lunes, 30 de marzo de 2009

Del Hermano Rafael, "Sólo a Ti y a tu cruz deseo"


23 de febrero de 1938.

¡Señor Jesús! Tú que eres el único que en este destierro entre los hombres me consuelas; el único en quien descansa mi alma; el único que me enseña y guía, sé, Señor, también, el sostén y el apoyo en mis flaquezas y tentaciones.

¿Qué vine yo aquí a buscar? ¿Acaso a los hombres? No, Dios mío..., no... sólo a Ti y a tu Cruz deseo... Pero (siempre el "pero"), yo también soy hombre, sujeto a mudanzas y con un corazón vano y caprichoso... Yo, Señor, vine buscándote a Ti... mas he de vivir entre criaturas, ¡qué gran cruz es ésa!... queriéndote a Ti y suspirando por Ti..., he de vivir aún entre hombres. He de ver a cada paso en la tierra, o una miseria o una flaqueza o un dolor... ¡Qué duro se hace, Señor, vivir en la tierra!

Hubo un tiempo en que busqué al hombre..., busqué su consuelo..., busqué a Dios en la criatura... Vana ilusión... Cuánto me ha hecho sufrir.

Ya no espero nada de los hombres... ¿Qué me pueden dar?... Sólo Tú, Señor, eres mi única esperanza.

¿Dónde están los que te aman, Dios mío? Vine engañado al monasterio. La realidad me ha abierto los ojos... En mis luchas, Señor, me sostuviste... (aún no he dejado de luchar)... En la desilusión de mi vida, pude tirar por otro camino, el mundo, mas la misericordia de Dios me sostuvo y me sostiene... ¡¡Y qué obra de Jesús tan maravillosa!! Mi alma se ensancha y goza al ver perdida la ilusión, y se extasía al ver que sólo Dios puede llenar mi vida.

Solo en la Trapa, desprendiendo mi corazón poco a poco de todo, voy viviendo mi soledad con Dios. ¡Qué felicidad!... pero cuántas lágrimas cuesta. Qué dura se hace a veces la tentación.

El otro día vi y entendí algo que me llenó el alma de turbación... ¿Cómo es posible, Dios mío? Soy hombre y sufrí... ¿cómo no?... No sabia qué hacer si llorar o tirarme a las paredes... No podía estudiar, ni rezar, ni pensar en otra cosa... Dios mío, Dios mío ¿dónde están los que te aman?... ¿Cómo es posible vivir entre los hombres?... Señor, ten compasión de mi, yo soy el más miserable... No sé..., es algo que para entenderlo, hay que pasar por ello.

En mis pasos excitado por el noviciado, sin ya saber qué hacer..., me asomé a una ventana, en contra de mi costumbre y de mi reglamento que me lo prohíbe.

Empezaba a salir el sol. Una paz muy grande reinaba en la naturaleza... Todo empezaba a despertar..., la tierra, el cielo, los pájaros... Todo poco a poco, despertaba dulcemente al mandato de Dios... Todo obedecía a sus divinas leyes, sin quejas, y sin sobresaltos, mansamente, dulcemente, tanto la luz como las tinieblas, tanto el cielo azul como la tierra dura cubierta del rocío del amanecer... Qué bueno es Dios, pensé... En todo hay paz menos en el corazón humano.

Y suavemente, dulcemente, también Dios me enseñó por medio de esta dulce y tranquila madrugada, a obedecer...

Una paz muy grande llenó mi alma... Pensé que sólo Dios es bueno; que todo por Él está ordenado... Que qué me importa lo que hagan y digan los hombres... Para mí no debe haber en el mundo más que una cosa... Dios..., Dios que lo va ordenando todo para mi bien...

Dios, que hace salir cada mañana el sol, que deshace la escarcha, que hace cantar a los pájaros y va cambiando en mil suaves colores, las nubes del cielo...

Dios que me ofrece un rincón en la tierra para orar: que me da un rincón donde poder esperar lo que espero.. Dios tan bueno conmigo, que en el silencio me habla al corazón y me va enseñando poco a poco, quizás con lágrimas siempre con cruz, a desprenderlo de las criaturas, a no buscar la perfección más que en Él… a mostrarme a María y decirme: He aquí la única criatura perfecta... En Ella encontrarás el amor y la caridad que no encuentras en los hombres.

