sábado, 21 de enero de 2012

Benedicto XVI: LA IGLESIA PROPONE SU ENSEÑANZA MORAL COMO UN MENSAJE LIBERADOR


DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A UN GRUPO DE OBISPOS DE ESTADOS UNIDOS
EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»


Sala del Consistorio
Jueves 19 de enero de 2012


Queridos hermanos en el episcopado:

Os saludo a todos con afecto fraterno y rezo para que esta peregrinación de renovación espiritual y de comunión profunda os confirme en la fe y en la entrega a vuestra misión de pastores de la Iglesia que está en Estados Unidos. Como sabéis, mi intención es reflexionar con vosotros, a lo largo de este año, sobre algunos de los desafíos espirituales y culturales de la nueva evangelización.

Uno de los aspectos más memorables de mi visita pastoral a Estados Unidos fue la ocasión que me permitió reflexionar sobre la experiencia histórica estadounidense de la libertad religiosa, y más específicamente sobre la relación entre religión y cultura. En el centro de toda cultura, perceptible o no, hay un consenso respecto a la naturaleza de la realidad y al bien moral, y, por lo tanto, respecto a las condiciones para la prosperidad humana. En Estados Unidos ese consenso, como lo presentan los documentos fundacionales de la nación, se basaba en una visión del mundo modelada no sólo por la fe, sino también por el compromiso con determinados principios éticos derivados de la naturaleza y del Dios de la naturaleza. Hoy ese consenso se ha reducido de modo significativo ante corrientes culturales nuevas y potentes, que no sólo se oponen directamente a varias enseñanzas morales fundamentales de la tradición judeo-cristiana, sino que son cada vez más hostiles al cristianismo en cuanto tal.

La Iglesia en Estados Unidos, por su parte, está llamada, en todo tiempo oportuno y no oportuno, a proclamar el Evangelio que no sólo propone verdades morales inmutables, sino que lo hace precisamente como clave para la felicidad humana y la prosperidad social (cf. Gaudium et spes, 10). Algunas tendencias culturales actuales, en la medida en que contienen elementos que quieren limitar la proclamación de esas verdades, sea reduciéndola dentro de los confines de una racionalidad meramente científica sea suprimiéndola en nombre del poder político o del gobierno de la mayoría, representan una amenaza no sólo para la fe cristiana, sino también para la humanidad misma y para la verdad más profunda sobre nuestro ser y nuestra vocación última, nuestra relación con Dios. Cuando una cultura busca suprimir la dimensión del misterio último y cerrar las puertas a la verdad trascendente, inevitablemente se empobrece y se convierte en presa de una lectura reduccionista y totalitaria de la persona humana y de la naturaleza de la sociedad, como lo intuyó con gran claridad el Papa Juan Pablo II.

La Iglesia, con su larga tradición de respeto de la correcta relación entre fe y razón, tiene un papel fundamental que desempeñar al oponerse a las corrientes culturales que, sobre la base de un individualismo extremo, buscan promover conceptos de libertad separados de la verdad moral. Nuestra tradición no habla a partir de una fe ciega, sino desde una perspectiva racional que vincula nuestro compromiso de construir una sociedad auténticamente justa, humana y próspera con la certeza fundamental de que el universo posee una lógica interna accesible a la razón humana. La defensa por parte de la Iglesia de un razonamiento moral basado en la ley natural se funda en su convicción de que esta ley no es una amenaza para nuestra libertad, sino más bien una «lengua» que nos permite comprendernos a nosotros mismos y la verdad de nuestro ser, y forjar de esa manera un mundo más justo y más humano. Por tanto, la Iglesia propone su doctrina moral como un mensaje no de constricción, sino de liberación, y como base para construir un futuro seguro.

El testimonio de la Iglesia, por lo tanto, es público por naturaleza. La Iglesia busca convencer proponiendo argumentos racionales en el ámbito público. La separación legítima entre Iglesia y Estado no puede interpretarse como si la Iglesia debiera callar sobre ciertas cuestiones, ni como si el Estado pudiera elegir no implicar, o ser implicado, por la voz de los creyentes comprometidos a determinar los valores que deberían forjar el futuro de la nación.

