sábado, 28 de noviembre de 2009

La vocación del Hermano Rafael

MISA de Acción de Gracias
por la CANONIZACIÓN del Hermano RAFAEL
Miércoles 2 de diciembre
a las 20:15
en la Iglesia del PILAR


Hace un mes el Hermano Rafael es ya san Rafael Arnáiz Barón: un potente foco de luz para la Iglesia y para la Humanidad de comienzos del siglo XXI, como lo han sido y lo siguen siendo san Ignacio de Loyola, santa Teresa de Jesús o san Juan de la Cruz.
Rafael es conocido por sus escritos. No ha sido fundador ni reformador; pero su pluma transmite el secreto de la mística cristiana de todos los tiempos con las palabras de un joven, muerto a los 27 años, cuando el siglo XX se acercaba al culmen de su tragedia. Su breve vida tiene un antes y un después en el 25 de mayo de 1934. No fue ése el día en que decidió hacerse monje, ni el de su entrada en el monasterio cisterciense de San Isidro de Dueñas. Fue el momento en el que la enfermedad que acabará por llevarle a la muerte, cambió el signo de la fuerza por el de la debilidad en el horizonte de su existencia.
Rafael tiene éxito en los estudios. Toca el violín y el piano. Conduce su coche por los valles y las costas de Asturias y patea las cumbres de los Picos de Europa, interpretándolas en sus acuarelas. Lee a san Juan de la Cruz, hace Ejercicios espirituales, se alista en la Adoración Nocturna y en las Conferencias de San Vicente Paúl. En 1932 escoge pensión en el edificio más alto de Madrid en la Plaza de Callao; frecuenta las clases de Arquitectura; conciertos, los domingos; cultiva la amistad de sus amigos y también, de modo especial, la de sus confidentes espirituales en Ávila, sus tíos María y Polín; hace el servicio militar montando guardias en el Palacio de Oriente y esquiando en el Guadarrama. Un torbellino de actividad y de fuerza, que culmina en la conquista de su proyecto más deseado: ser monje. Desde que, en 1930, visitara el monasterio y se enamorara del silencio, de la salmodia, de aquella comunidad de hombres de blanco haciendo guardia día y noche ante el sagrario, Rafael se había dicho que aquello era lo suyo. Y un buen día, en noviembre de 1933, decide abandonarlo todo para realizar el sueño de su juventud: entregarse por completo al amor de Dios. Rafael entra en el monasterio el 15 de enero de 1934. Su alegría fue inmensa. Pero el signo de la fuerza pronto se trocó por el de la debilidad.
El joven atleta de Dios vuelve al hogar de Oviedo deshecho físicamente por la diabetes y atormentado en el espíritu: ¿No me quiere Dios en el monasterio? ¿Me he equivocado? ¿He sido presuntuoso y egoísta? Eran preguntas amargas que se agolpaban en su alma, en el momento de la desilusión de su vida, como Rafael mismo llamará a aquel momento decisivo. Pero su grandeza consiste precisamente en cómo supo entender la voluntad de Dios. Más de uno se hubiera hundido. Rafael se aplica a la oración, escucha los consejos de personas de su confianza y, por fin, después de año y medio de maduración, decide volver a pedir el ingreso en el monasterio como oblato. Era renunciar a su ilusión de ser monje y al sacerdocio monástico. Pero era la ocasión para dar un salto de gigante en el amor que movía ya su vida. Cuando escribe al abad pidiéndole volver, le dice: «Hace dos años (...) yo buscaba a Dios, pero también buscaba a las criaturas y me buscaba a mí mismo, y Dios me quiere para Él solo...»
La debilidad resultó para Rafael ser la fuerza motriz del amor más puro y mayor. Ésos eran los planes de Dios que él supo interpretar bien. Los poco más de dos años que le quedaban de vida fueron la entrega completa de su debilidad a Dios, unida en ofrenda de amor a la Cruz de Cristo. Ésa fue su gran fortaleza y la causa de una alegría indescriptible. Ésa fue su locura, como él la llama: la locura por Cristo y por su Cruz, que le hace partícipe también de su gloria. Rafael escribe más tarde, como fino teólogo sin estudios: «En el mundo se sufre mucho, pero se sufre poco por Dios. El cristiano no ama la debilidad y el sufrimiento tal como éste es en sí, sino tal como es Cristo, y el que ama a Cristo, ama su Cruz». Nada de masoquismo. Dios sufre en Cristo y quien le ama, desea estar con el sufrimiento de Dios. Es la mística del seguimiento de Cristo hasta la Cruz. Es la locura y la ciencia de la Cruz.
Una existencia y un mensaje así es precisamente lo que más necesita el mundo de comienzos del siglo XXI: la mística cristiana de siempre en el contexto materialista y hedonista de nuestros días. La realización plena de la existencia humana no es posible más que como amoroso y radical abandono en Dios. No es el progreso entendido como el conjunto de logros de la fuerza humana lo que trae la felicidad al mundo. Tal progreso es puro ruido -como escribía Rafael- si carece del silencio en el que el ser humano puede escuchar el latido del Corazón de Dios.
San Rafael Arnáiz Barón ofrece a cada uno en su propia vocación, el testimonio perenne de la mística cristiana: sólo Dios puede llenar el corazón humano. Sin tal mística, no habrá vida ni misión cristianas. Pero tampoco realización humana. «Me he dado cuenta de mi vocación -escribe Rafael-. No soy religioso..., no soy seglar..., no soy nada... Bendito sea Dios, no soy nada más que un alma enamorada de Cristo. Él no quiere más que mi amor. (...) Que mi vida no sea más que un acto de amor».
+ Juan Antonio Martínez Camino
Obispo Auxiliar de Madrid
Sec. gral del Episcopado de España