¿De qué te quejas, hermano Rafael?

Ámame a Mi, sufre conmigo, soy Jesús.

¡Ah!, Virgen María..., he aquí la gran misericordia de Dios... He aquí cómo Dios va obrando en mi alma, a veces en la desolación, a veces en el consuelo, pero siempre para enseñarme que sólo en Él tengo que poner mi corazón, que sólo en Él he de vivir, que sólo a Él he de amar, de querer, esperar..., en pura fe, sin consuelo ni ayuda de humana criatura.

Qué felicidad, Madre mía... Cuánto le tengo que agradecer a Dios... ¡Qué bueno es Jesús!

Cuando dejé de mirar el cielo desde la ventana del noviciado..., pensé: el Señor saca bienes de los males. Si alguien me hubiera visto, habría pensado..., un novicio que pierde el tiempo.

¿Acaso es perder el tiempo adorar entrañablemente a Dios?... Pasó la tentación, la turbación, y con ella, dejé de pensar en lo que había oído, y haciendo un acto de unión con la voluntad divina, cosa que hago siempre que me acuerdo, bajé a la iglesia a oír la santa Misa, y desde allí, a los pies del Sagrario, elevé mi corazón a Dios y a la Santísima Madre María, y se lo ofrecí, para que Él lo siguiera limpiando, y haciendo con él lo que quisiera.

¡Qué grande es la misericordia de Dios! Qué bien comprendo aquellas palabras (no recuerdo de dónde) que dicen: "Le llevó a la soledad, y allí le habló al corazón"

Sólo Tú, Dios mío, sólo Tú.

Cuanto más me he acercado a las criaturas, más me he visto lejos de ellas, y cuanto más lejos estoy del hombre, más cercano estoy a Dios.

viernes, 27 de marzo de 2009

Homilía del Cardenal Ratzinger en la misa exequial del Papa Juan Pablo II


"Sígueme -esta palabra lapidaria de Cristo puede ser considerada la llave para comprender el mensaje que viene de la vida de nuestro llorado y amado papa Juan Pablo II, cuyos restos trasladamos hoy a la tierra como semilla de inmortalidad-el corazón lleno de tristeza, pero también de alegre esperanza y profunda gratitud.

Estos son los sentimientos de nuestro ánimo, hermanos y hermanas en Cristo, presentes en la Plaza de San Pedro, en las calles adyacentes y en otros lugares de la ciudad de Roma, poblada estos días de una inmensa multitud silenciosa y en oración. A todos saludo cordialmente. También, en nombre del Colegio de Cardenales, deseo dirigir mi deferente pensamiento a los jefes de Estado, de Gobierno y a las delegaciones de los distintos países. Saludo a las autoridades y representantes de las Iglesias y Comunidades cristianas, así como a los de diversas religiones. Saludó también a los Arzobispos, los Obispos, los sacerdotes, los religiosos, las religiosas y los fieles venidos de cada continente; en modo especial a los jóvenes, que Juan Pablo II amaba definir como futuro y esperanza de la Iglesia. Mi saludo alcanza, además, a los que en cada parte del mundo se unen a nosotros a través de la radio y la televisión en esta participación coral en el solemne rito de despedida al amado Pontífice.

Sígueme -como joven estudiante, Karol Wojtyla era un entusiasta de la literatura, del teatro, de la poesía. Trabajando en una fábrica química, rodeado y amenazado por el terror nazi, sintió la voz del Señor: ¡Sígueme! En este contexto concreto comenzó a leer libros de filosofía y teología, entró después en el seminario clandestino creado por el Cardenal Sapieha y tras la guerra pudo completar sus estudios en la facultad teológica de la Universidad Jaghellonica de Cracovia. Muchas veces, en sus cartas a los sacerdotes y en sus libros autobiográficos nos ha hablado de su sacerdocio, en el que fue ordenado el 1 de noviembre de 1946. En estos textos interpreta su sacerdocio en particular a partir de tres mensajes del Señor. Sobre todo éste: "No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he instruido para que vayáis y llevéis fruto y vuestro fruto permanezca" (Gv 15,16). La segunda frase es: "El buen pastor ofrece la vida por las ovejas" (Gv 10,11). Y finalmente: "Como el Padre me ha amado, así os he amado yo. Permanecéis en mi amor" (GV 15,9). En estas tres frases vemos toda el alma de nuestro Santo Padre. Realmente anduvo a todos los lugares e incansablemente para llevar fruto, un fruto que permanece.