A la luz de estas consideraciones, es fundamental que toda la comunidad católica de Estados Unidos llegue a comprender las graves amenazas que plantea al testimonio moral público de la Iglesia el laicismo radical, que cada vez encuentra más expresiones en los ámbitos político y cultural. Es preciso que en todos los niveles de la vida eclesial se comprenda la gravedad de tales amenazas. Son especialmente preocupantes ciertos intentos de limitar la libertad más apreciada en Estados Unidos: la libertad de religión. Muchos de vosotros habéis puesto de relieve que se han llevado a cabo esfuerzos concertados para negar el derecho de objeción de conciencia de los individuos y de las instituciones católicas en lo que respecta a la cooperación en prácticas intrínsecamente malas. Otros me habéis hablado de una preocupante tendencia a reducir la libertad de religión a una mera libertad de culto, sin garantías de respeto de la libertad de conciencia.

En todo ello, una vez más, vemos la necesidad de un laicado católico comprometido, articulado y bien formado, dotado de un fuerte sentido crítico frente a la cultura dominante y de la valentía de contrarrestar un laicismo reductivo que quisiera deslegitimar la participación de la Iglesia en el debate público sobre cuestiones decisivas para el futuro de la sociedad estadounidense. La formación de líderes laicos comprometidos y la presentación de una articulación convincente de la visión cristiana del hombre y de la sociedad siguen siendo la tarea principal de la Iglesia en vuestro país. Como componentes esenciales de la nueva evangelización, estas preocupaciones deben modelar la visión y los objetivos de los programas catequéticos en todos los niveles.

Al respecto, quiero expresar mi aprecio por vuestros esfuerzos para mantener contactos con los católicos comprometidos en la vida política y para ayudarles a comprender su responsabilidad personal de dar un testimonio público de su fe, especialmente en lo que se refiere a las grandes cuestiones morales de nuestro tiempo: el respeto del don de Dios de la vida, la protección de la dignidad humana y la promoción de derechos humanos auténticos. Como señaló el Concilio, y como quise reafirmar durante mi visita pastoral, el respeto de la justa autonomía de la esfera secular debe tener en cuenta también la verdad de que no existe un reino de cuestiones terrenas que pueda sustraerse al Creador y a su dominio (cf. Gaudium et spes, 36). No cabe duda de que un testimonio más coherente por parte de los católicos de Estados Unidos desde sus convicciones más profundas daría una importante contribución a la renovación de la sociedad en su conjunto.

Queridos hermanos en el episcopado, con estas breves reflexiones he querido tocar algunas de las cuestiones más urgentes que debéis afrontar en vuestro servicio al Evangelio y su importancia para la evangelización de la cultura estadounidense. Ninguna persona que mire con realismo estas cuestiones puede ignorar las dificultades auténticas que la Iglesia encuentra en el tiempo presente. Sin embargo, en verdad, nos puede animar la creciente toma de conciencia de la necesidad de mantener un orden civil arraigado claramente en la tradición judeo-cristiana, así como la promesa de una nueva generación de católicos, cuya experiencia y convicciones desempeñarán un papel decisivo al renovar la presencia y el testimonio de la Iglesia en la sociedad de Estados Unidos. La esperanza que nos ofrecen estos «signos de los tiempos» es de por sí un motivo para renovar nuestros esfuerzos con el fin de movilizar los recursos intelectuales y morales de toda la comunidad católica al servicio de la evangelización de la cultura estadounidense y de la construcción de la civilización del amor. Con gran afecto os encomiendo a todos vosotros, así como al rebaño confiado a vuestra solicitud pastoral, a la oración de María, Madre de la esperanza, y os imparto de corazón mi bendición apostólica, como prenda de gracia y de paz en Jesucristo nuestro Señor.

viernes, 6 de enero de 2012

Del Oficio de Lecturas de la Solemnidad de la Epifanía



De los Sermones de san León Magno, papa:
"EL SEÑOR DA A CONOCER SU SALVACIÓN EN TODO EL ORBE DE LA TIERRA"