viernes, 27 de noviembre de 2009

27 de Noviembre - Día de la Virgen de la Medalla Milagrosa



El 27 de noviembre de 1830 la Virgen Santísima se apareció a Santa Catalina Labouré, humilde religiosa vicentina, y se le apareció de esta manera: La Virgen venía vestida de blanco. Junto a Ella había un globo luciente sobre el cual estaba la cruz. Nuestra Señora abrió sus manos y de sus dedos fulgentes salieron rayos luminosos que descendieron hacia la tierra. María Santísima dijo entonces a Sor Catalina:
"Este globo que has visto es el mundo entero donde viven mis hijos. Estos rayos luminosos son las gracias y bendiciones que yo expando sobre todos aquellos que me invocan como Madre. Me siento tan contenta al poder ayudar a los hijos que me imploran protección. ¡Pero hay tantos que no me invocan jamás! Y muchos de estos rayos preciosos quedan perdidos, porque pocas veces me rezan".

Entonces alrededor de la cabeza de la Virgen se formó un círculo o una aureola con estas palabras: "Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Ti".
Y una voz dijo a Catalina:
"Hay que hacer una medalla semejante a esto que estas viendo. Todas las personas que la lleven, sentirán la protección de la Virgen",
y apareció una M, sobre la M una cruz, y debajo los corazones de Jesús y María. Es lo que hoy se ve en la Medalla Milagrosa.

El Arzobispo de París permitió fabricar la medalla tal cual había aparecido en la visión, y al poco tiempo empezaron los milagros. (lo que consigue favores de Dios no es la medalla, que es un metal muerto, sino nuestra fe y la demostración de cariño que le hacemos a la Virgen Santa, llevando su sagrada imagen).

