes ideológicas!, ¡cuántas modas de pensamiento!... La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido zarandeada a menudo por estas olas, llevada de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo, etc. Cada día nacen nuevas sectas y se realiza lo que dice san Pablo sobre el engaño de los hombres, sobre la astucia que tiende a inducir a error (cf. Ef 4, 14). A quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se le aplica la etiqueta de fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, dejarse «llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina», parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos.

Nosotros, en cambio, tenemos otra medida: el Hijo de Dios, el hombre verdadero. Él es la medida del verdadero humanismo. No es «adulta» una fe que sigue las olas de la moda y la última novedad; adulta y madura es una fe profundamente arraigada en la amistad con Cristo. Esta amistad nos abre a todo lo que es bueno y nos da el criterio para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre el engaño y la verdad. Debemos madurar esta fe adulta; debemos guiar la grey de Cristo a esta fe. Esta fe —sólo la fe— crea unidad y se realiza en la caridad. A este propósito, san Pablo, en contraste con las continuas peripecias de quienes son como niños zarandeados por las olas, nos ofrece estas hermosas palabras: «hacer la verdad en la caridad», como fórmula fundamental de la existencia cristiana. En Cristo coinciden la verdad y la caridad. En la medida en que nos acercamos a Cristo, también en nuestra vida, la verdad y la caridad se funden. La caridad sin la verdad sería ciega; la verdad sin la caridad sería como «címbalo que retiñe» (1 Co 13, 1)

martes, 25 de enero de 2011

Elevar el corazón a Dios


"Para estar con Dios no es necesario pasarse todo el día en la Iglesia; podemos convertir nuestro corazón en un oratorio al cual retirarnos de tanto en tanto para conversar con Él tranquilamente, humildemente, amorosamente, Todos somos capaces de tener estos momentos de intimidad con Dios, unos más y otros menos: Él sabe bien lo que puede cada uno.
Acostúmbrese poco a poco a adorarlo de ese modo, a pedirle su gracia, a ofrecerle de vez en cuando el corazón a lo largo del día, en medio de sus labores, en todo momento si usted puede.
Basta con una simple elevación del corazón. Un simple recuerdo de Dios, un acto de adoración interior....
Dios no nos pide grandes cosas: un simple recuerdo de vez en cuando, un acto de adoración, pedirle alguna vez su gracia, ofrecer unas veces nuestros sufrimientos, otras darle gracias.
Que poco a poco se acostumbre a este insignificante pero santo ejercicio. Parece una cosa intrascendente, y nada hay más fácil que reiterar una y otra vez a lo largo del día estos actos de adoración interior.
Para amar, hay que conocer. Para conocer a Dios hay que pensar en él con frecuencia. Y cuando lleguemos a amarle, pensaremos en Él con más frecuencia, pues nuestro corazón estará donde esté nuestro tesoro (Mt 6,21) Pensemos en Él con frecuencia, pensemos mucho en Él.
No necesitamos gritar muy fuerte: está más cerca de nosotros de lo que pensamos.
Estas oraciones por breves que sean son muy agradables a Dios.
¿Cómo estar con Él, sino pensando en Él con frecuencia? ¿Y cómo pensar en Él con frecuencia sino gracias a una sana costumbre que es preciso crearse?"

Fray Lorenzo de la Resurrección, hermano carmelita

lunes, 24 de enero de 2011

Benedicto XVI: "Testigos del Evangelio en la era digital..."


MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
PARA LA XLV JORNADA MUNDIAL
DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES


Verdad, anuncio y autenticidad de vida en la era digital (5 de junio 2011)

Queridos hermanos y hermanas

Con ocasión de la XLV Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, deseo compartir algunas reflexiones, motivadas por un fenómeno característico de nuestro tiempo: la propagación de la comunicación a través de internet. Se extiende cada vez más la opinión de que, así como la revolución industrial produjo un cambio profundo en la sociedad, por las novedades introducidas en el ciclo productivo y en la vida de los trabajadores, la amplia transformación en el campo de las comunicaciones dirige las grandes mutaciones culturales y sociales de hoy. Las nuevas tecnologías no modifican sólo el modo de comunicar, sino la comunicación en sí misma, por lo que se puede afirmar que nos encontramos ante una vasta transformación cultural. Junto a ese modo de difundir información y conocimientos, nace un nuevo modo de aprender y de pensar, así como nuevas oportunidades para establecer relaciones y construir lazos de comunión.