"¡Levantaos, vamos!", es el título de su penúltimo libro. "¡Levantaos, vamos!". Con estas palabras nos ha despertado de una fe cansada, del sueño de los discípulos de ayer y de hoy. "¡Levantaos, vamos!" nos dice también hoy. El Santo Padre ha sido un sacerdote hasta el final, porque ha ofrecido su vida a Dios por sus ovejas y por toda la familia humana, en un regalo cotidiano al servicio de la Iglesia y sobre todo en las difíciles pruebas de los últimos meses. Así se ha convertido en una sola cosa con Cristo, el buen pastor que ama a sus ovejas. Y finalmente "permaneced en mi amor": El Papa que ha buscado el encuentro con todos, que ha tenido una capacidad de perdón y de apertura del corazón para todos, nos dice, también hoy, con estas palabras del Señor: Viviendo en el amor de Cristo aprendemos, en la escuela de Cristo, el arte del verdadero amor.

¡Sígueme! En julio de 1958 comienza para el joven sacerdote Karol Wojtyla una nueva etapa en el camino con el Señor y detrás del Señor. Karol se había dirigido, como de costumbre, con un grupo de jóvenes apasionados de la canoa a los lagos Masuri para pasar unas vacaciones juntos. Pero llevaba con él una carta que lo invitaba a presentarse al Primado de Polonia, Cardenal Wyszynski, y podía adivinar el objetivo del encuentro: su nombramiento como obispo auxiliar de Cracovia.

Dejar la enseñanza académica, dejar esta estimulante comunión con los jóvenes, dejar el gran esfuerzo intelectual para conocer e interpretar el misterio de la criatura hombre, para hacer presente en el mundo de hoy la interpretación cristiana de nuestro ser - todo lo que debía parecerle como un perderse a sí mismo, perder precisamente cuanto se había convertido en la identidad humana de este joven sacerdote.

Sígueme - Karol Wojtyla aceptó, sintiendo en la llamada de la Iglesia la voz de Cristo. Y luego se dio cuenta de que la palabra del Señor es auténtica: "Quien trate de salvar su propia vida la perderá, quien en cambio la haya perdido la salvará".

Nuestro Papa -lo sabemos todos- nunca quiso salvar la propia vida, guardarla para sí; quiso darse sin reservas, hasta el último momento, para Cristo y también para nosotros. De tal manera pudo experimentar que todo lo que había dejado en las manos del Señor volvió de una nueva manera: el amor a la palabra, a la poesía, a las cartas, fue una parte esencial de su misión pastoral y ha dado nueva frescura, nueva actualidad, nueva atracción al anuncio del Evangelio, incluso cuando ello es signo de contradicción.

¡Sígueme! En octubre de 1978, el Cardenal Wojtyla oye de nuevo la voz del Señor. Se renueva el diálogo con Pedro traído de nuevo en el Evangelio de esta celebración:

"Simón de Juan, ¿me amas? ¡Apacienta mis ovejas!". A la pregunta del Señor: Karol, ¿me amas?, el arzobispo de Cracovia respondió desde lo profundo de su corazón: "Señor, tú lo sabes todo: Tú sabes que te amo". El amor de Cristo fue la fuerza dominante en nuestro amado Santo Padre; quien lo ha visto rezar, quien lo ha oído predicar, lo sabe. Y así, gracias a este profundo enraizamiento en Cristo, ha podido llevar un peso que va más allá de las fuerzas puramente humanas: Ser el pastor del rebaño de Cristo, de su Iglesia universal. No es este el momento de hablar de los argumentos individuales de este Pontificado tan rico. Me gustaría sólo leer dos pasajes de la liturgia de hoy, en los que aparecen elementos centrales de su anuncio. En la primera lectura nos dice San Pedro -y dice el Papa con San Pedro-: "En verdad me doy cuenta de que Dios no tiene preferencias entre las personas, sino que quien lo teme y practica la justicia, a cualquier pueblo que pertenezca, es aceptado por él". (...)