"La providencia misericordiosa de Dios, cuando dispuso socorrer en la plenitud de los tiempos al mundo que perecía, determinó salvar a todos los hombres en Cristo.
Ellos forman la incontable descendencia prometida en otro tiempo a Abraham, descendencia que había de ser engendrada no según la carne, sino por la fecundidad de la fe, y que por esto fue comparada a la multitud de las estrellas, para que la esperanza del padre de todas las gentes tuviera por objeto no una progenie terrena, sino celestial.
Entre, entre en la familia de los patriarcas la totalidad de los gentiles, y reciban los hijos de la promesa la bendición de la descendencia de Abraham, a la que han renunciado los hijos según la carne. En la persona de los tres magos adoren todos los pueblos al Autor del universo; y sea Dios conocido no sólo en Judea, sino en todo el orbe, a fin de que en todas partes su fama sea grande en Israel.
Adoctrinados, amadísimos hermanos, por estos misterios de la gracia divina, celebremos, llenos de gozo espiritual, el día de nuestras primicias y el comienzo de la vocación de los gentiles, dando gracias a Dios misericordioso que, como dice el Apóstol, nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido; porque, como había profetizado Isaías, el pueblo de los gentiles que caminaba en tinieblas vio una grande luz; sobre los que habitaban en tierra de sombras brilló un intenso resplandor. De ellos dice el mismo profeta, dirigiéndose al Señor: Tú llamarás a un pueblo desconocido, un pueblo que no te conocía correrá hacia ti.
Éste es el día que Abraham contempló y saltó de gozo, al reconocer a los hijos de su fe que habían de ser bendecidos en su descendencia, que es Cristo; y, al contemplar de antemano que había de ser por su fe padre de todas las gentes, dio gloria a Dios, plenamente convencido de que Dios, que lo había prometido, tenía también poder para cumplirlo.
Éste es el día que cantó el salmista, cuando dijo: Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor, bendecirán tu nombre; y también: El Señor da a conocer su salvación, revela a las naciones su justicia.
Sabemos que estas predicciones empezaron a cumplirse desde que la estrella hizo salir de su lejano país a los tres magos, para que conocieran y adoraran al Rey de cielo y tierra. Su docilidad es para nosotros un ejemplo que nos exhorta a todos a que sigamos, según nuestra capacidad, las invitaciones de la gracia, que nos lleva a Cristo.
Todos, amadísimos hermanos, debéis emularas en este empeño, a fin de que brilléis como hijos de la luz en el reino de Dios, al cual se llega por la integridad de la fe y por las buenas obras; por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina con Dios Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén."