martes, 24 de noviembre de 2009

El sacerdote y la Eucarsitía


El sacerdote es el hombre del amor, porque el amor victorioso de Jesucristo ha vencido todo. El sacerdote vence amando y no hay mayor amor que dar la vida. Cuando el sacerdote ama, Cristo vence.
A los sacerdotes Dios nos ha pedido que entreguemos la vida para amar más. El sacerdote que no ama más, está desconociendo su verdadera identidad, porque estamos llamados a ser padre de todos, no de algunos, de los que me caen bien, los que me convienen. Estamos llamados a amar más y a todos.
El sacerdote tiene que amar más: a su familia, a la Iglesia, a su Obispo, a sus hermanos sacerdotes, a todas las personas, especialmente a los que Dios le encomiende. Un buen cura es el que ama de verdad a la gente.
La misericordia de Dios de la que el sacerdote es testigo y ministro, nos va cambiando el corazón. Confesando los pecados de la gente, perdonándolos en nombre de Cristo somos en Él "testigos fieles" de esta hermosa verdad: el pecado no ha vencido, y Dios nos ofrece incesantemente su perdón. La última palabra no la tiene el fracaso del pecado sino la entrega de Cristo por amor.
Y la gran síntesis de entrega y amor es la EUCARISTIA. Que don de Dios es un sacerdote que ame mucho a la Eucaristía. Así como la Eucaristía no existe sin el sacerdote, el sacerdote no existe sin la Eucaristía… Así de simple, así de claro, así de necesario. Para un sacerdote más que para nadie: un día sin Eucaristía es un día perdido, incompleto, vacío de lo más necesario para su propia vida.
La Eucaristía es para el sacerdote mas necesaria que el trabajo, que el alimento, que el descanso, que la acción pastoral, que todas esas y muchas otras son cosas necesarias, pero sin Eucaristía el sacedorte no tiene razón de ser, no tiene sentido. Que no pase UN DIA DE NUESTRA VIDA SIN EUCARISTÍA

jueves, 19 de noviembre de 2009

Discurso del Papa Benedicto XVI a los jóvenes y seminaristas en Nueva York


Parte del discurso que pronunció Su Santidad el Papa Benedicto XVI en la tarde del sábado 19 de abril de 2008, en su encuentro con los jóvenes y con los seminaristas en el Seminario de San José de Nueva York

"Queridos amigos, ¿qué ocurre hoy? ¿Quién da testimonio de la Buena Noticia de Jesús en las calles de Nueva York, en los suburbios agitados en la periferia de las grandes ciudades, en las zonas donde se reúnen los jóvenes buscando a alguien en quien confiar? Dios es nuestro origen y nuestra meta, y Jesús es el camino. El recorrido de este viaje pasa, como el de nuestros santos, por los gozos y las pruebas de la vida ordinaria: en vuestras familias, en la escuela o el colegio, durante vuestras actividades recreativas y en vuestras comunidades parroquiales. Todos estos lugares están marcados por la cultura en la que estáis creciendo. Como jóvenes americanos se les ofrecen muchas posibilidades para el desarrollo personal y están siendo educados con un sentido de generosidad, servicio y rectitud. Pero no necesitan que les diga que también hay dificultades: comportamientos y modos de pensar que asfixian la esperanza, sendas que parecen conducir a la felicidad y a la satisfacción, pero que sólo acaban en confusión y angustia.

Mis años de adolescente fueron arruinados por un régimen funesto que pensaba tener todas las respuestas; su influjo creció -filtrándose en las escuelas y los organismos civiles, así como en la política e incluso en la religión- antes de que pudiera percibirse claramente que era un monstruo. Declaró proscrito a Dios, y así se hizo ciego a todo lo bueno y verdadero. Muchos de los padres y abuelos de ustedes les habrán contado el horror de la destrucción que siguió después. Algunos de ellos, de hecho, vinieron a América precisamente para escapar de este terror.

Demos gracias a Dios, porque hoy muchos de su generación pueden gozar de las libertades que surgieron gracias a la expansión de la democracia y del respeto de los derechos humanos. Demos gracias a Dios por todos los que lucharon para asegurar que puedan crecer en un ambiente que cultiva lo bello, bueno y verdadero: sus padres y abuelos, sus profesores y sacerdotes, las autoridades civiles que buscan lo que es recto y justo.