Se presentan a nuestro alcance objetivos hasta ahora impensables, que asombran por las posibilidades de los nuevos medios, y que a la vez exigen con creciente urgencia una seria reflexión sobre el sentido de la comunicación en la era digital. Esto se ve más claramente aún cuando nos confrontamos con las extraordinarias potencialidades de internet y la complejidad de sus aplicaciones. Como todo fruto del ingenio humano, las nuevas tecnologías de comunicación deben ponerse al servicio del bien integral de la persona y de la humanidad entera. Si se usan con sabiduría, pueden contribuir a satisfacer el deseo de sentido, de verdad y de unidad que sigue siendo la aspiración más profunda del ser humano.

Transmitir información en el mundo digital significa cada vez más introducirla en una red social, en la que el conocimiento se comparte en el ámbito de intercambios personales. Se relativiza la distinción entre el productor y el consumidor de información, y la comunicación ya no se reduce a un intercambio de datos, sino que se desea compartir. Esta dinámica ha contribuido a una renovada valoración del acto de comunicar, considerado sobre todo como diálogo, intercambio, solidaridad y creación de relaciones positivas. Por otro lado, todo ello tropieza con algunos límites típicos de la comunicación digital: una interacción parcial, la tendencia a comunicar sólo algunas partes del propio mundo interior, el riesgo de construir una cierta imagen de sí mismos que suele llevar a la autocomplacencia.

De modo especial, los jóvenes están viviendo este cambio en la comunicación con todas las aspiraciones, las contradicciones y la creatividad propias de quienes se abren con entusiasmo y curiosidad a las nuevas experiencias de la vida. Cuanto más se participa en el espacio público digital, creado por las llamadas redes sociales, se establecen nuevas formas de relación interpersonal que inciden en la imagen que se tiene de uno mismo. Es inevitable que ello haga plantearse no sólo la pregunta sobre la calidad del propio actuar, sino también sobre la autenticidad del propio ser. La presencia en estos espacios virtuales puede ser expresión de una búsqueda sincera de un encuentro personal con el otro, si se evitan ciertos riesgos, como buscar refugio en una especie de mundo paralelo, o una excesiva exposición al mundo virtual. El anhelo de compartir, de establecer “amistades”, implica el desafío de ser auténticos, fieles a sí mismos, sin ceder a la ilusión de construir artificialmente el propio “perfil” público.

Las nuevas tecnologías permiten a las personas encontrarse más allá de las fronteras del espacio y de las propias culturas, inaugurando así un mundo nuevo de amistades potenciales. Ésta es una gran oportunidad, pero supone también prestar una mayor atención y una toma de conciencia sobre los posibles riesgos. ¿Quién es mi “prójimo” en este nuevo mundo? ¿Existe el peligro de estar menos presentes con quien encontramos en nuestra vida cotidiana ordinaria? ¿Tenemos el peligro de caer en la dispersión, dado que nuestra atención está fragmentada y absorta en un mundo “diferente” al que vivimos? ¿Dedicamos tiempo a reflexionar críticamente sobre nuestras decisiones y a alimentar relaciones humanas que sean realmente profundas y duraderas? Es importante recordar siempre que el contacto virtual no puede y no debe sustituir el contacto humano directo, en todos los aspectos de nuestra vida.

También en la era digital, cada uno siente la necesidad de ser una persona auténtica y reflexiva. Además, las redes sociales muestran que uno está siempre implicado en aquello que comunica. Cuando se intercambian informaciones, las personas se comparten a sí mismas, su visión del mundo, sus esperanzas, sus ideales. Por eso, puede decirse que existe un estilo cristiano de presencia también en el mundo digital, caracterizado por una comunicación franca y abierta, responsable y respetuosa del otro. Comunicar el Evangelio a través de los nuevos medios significa no sólo poner contenidos abiertamente religiosos en las plataformas de los diversos medios, sino también dar testimonio coherente en el propio perfil digital y en el modo de comunicar preferencias, opciones y juicios que sean profundamente concordes con el Evangelio, incluso cuando no se hable explícitamente de él. Asimismo, tampoco se puede anunciar un mensaje en el mundo digital sin el testimonio coherente de quien lo anuncia. En los nuevos contextos y con las nuevas formas de expresión, el cristiano está llamado de nuevo a responder a quien le pida razón de su esperanza (cf. 1 P 3,15).

El compromiso de ser testigos del Evangelio en la era digital exige a todos el estar muy atentos con respecto a los aspectos de ese mensaje que puedan contrastar con algunas lógicas típicas de la red. Hemos de tomar conciencia sobre todo de que el valor de la verdad que deseamos compartir no se basa en la “popularidad” o la cantidad de atención que provoca. Debemos darla a conocer en su integridad, más que intentar hacerla aceptable, quizá desvirtuándola. Debe transformarse en alimento cotidiano y no en atracción de un momento.