domingo, 16 de octubre de 2011

Domingo XXIX Durante el año - Ciclo A


Al Cesar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios

Isaías 45,1.4-6
1ra Tesalonicenses 1,1-5b
Mateo 22,15-21


Muchas veces, sobre todo en este tiempo, en esta cultura moderna que vivimos, este texto del Evangelio que acabamos de proclamar, se puede entender como si hubiera dos principios autónomos e independientes entre sí: Dios, que tendría jurisdicción sobre los temas religiosos y espirituales, y el poder terreno, que regularía con total independencia de lo sobrenatural las cuestiones terrenas y humanas, y entre estos dos regímenes habría una especie de paralelismo absoluto de tal modo que no se tocan, que no tienen nada que ver entre sí. Claro, esta posible interpretación se explica de muchas maneras.
Durante muchos siglos el mundo occidental vivó con naturalidad el hecho que la filosofía cristiana imperara en la cultura y en la conformación social de gran parte de la humanidad. Era la llamada “Cristiandad”, que es un modo de concebir al mundo. El término “Cristiandad” tiene una explícita relación con el orden temporal, y designa al conjunto de los pueblos que se proponen vivir de formalmente de acuerdo con las leyes del Evangelio según la Iglesia Católica que es su depositaria. Dios es el criterio ordenador de todo y todo está sujeto a ese orden que Dios estableció. Eso fue la Cristiandad.
Ciertamente hay muchas causas y razones que pueden explicar la transición de la “Cristiandad” a la “modernidad”, pero la Revolución Francesa es un punto culminante y significativo en ese quiebre, ya que se trata de una auténtica “revolución” en el sentido profundo de la palabra. La Revolución Francesa no fue un simple cambio de gobierno, un golpe de palacio, como se han visto tantos en la historia, sino que se trató de un cambio profundo con consecuencias que se prolongarían por siglos, incluso hasta el día de hoy. Usando terminología gramsciana, podemos decir que se trató de una auténtica “revolución cultural”. Y como los mismos revolucionarios lo ven y lo expresan incluso ya en esa época “la Revolución no es algo sólo para Francia; somos responsables de ella ante la humanidad”, como se dijo en un discurso en la Asamblea de los Estados Generales de agosto de 1794. Y decía un artículo anónimo, también de aquel momento, en el periódico “La Revolución”: “o triunfa la Revolución o volvemos al simple cristianismo, no hay otra alternativa”. Claramente se estaba ante un cambio de mentalidad, que se propuso, entre otras cosas, excluir lo sobrenatural de toda consideración válida en las cuestiones temporales. Podríamos decir, parafraseando al Cardenal Biffi, Arzobispo emérito de Bolonia en sus predicaciones al Santo Padre de hace algunos años, que los valores de la Revolución Francesa: igualdad, libertad y fraternidad son valores cristianos, pero que al tomar protagonismo por lo que los valores son en sí, pero sin el fundamento de los mismos, se vuelven ideología. Valores cristianos pero sin su fundamento último que es Cristo, en una explícita omisión, y entonces esto es el “anticristo”: una reducción del cristianismo a una ideología.
Actualmente vivimos en una “dictadura del relativismo” decía, describiendo la cultura contemporánea, el entonces Cardenal Ratzinger al iniciar el Cónclave del que saldría Papa. Y nosotros lo experimentamos, ya que vivimos en una verdadera “dictadura cultural” en la que no se puede opinar de otro modo ni expresar opiniones diferentes a la del “consenso” social. Y los elementos de disuasión de esta dictadura no son elementos de fuerza física o fuerza bruta (aunque hay casos en que sí) sino que hay una suerte de condena social para tales o cuales opiniones, rechazo a posturas cristianas por el sólo hecho de ser tales. También las propias inhibiciones, el temor al ridículo, la falta de firmeza y decisión, son elementos de autocensura de esta dictadura cultural que muchas veces impugna a priori todo aquello que se asemeje a una mirada católica de la realidad.
Hace algunos días el Santo Padre en un discurso memorable en el Parlamento Alemán: “la idea del derecho natural se considera hoy una doctrina católica más bien singular, sobre la que no vale la pena discutir fuera del ámbito católico, de modo que casi nos avergüenza hasta la sola mención del término”. El mundo cambió rotundamente en los últimos siglos y este es el contexto cultural desde el cual nosotros leemos esta doctrina que hoy se nos narra en el texto evangélico. Por eso podemos caer en el riesgo de interpretar este episodio como si Cristo postulara una radical diferenciación entre las cosas de Dios y las cosas temporales; una consecuencia fáctica de esto sería, por ejemplo, que la Iglesia debería ocuparse de las cosas de la fe y la religión, que además son de la esfera privada del ámbito personalísimo de las personas, y no tiene ningún rol en la construcción social, en los asuntos temporales de los pueblos. Eso sería un grave error que desnaturalizaría el mensaje de Cristo y por ende la Doctrina Social de la Iglesia.
“Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” hay que partir de la base que TODO es de Dios, incluso el poder en el ámbito humano. Cristo le dice a Pilatos “Tú no tendrías ningún poder sobre Mí si no lo hubieras recibido de lo alto…”, es decir que todo poder es una participación en el PODER absoluto de Dios. Todo poder, justo o injusto, legítimo o ilegítimo, de manera más o menos plena, participa, como de su fuente, del poder de Dios que es absolutamente justo y perfecto y procede de Él. Por tanto es intrínsecamente injusto y desordenado cualquier poder que se ubique al margen de Dios.
El cristianismo es una religión superadora que no pretende imponer arbitrariamente sus creencias particulares, sino que se funda en la luz y la fuerza de la razón natural. A éste respecto decía el Papa en el Parlamento alemán: “Contrariamente a otras grandes religiones, el cristianismo nunca ha impuesto al Estado y a la sociedad un derecho revelado, un ordenamiento jurídico derivado de una revelación. En cambio, se ha remitido a la naturaleza y a la razón como verdaderas fuentes del derecho, se ha referido a la armonía entre razón objetiva y subjetiva, una armonía que, sin embargo, presupone que ambas esferas estén fundadas en la Razón creadora de Dios”. El cristianismo propone un poder ejercido según la razón del orden natural de las cosas. Esta es la fuerza de nuestra visión cristiana del mundo: imperar desde la razón natural. No pretende la Iglesia hacer de la Biblia o de sus documentos el corpus jurídico de ningún pueblo, ella sólo se limita a enseñar la verdad respecto de la verdadera naturaleza del poder humano, como participado del poder divino, y reclama el derecho de ejercer ese magisterio.
Qué pasa cuando el poder temporal ignora, no defiende o incluso pervierte el orden natural de las cosas…? En el mencionado discurso dice el Papa: “Quita el derecho y, entonces, ¿qué distingue el Estado de una gran banda de bandidos?”, dijo en cierta ocasión San Agustín.(1) Nosotros, los alemanes, sabemos por experiencia que estas palabras no son una mera quimera. Hemos experimentado cómo el poder se separó del derecho, se enfrentó contra él; cómo se pisoteó el derecho, de manera que el Estado se convirtió en el instrumento para la destrucción del derecho; se transformó en una cuadrilla de bandidos muy bien organizada, que podía amenazar el mundo entero y llevarlo hasta el borde del abismo”.
No sólo los alemanes han experimentado esa tragedia, sino que todos los pueblos del mundo han conocido poderes ejercidos injustamente al margen del derecho y del orden natural de la razón. También lo vivimos lamentablemente en nuestra Patria… Allí estamos llamados a vivir la santidad en las circunstancias que nos toquen.
Entonces: qué significa hoy “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios…”? Significa que cada uno de nosotros ha de luchar incansablemente por hacer que Cristo reine en su propia vida y en sus propios ambientes. Significa que debemos luchar por que el poder público sea un signo y una expresión del orden natural creado por Dios. Significa que no debemos quedarnos cruzados de brazos, acomodados, mientras vemos cómo se ataca y se quiere destrozar nuestra cultura, nuestros valores, nuestras familias y en definitiva nuestra Patria. Aquí es necesario resistir, desde donde cada uno pueda y siempre con las armas del Evangelio que son la fuerza de la gracia, el amor, la paz, la verdad… enseñando a nuestros hijos y a nuestros jóvenes el valor del orden natural, trasmitiendo nuestros valores, la fe en Cristo Jesús que redunda en la justicia y la paz para los pueblos. “Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios…” significa que hemos de trabajar para “instaurar TODO en Cristo” porque todo es de Dios, todo viene de Él y tiende a Él. Porque todo es de Dios, incluso el poder.
Pidamos a la Santísima Virgen que nos ilumine Dios nuestro Señor y nos enseñe a accionar en estos tiempos tan difíciles que nos toca vivir para ser presencia clara de Dios en este mundo, en este tiempo y en esta historia.