Y, en la segunda lectura, San Pablo -y con San Pablo nuestro Papa difunto- nos exhorta en voz alta: "Hermanos míos tan queridos y tan deseados, mi joya y mi corona, permaneced sólidos en el Señor así como habéis aprendido". (...)

En el primer periodo de su Pontificado, el Santo Padre, todavía joven y lleno de fuerzas, bajo la guía de Cristo iba hasta los confines del mundo. Pero luego cada vez más entró en la comunión del sufrimiento de Cristo, cada vez más comprendió la verdad de las palabras: "Otro te sostendrá...". Y precisamente en esta comunión con el Señor doliente anunció, incansablemente y con renovada intensidad, el Evangelio, el misterio del amor que va hasta el final.

El interpretó para nosotros el misterio pascual como misterio de la divina misericordia. Escribe en su último libro: El límite impuesto al mal es, "en definitiva, la divina misericordia" ("Memoria e Identidad", pág. 70). Y reflexionando sobre el atentado dice: "Cristo, sufriendo por todos nosotros, ha conferido un nuevo sentido al sufrimiento, lo ha introducido en una nueva dimensión, en un nuevo orden: el del amor... Es el sufrimiento que quema y consume el mal con la llama del amor y extrae también del pecado un multiforme florecer del bien" (pág. 199). Animado por esta visión, el Papa ha sufrido y amado en comunión con Cristo, y por eso el mensaje de su sufrimiento y de su silencio ha sido tan elocuente y profundo.

Divina Misericordia: El Santo Padre ha encontrado el reflejo más puro de la misericordia de Dios en la Madre de Dios. Él, que perdió su madre a tierna edad, ha amado mucho más a la Madre divina. Oyó las palabras del Señor crucificado como dichas a él personalmente: "¡Aquí está tu madre!". E hizo como el discípulo predilecto: las acogió en lo íntimo de su ser - Totus Tuus. Y de la madre aprendió a parecerse a Cristo.

Para todos nosotros es inolvidable cómo en este último Domingo de Pascua de su vida, el Santo Padre, marcado por el sufrimiento, se asomó una vez más a la ventana del Palacio Apostólico y una última vez dio la bendición 'Urbi et Orbi'.

Podemos estar seguros de que nuestro amado Papa está ahora en la ventana de la casa del Padre, nos ve y nos bendice. Sí, bendícenos, Santo Padre. Nosotros confiamos tu alma querida a la Madre de Dios, tu Madre, que te ha guiado cada día y te guiará ahora a la gloria eterna de Su Hijo, Jesucristo nuestro Señor. Amén".

Juan Pablo II, qué lindo es verlo reir...

jueves, 26 de marzo de 2009

Actuar en secreto, J. Leloup



Actuar en secreto
(sobre la humildad)

El hombre humilde no se preocupa de parecer espiritual a los ojos de los demás; al contrario, hará todo lo posible para que se lo ignore; ésta es la tradición de los “locos por Cristo”.

Había un monje en el monasterio que parecía distraído en el Oficio, y que siempre llegaba tarde; muchas veces le advertimos sobre esto, invitándolo a que se levantara más temprano… Después de su muerte, supimos que este monje velaba todas las noches, y no se concedía sino una o dos horas de reposo. Su padre espiritual le había ordenado actuar de esa manera para conservar la humildad.

La humildad nos libra de la preocupación de agradar a los hombres o de la vanidad de disgustarlos. Lo que es, es. Lo que no es, no es. Si haces el bien, no lo digas a nadie. Un poco de vanidad te hace perder todo el mérito de tus obras. No digas a nadie de tus ayunos, de tus vigilias, de tu trabajo. Actúa en lo secreto, y “tu Padre que ve en lo secreto te lo premiará”.