Sin embargo, el poder destructivo permanece. Decir lo contrario sería engañarse a sí mismos. Pero éste jamás triunfará; ha sido derrotado. Ésta es la esencia de la esperanza que nos distingue como cristianos; la Iglesia lo recuerda de modo muy dramático en el Triduo Pascual y lo celebra con gran gozo en el Tiempo pascual. El que nos indica la vía tras la muerte es Aquel que nos muestra cómo superar la destrucción y la angustia; Jesús es, pues, el verdadero maestro de vida (cf. Spe salvi, 6). Su muerte y resurrección significa que podemos decir al Padre celestial: "Tú has renovado el mundo" (Viernes Santo, Oración después de la comunión). De este modo, hace pocas semanas, en la bellísima liturgia de la Vigilia pascual, no por desesperación o angustia, sino con una confianza colmada de esperanza, clamamos a Dios por nuestro mundo: "Disipa las tinieblas del corazón. Disipa las tinieblas del espíritu" (cf. Oración al encender el cirio pascual).

¿Qué pueden ser estas tinieblas? ¿Qué sucede cuando las personas, sobre todo las más vulnerables, encuentran el puño cerrado de la represión o de la manipulación en vez de la mano tendida de la esperanza? El primer grupo de ejemplos pertenece al corazón. Aquí, los sueños y los deseos que los jóvenes persiguen se pueden romper y destruir muy fácilmente. Pienso en los afectados por el abuso de la droga y los estupefacientes, por la falta de casa o la pobreza, por el racismo, la violencia o la degradación, en particular muchachas y mujeres. Aunque las causas de estas situaciones problemáticas son complejas, todas tienen en común una actitud mental envenenada que se manifiesta en tratar a las personas como meros objetos: una insensibilidad del corazón, que primero ignora y después se burla de la dignidad dada por Dios a toda persona humana. Tragedias similares muestran también que lo podría haber sido y lo que puede ser ahora, si otras manos, vuestras manos, hubieran estado tendidas o se tendiesen hacia ellos. Les animo a invitar a otros, sobre todo a los débiles e inocentes, a unirse a ustedes en el camino de la bondad y de la esperanza.

El segundo grupo de tinieblas -las que afectan al espíritu- a menudo no se percibe, y por eso es particularmente nocivo. La manipulación de la verdad distorsiona nuestra percepción de la realidad y enturbia nuestra imaginación y nuestras aspiraciones. Ya he mencionado las muchas libertades que afortunadamente pueden gozar ustedes. Hay que salvaguardar rigurosamente la importancia fundamental de la libertad. No sorprende, pues, que muchas personas y grupos reivindiquen en voz alta y públicamente su libertad. Pero la libertad es un valor delicado. Puede ser malentendida y usada mal, de manera que no lleva a la felicidad que todos esperamos, sino hacia un escenario oscuro de manipulación, en el que nuestra comprensión de nosotros mismos y del mundo se hace confusa o se ve incluso distorsionada por quienes ocultan sus propias intenciones.

¿Han notado ustedes que, con frecuencia, se reivindica la libertad sin hacer jamás referencia a la verdad de la persona humana? Hay quien afirma hoy que el respeto a la libertad del individuo hace que sea erróneo buscar la verdad, incluida la verdad sobre lo que es el bien. En algunos ambientes, hablar de la verdad se considera como una fuente de discusiones o de divisiones y, por tanto, es mejor relegar este tema al ámbito privado. En lugar de la verdad -o mejor, de su ausencia- se ha difundido la idea de que, dando un valor indiscriminado a todo, se asegura la libertad y se libera la conciencia. A esto llamamos relativismo. Pero, ¿qué objeto tiene una "libertad" que, ignorando la verdad, persigue lo que es falso o injusto? ¿A cuántos jóvenes se les ha tendido una mano que, en nombre de la libertad o de una experiencia, los ha llevado al consumo habitual de estupefacientes, a la confusión moral o intelectual, a la violencia, a la pérdida del respeto por sí mismos, a la desesperación incluso y, de este modo, trágicamente, al suicidio? Queridos amigos, la verdad no es una imposición. Tampoco es un mero conjunto de reglas. Es el descubrimiento de Alguien que jamás nos traiciona; de Alguien del que siempre podemos fiarnos. Buscando la verdad llegamos a vivir basados en la fe porque, en definitiva, la verdad es una persona: Jesucristo. Ésta es la razón por la que la auténtica libertad no es optar por "desentenderse de". Es decidir "comprometerse con"; nada menos que salir de sí mismos y ser incorporados en el "ser para los otros" de Cristo (cf. Spe salvi, 28).