viernes, 5 de agosto de 2011

CRITERIOS ELECTORALES - Por Monseñor Aguer, Arzobispo de La Plata



Artículo de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, publicado el diario “El Día” de La Plata (4 de agosto de 2011)

He recogido la perplejidad de algunas personas, y las quejas de otras, que esperan de la Iglesia -de los obispos, más bien- orientaciones que les ayuden a discernir su voto en este año electoral. Una intervención en ese orden podría ser útil no sólo a los católicos sino también a los demás ciudadanos.

Mucha gente vota de acuerdo a una filiación política o una inclinación ideológica que ha heredado de su familia; deciden de ese modo sin una detenida reflexión, más o menos espontáneamente. Otros son sensibles a la propaganda, que finalmente los convence; la propaganda invasiva, abrumadora, que emplea todos los medios de comunicación disponibles, otorga ciertamente una ventaja al partido con mayores recursos. La mayoría calcula si está un poco mejor o algo peor que antes; la cuestión se reduce a cómo se percibe la situación económica personal y familiar. No se especula demasiado al respecto; no resulta fácil estudiar las estadísticas para establecer si el país ha progresado efectivamente, si además de crecimiento económico se ha logrado un avance hacia el desarrollo integral.

Algunos temas pueden ser decisivos en un momento determinado. Por ejemplo: desde hace varios años preocupa la insoportable proliferación del delito. Se ha dicho que la inseguridad es una sensación; pues bien, si "sentimos" fuertemente que el Estado -el gobierno- no es capaz de custodiar vida y bienes de la población, buscamos quién puede ofrecernos una alternativa. ¿Habrá alguien que además de declaraciones retóricas y voluntaristas ofrezca un proyecto, habida cuenta de la complejidad y los matices del problema? Asimismo, si una persona informada o un padre de familia en virtud de su cercana experiencia cae en la cuenta del descalabro educativo nacional y del fracaso de las sucesivas reformas del sistema, intentará que su voto contribuya a remediar la ruina inclinándose -si la encuentra- por una propuesta razonable, ajena al ideologismo que ha imperado en el área hasta el presente. Todas las causales reseñadas tienen su importancia.


Una referencia

Si se aspira a una orientación de la Iglesia podemos fijarnos en un pasaje de la encíclica "Centesimus annus" de Juan Pablo II: "La Iglesia aprecia el sistema de la democracia en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica. Por esto mismo no puede favorecer la formación de grupos dirigentes restringidos que por intereses particulares o por motivos ideológicos usurpan el poder del Estado. Una auténtica democracia es posible solamente en un estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana".