La verdad del Evangelio no puede ser objeto de consumo ni de disfrute superficial, sino un don que pide una respuesta libre. Esa verdad, incluso cuando se proclama en el espacio virtual de la red, está llamada siempre a encarnarse en el mundo real y en relación con los rostros concretos de los hermanos y hermanas con quienes compartimos la vida cotidiana. Por eso, siguen siendo fundamentales las relaciones humanas directas en la transmisión de la fe.

Con todo, deseo invitar a los cristianos a unirse con confianza y creatividad responsable a la red de relaciones que la era digital ha hecho posible, no simplemente para satisfacer el deseo de estar presentes, sino porque esta red es parte integrante de la vida humana. La red está contribuyendo al desarrollo de nuevas y más complejas formas de conciencia intelectual y espiritual, de comprensión común. También en este campo estamos llamados a anunciar nuestra fe en Cristo, que es Dios, el Salvador del hombre y de la historia, Aquél en quien todas las cosas alcanzan su plenitud (cf. Ef 1, 10). La proclamación del Evangelio supone una forma de comunicación respetuosa y discreta, que incita el corazón y mueve la conciencia; una forma que evoca el estilo de Jesús resucitado cuando se hizo compañero de camino de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35), a quienes mediante su cercanía condujo gradualmente a la comprensión del misterio, dialogando con ellos, tratando con delicadeza que manifestaran lo que tenían en el corazón.

La Verdad, que es Cristo, es en definitiva la respuesta plena y auténtica a ese deseo humano de relación, de comunión y de sentido, que se manifiesta también en la participación masiva en las diversas redes sociales. Los creyentes, dando testimonio de sus más profundas convicciones, ofrecen una valiosa aportación, para que la red no sea un instrumento que reduce las personas a categorías, que intenta manipularlas emotivamente o que permite a los poderosos monopolizar las opiniones de los demás. Por el contrario, los creyentes animan a todos a mantener vivas las cuestiones eternas sobre el hombre, que atestiguan su deseo de trascendencia y la nostalgia por formas de vida auténticas, dignas de ser vividas. Esta tensión espiritual típicamente humana es precisamente la que fundamenta nuestra sed de verdad y de comunión, que nos empuja a comunicarnos con integridad y honradez.

Invito sobre todo a los jóvenes a hacer buen uso de su presencia en el espacio digital. Les reitero nuestra cita en la próxima Jornada Mundial de la Juventud, en Madrid, cuya preparación debe mucho a las ventajas de las nuevas tecnologías. Para quienes trabajan en la comunicación, pido a Dios, por intercesión de su Patrón, san Francisco de Sales, la capacidad de ejercer su labor conscientemente y con escrupulosa profesionalidad, a la vez que imparto a todos la Bendición Apostólica.

Vaticano, 24 de enero 2011, fiesta de san Francisco de Sales.

BENEDICTUS PP. XVI

CARTAS A UN HERMANO SACERDOTE


Una tarde de noviembre del año pasado, rezando el Rosario por Juncal y Rodríguez Peña, en Plaza Vicente López, una señora se acercó al verme de sotana y me entregó, sin decirme nada, una copia del libro "CARTAS A UN HERMANO SACERDOTE".
Conocí el libro hacía algunos años, ya que me lo habían regalado antes, habiendo causado gran impresión en mi alma en aquel tiempo. Por eso lo presté y obviamente lo perdí... Así pués, al volver a tener este libro en mis manos me motivé a hacerlo conocer. Porque hacer conocer este libro es hacer conocer y amar a Jesús Eucaristía.
Gracias a Dios por este medio virtual que nos permite a donde ni siquiera nos imaginamos, pero que Él conoce en su infinito Amor providente.
A nadie llega este blog "porque sí", es el Señor quien conduce sus caminos y hace llegar lo que Él quiere a donde Él quiere.
Animado en esa certeza empece a publicar en este blog una por una esas cartas para que al leerlas recibamos la motivación de buscar y conocer a Jesús en la Eucaristía.
Que estas cartas ayuden a ADORAR y HACER ADORAR a Jesús Eucaristía.
Encomiendo esta obra al Corazón Inmaculado de la Santísima Madre de Dios. Allí, en ese corazón, está todo.
Que estas "Cartas" toquen los corazones de todos...