Guárdate de pregonar tu justicia (es decir tus buenas obras, tu estado espiritual o las gracias que Dios te concede), delante de los hombres para hacerte notar, pues sería perder toda recompensa de tu Padre que está en los cielos (Mt 6,1-4). Si haces todas las cosas en secreto, sin preocuparte de ser reconocido, no tardarás en gustar la dulzura del amor.


Jean-Ives LELOUP

miércoles, 25 de marzo de 2009

Oración del Padre Hurtado


Señor, ayúdame a decir la verdad delante de los fuertes.
Y a no decir mentiras para ganarme el aplauso de los débiles.
Si me das fortuna, no me quites la felicidad.
Si me das fuerza, no me quites la razón.
Si me das éxito, no me quites la humildad.
Si me das humildad, no me quites la dignidad.
Ayúdame siempre a ver el otro lado de la medalla.
No me dejes inculpar de tradición a los demás por no pensar como yo.
Enséñame a querer a la gente como a mi mismo y a juzgarme como a los demás.
No me dejes caer en el orgullo si triunfo, ni en la desesperación si fracaso.
Mas bien recuérdame que el fracaso es la experiencia que precede al triunfo.
Enséñame que perdonar es lo mas grande del fuerte.
Y que la venganza es la señal primitiva del débil.
Si me quitas la fortuna, déjame esperanza.
Si me quitas el éxito, déjame la fuerza para triunfar del fracaso.
Si yo fallara a la gente, dame valor para disculparme.
Si la gente fallara conmigo, dame valor para perdonar.
Señor, si yo me olvido de Ti, no te olvides de mi.

San Alberto Hurtado

lunes, 23 de marzo de 2009

Oración de la serenidad


Dios concédeme la

Serenidad para aceptar

las cosas que no

puedo cambiar...

Valor para cambiar

aquellas que puedo y

Sabiduría para reconocer

la diferencia...

Hay que volar...


¡Hay que volar!
Por: MST

En la vida hay que volar. Hay veces que uno se siente muy cómodo con una situación particular en la vida; ya sea un trabajo, una carrera universitaria, o tan solo una situación agradable. Sin embargo cuando llega el momento de abandonar esas cosas por algo nuevo, nos da miedo, inseguridad y hasta nostalgia por no querer dejarlas.
Hay que volar…
Puede resultarle muy cómodo a una abeja alimentarse en una determinada flor, porque se nutre, y tal vez no corra peligro por ser una flor protegida. Hete aquí que llegado el momento de buscar una nueva flor, la abeja debe armarse de valor, abrir las alas y lanzarse en un vuelo peligroso a través de campos en busca de un nuevo paraje. Nada fácil debe ser para la recolectora abandonar la comodidad y seguridad de su situación para salir en busca de una nueva flor desconocida y de la que probablemente no conozca la ubicación. Ha de confiar entonces en que el campo le brindará nuevo néctar y en que sus alas no la abandonarán. Solo así llegará a destino son rendirse en vuelo.
Así debemos volar nosotros, de flor en flor, de día en día, confiados en que Dios siempre nos da flores donde posarnos, y en que Cristo como nuestras alas nunca nos abandona en el camino.
Hay que confiar, armarse de valor y lanzarse en la búsqueda. Dios siempre nos ofrece flores, algunas con espinas, otras más llamativas, algunas más dulces, y otras mas amargas; pero lo importante es que todas alimentan, porque por algo las creó Dios. Y cada una nos acerca más al Padre.
Aquél que no vuela, no solo se estanca, sino que impide que otro ocupe su lugar e impide que otros tengan las oportunidades que él tuvo.
Además es necesario llevar el polen de flor en flor para que crezcan nuevas flores.
Vayamos donde vayamos llevemos el Amor que recibimos de Dios en cada momento, para que el Amor de Dios germine en los corazones de los que nos rodean.
Es por eso que hay que aprender a volar.

Confía tu vida a Cristo y ya estarás volando…