El párrafo es por demás elocuente; bastaría proyectarlo sobre la realidad argentina para formarse un juicio exacto sobre ella. Podemos ver en esas palabras una invitación a considerar razones más profundas que nos inclinen a determinada opción electoral. Además de la situación económica, de la inseguridad, de las falencias educativas, la referencia del texto al estado de derecho que hace posible una auténtica democracia y a la verdadera concepción de la persona humana como base de la misma, nos sugiere reparar en el bien común político y en los bienes culturales de la sociedad. Las instituciones de la república forman parte de ese bien común y el estado de derecho implica la efectiva división de poderes: si el órgano legislativo reduce su acción a suscribir las decisiones del ejecutivo y si éste además resta independencia al judicial, no se puede afirmar que el estado de derecho tenga plena vigencia. Lo mismo se puede afirmar si cualquiera de los poderes del Estado menoscaba la Constitución o si falta la necesaria seguridad jurídica. Estos bienes inmateriales deben ser tutelados; la aspiración a conservarlos y mejorarlos tendrían que influir en la elección que decidan los ciudadanos.

La recta concepción de la persona humana como base de una auténtica democracia es el criterio para juzgar de los cambios culturales que se van imponiendo por presión ideológica y que alcanzan desgraciadamente sanción legislativa. Otras veces he advertido que la sociedad argentina está sometida a un proceso de transformación inadvertida de paradigmas culturales, del modo de pensar y sentir de la gente, que cuenta con el apoyo "transversal" de varias fuerzas políticas. Se promulgan leyes que no responden a las convicciones de la mayoría de la población. Ha ocurrido en el caso del mal llamado matrimonio igualitario y puede ocurrir con la ominosa perspectiva de legalización del aborto. A propósito, conviene recordar como criterio electoral los "valores no negociables" que enumeró Benedicto XVI: el derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural, la familia basada en el matrimonio de un varón y una mujer, la libertad de los padres en la educación de sus hijos y la promoción del bien común en todas sus formas. Respecto a estos puntos, el Papa exhortaba a los bautizados, especialmente a los políticos, a una "coherencia eucarística". El concepto alude, obviamente, a la Eucaristía, su vivencia, su práctica. Pero aquellos valores no negociables son también sostenidos por muchos que no van a misa, por muchos no bautizados que profesan una recta concepción de la persona humana.


Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata

sábado, 18 de junio de 2011

Bendición del agua (esta bendición puede ser usada SÓLO por SACERDOTES)



"Porque nuestra lucha no es contra enemigos de carne y sangre, sino contra los Principados y Potestades, contra los Soberanos de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que habitan en el espacio. Por lo tanto, tomen la armadura de Dios, para que puedan resistir..." (Ef 6,12-13)

Ritual de la Bendición del agua y la sal (Ritual Romano antiguo, Tít IX, C. II)
(El agua se bendice los domingos y cada vez que sea necesario, en la iglesia o en la sacrsitía. Se prepara sal y agua pura. El sacerdote se reviste con estola morada y pronuncia la siguiente invocación):

V/. Nuestro auxilio es el Nombre del Señor.
R/. Que hizo el cielo y la tierra.

(Enseguida empieza con el exorcismo de la sal)
Te exorcizo, creatura de la sal, por Dios + vivo, por Dios + verdadero, por Dios + santo, por Dios que ordenó, por medio del profeta Eliseo, que fueses puesta en el agua para sanar su esterilidad; para que te conviertas como sal exorcizada en salud para los creyentes, para que seas salud de alma y cuerpo para todos aquellos que te consuman; para que huya y se aparte del lugar donde seas puesta, toda maldad, toda acción del demonio, todo espíritu inmundo, conjurado por este Señor que ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos y el siglo por medio del fuego. Amén.

Oremos
Imploramos humildemente tu inmensa clemencia, omnipotente y eterno Dios, para que te dignes con tu piedad bendecir + y santificar + esta creatura de la sal que Tú creaste para uso del género humano: a fin de que se convierta en salud de alma y cuerpo para todos los que la consuman; y para que todo aquello que sea tocado por esta sal carezca de toda inmundicia y de toda impregnación del espíritu del mal. Por Nuestro Señor Jesucristo. Amén

(Luego viene el exorcismo del agua)

Te exorcizo, creatura del agua, en el nombre de Dios + Padre omnipotente, en el nombre de Jesucristo + su Hijo, nuestro Señor, y con el poder del Espíritu + Santo: para que seas agua exorcizada para ahuyentar toda fuerza del Enemigo y para que puedas erradicar y arrancar al mismo Enemigo con sus ángeles apóstatas, por virtud del mismo Jesucristo nuestro Señor que ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos y este siglo por el fuego. Amén.

Oremos
Oh Dios, sé propicio a nuestras súplicas e infunde la fuerza de tu bendición + a esta agua que hemos preparado con estas purificaciones, para que esta tu creatura sirva para alejar a los demonios, sanar las enfermedades; para que al ser derramada sobre las casas y los hogares de los fieles, éstos queden libres de toda inmundicia y de todo mal; que no resida allí un espíritu pestilente, se alejen todas las insidias del Enemigo y, si hay algo que perjudique a los que habiten en ella o a su tranquilidad, por la aspersión de esta agua huyan, para que la salud que te pedimos por invocación de tu Nombre quede defendida de toda impugnación del Maligno, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

(El sacerdote echa tres veces la sal en el agua en forma de cruz diciendo...)
Que esta mezcla de la sal y del agua se realice en el nombre del Padre + y del Hijo + y del Espíritu Santo. Amén.

V/. El Señor esté con vosotros.
R/. Y con tu espíritu.

Oremos
Oh Dios, autor de todo poder y rey insuperable de todo dominio y siempre triunfador magnífico, que reprimes las fuerzas del dominio del mal, que superas la sevicia del Enemigo, que poderosamente vences a las huestes enemigas: a ti, humildes, te pedimos, Señor, que mires con bondad estas creaturas de sal y agua y las santifiques con tu bondad, para que doquiera que sean regadas, por la invocación de tu santo Nombre desaparezca toda infestación del espíritu inmundo, sea alejado el terror de la serpiente infernal, y, mediante la presencia del Espíritu Santo, nos concedas benigno tu misericordia ya que humildemente te la suplicamos.

Por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén


FORMULA EN LATIN de la misma Bendición del agua

S - Adiutórum nostrum + in nómine Dómini.
M - Qui feci coélum et terram.
.
(Exorcismo de la sal)
S - Exorcízo te, creatúra salis, per Deum + vivum, per Deum + verum, per Deum + sanctum, per Deum, qui te per Eliséum prophétam in aquam mitti iussit, ut sanarétur sterílitas aquae: ut efficiáris sal exorcizátum in salútem credéntium: et sis ómnibus suméntibus te sánitas ánimae et córporis et effúgiat atque discédat a loco, in quo aspérsum fúeris, omnis phantásia et nequítia vel versútia diabólicae fraudis, omnísque spíritus immúndus adiurátur per eum qui ventúrus est iudicáre vivos et mórtuos, et saéculum per ignem.
M - Amen.
.
Oremus.
S - Imménsam cleméntiam tuam, omnípotens aetérne Deus, humíliter implorámus: ut hanc creatúram salis, quam in usum géneris humáni tribuísti, bene+dícere, et sancti+ficare tua pietáti dignéris: ut sit ómnibus suméntibus salus mentis et córporis: et quídquid ex eo tactum vel respérsum fúerit, cáreat omni immundítia, omníque impugnatióne spiritális nequítiae. Per Dóminum nostrum Iesum Christum, Fílium tuum, qui tecum vivit et regnat in unitáte Spíritus Sancti, Deus, per omnia saécula saeculórum.
M - Amen.
.
(Exorcismo del agua)
S - Exorcízo te, creatúra aquae, in nómine Dei + Patris omnipoténtis, et in nómine Iesu + Christi Fílii eius Dómini nostri, et in virtúte Spíritus + Sancti: ut fias aqua exorcizáta ad effugándam omnem potestátem inimíci, et ipsum inimícum eradicáre, et explantéare váleas cum ángelis suis apostátitcis: per virtútem eiúsdem Dómini nostri Iesu Christi: qui ventúrus est iudicáre vivos et mórtuos, et saéculum per ignem.
M - Amen.
.
Oremus.
S - Deus, qui ad salútem humáni géneris, máxima quaéque sacraménta in aquárum substántia condidísti: adésto propítius invocatiónibus nostris, et eleménto huic multímodis purificatiónibus praeparáto, virtútem tuae bene+dictiónis infúnde: ut creatúra tua mystériis tuis sérviens, ad abigéndos dáemones, morbósque pelléndos, divínae grátiae sumat efféctum: ut quídquid in dómibus vel in locis fidélium haec unda respérserit, cáreat omni immundítia, liberétur a noxa: non illic resídeat spíritus péstilens, non áura corrúmpens: discéndat omnes insídiae laténtis inimíci: et si quid est, quod aut incolumitáti habitántium ínvidet, aut quiéti, aspersióne huius aquae effúgiat atque discédat: ut salúbritas per invocatiónem sancti tui nóminis expetíta, ab ómnibus sit impugnatiónibus defénsa. Per Dóminum nostrum Iesum Christum, Fílium tuum, qui tecum vivit et regnat in unitáte Spíritus Sancti, Deus, per omnia saécula saeculórum.
M - Amen.
.
(Se mezcla la sal en el agua poniendola tres veces en forma de cruz)
S - Commíxtio salis et aquae párite fiat, in nómine Pa+tris, et Fí+lii, et Spíritus + Sancti.
M - Amen.
.
S - Dóminus vobíscum
M - Et cum spíritu tuo.
.
Oremus.
S - Deus invíctae virtútis áuctor, et insuperábilis impérii Rex, ac semper magníficus triunphátor: qui advérsae dominatiónis vires réprimis: qui inimíci rugiéntis saevítiam súperas: qui hostíles nequítias poténter expúgnas: te, Dómine, treméntes et súpplices deprecámur ac pétimus ut hanc creatúram salis et aquae dignánter aspícias, benígnus illústres, pietátis tuae rore sanctífices: ut ubicúmque fúerit aspérsa, per invocatiónem sancti nómnis tui, omnis infestátio immúndi spíritus abigátur: terrórque venenósi serpéntis procul pellátur: et praeséntia sancti Spíritus nobis misericórdiam tuam poscéntibus, ubíque adésse dignétur. Per Dóminum nostrum Iesum Christum, Fílium tuum, qui tecum vivit et regnat in unitáte eiúsdem Spíritus Sancti, Deus, per omnia saécula saeculórum.
.
M - Amen.

martes, 12 de abril de 2011

Martes 5º de Cuaresma


"Cuando ustedes hayan levantado en alto al Hijo del hombre, entonces sabrán que Yo Soy"

Del Evangelio según san Juan (Capítulo 8,21-30)

Jesús dijo a los fariseos:
«Yo me voy, y ustedes me buscarán y morirán en su pecado. Adonde yo voy, ustedes no pueden ir.»
Los judíos se preguntaban: «¿Pensará matarse para decir: "Adonde yo voy, ustedes no pueden ir"?»
Jesús continuó: «Ustedes son de aquí abajo, yo soy de lo alto. Ustedes son de este mundo, yo no soy de este mundo. Por eso les he dicho: "Ustedes morirán en sus pecados." Porque si no creen que Yo Soy, morirán en sus pecados.»
Los judíos le preguntaron: «¿Quién eres tú?»
Jesús les respondió: «Esto es precisamente lo que les estoy diciendo desde el comienzo. De ustedes, tengo mucho que decir, mucho que juzgar. Pero aquel que me envió es veraz, y lo que aprendí de él es lo que digo al mundo.»
Ellos no comprendieron que Jesús se refería al Padre.
Después les dijo: «Cuando ustedes hayan levantado en alto al Hijo del hombre, entonces sabrán que Yo Soy y que no hago nada por mí mismo, sino que digo lo que el Padre me enseñó. El que me envió está conmigo y no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada.»
Mientras hablaba así, muchos creyeron en él.

viernes, 8 de abril de 2011

Viernes de la 4º semana de Cuaresma


"Quisieron detenerlo, pero todavía no había llegado su hora"

Del Evangelio según san Juan (Capítulo 7, 1-2. 10. 25-30)

Jesús recorría la Galilea; no quería transitar por Judea porque los judíos intentaban matarlo.
Se acercaba la fiesta judía de las Chozas. Cuando sus hermanos subieron para la fiesta, también él subió, pero en secreto, sin hacerse ver.
Algunos de Jerusalén decían: «¿No es este aquel a quien querían matar? ¡Y miren como habla abiertamente y nadie le dice nada! ¿Habrán reconocido las autoridades que es verdaderamente el Mesías? Pero nosotros sabemos de dónde es este; en cambio, cuando venga el Mesías, nadie sabrá de dónde es.»
Entonces Jesús, que enseñaba en el Templo, exclamó:
«¿Así que ustedes me conocen y saben de dónde soy? Sin embargo, yo no vine por mi propia cuenta; pero el que me envió dice la verdad, y ustedes no lo conocen. Yo sí lo conozco, porque vengo de él y es él el que me envió.»
Entonces quisieron detenerlo, pero nadie puso las manos sobre él, porque todavía no había llegado su hora.