Como creyentes, ¿cómo podemos ayudar a los otros a caminar por el camino de la libertad que lleva a la satisfacción plena y a la felicidad duradera? Volvamos una vez más a los santos. ¿De qué modo su testimonio ha liberado realmente a otros de las tinieblas del corazón y del espíritu? La respuesta se encuentra en la médula de su fe, de nuestra fe. La encarnación, el nacimiento de Jesús nos muestra que Dios, de hecho, busca un sitio entre nosotros. A pesar de que la posada está llena, él entra por el establo, y hay personas que ven su luz. Se dan cuenta de lo que es el mundo oscuro y hermético de Herodes y siguen, en cambio, el brillo de la estrella que los guía en la noche. ¿Y qué irradia? A este respecto pueden recordar la oración recitada en la noche santa de Pascua: "¡Oh Dios!, que por medio de tu Hijo, luz del mundo, nos has dado la luz de tu gloria, enciende en nosotros la llama viva de tu esperanza" (cf. Bendición del fuego). De este modo, en la procesión solemne con las velas encendidas, nos pasamos de uno a otro la luz de Cristo. Es la luz que "ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos" (Exsultet). Ésta es la luz de Cristo en acción. Éste es el camino de los santos. Ésta es la visión magnífica de la esperanza. La luz de Cristo les invita a ser estrellas-guía para los otros, marchando por el camino de Cristo, que es camino de perdón, de reconciliación, de humildad, de gozo y de paz.

Sin embargo, a veces tenemos la tentación de encerrarnos en nosotros mismos, de dudar de la fuerza del esplendor de Cristo, de limitar el horizonte de la esperanza. ¡Ánimo! Miren a nuestros santos. La diversidad de su experiencia de la presencia de Dios nos sugiere descubrir nuevamente la anchura y la profundidad del cristianismo. Dejen que su fantasía se explaye libremente por el ilimitado horizonte del discipulado de Cristo. A veces nos consideran únicamente como personas que hablan sólo de prohibiciones. Nada más lejos de la verdad. Un discipulado cristiano auténtico se caracteriza por el sentido de la admiración. Estamos ante un Dios que conocemos y al que amamos como a un amigo, ante la inmensidad de su creación y la belleza de nuestra fe cristiana."

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Misa en cárcel comunista - Cardenal Van Thuan



Misa en cárcel comunista
Testimonio del Cardenal Van Thuan

¿Cómo celebraba la misa el cardenal vietnamita que estuvo años en un campo de concentración?
Van Thuan, el arzobispo vietnamita que estuvo años en prisión, después cardenal de la Iglesia Católica, y hoy camino a los altares, da testimonio sobre cómo logró celebrar la misa en un campo de concentración comunista.

"Cuando me arrestaron, tuve que marcharme enseguida, con las manos vacías. Al día siguiente me permitieron escribir a los míos, para pedir lo más necesario: ropa, pasta de dientes... Les puse: Por favor, enviadme un poco de vino como medicina contra el dolor de estómago. Los fieles comprendieron enseguida.

Me enviaron una botellita de vino de misa, con la etiqueta: medicina contra el dolor de estómago, y hostias escondidas en una antorcha contra la humedad.

La policía me preguntó:
¿Le duele el estómago?
–Sí.
–Aquí tiene una medicina para usted.

Nunca podré expresar mi gran alegría: diariamente, con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de la mano, celebré la misa. ¡Éste era mi altar y ésta era mi catedral! Era la verdadera medicina del alma y del cuerpo: Medicina de inmortalidad, remedio para no morir, sino para vivir siempre en Jesucristo, como dice Ignacio de Antioquía.

A cada paso tenía ocasión de extender los brazos y clavarme en la cruz con Jesús, de beber con Él el cáliz más amargo. Cada día, al recitar las palabras de la consagración, confirmaba con todo el corazón y con toda el alma un nuevo pacto, un pacto eterno entre Jesús y yo, mediante su sangre mezclada con la mía. ¡Han sido las misas más hermosas de mi vida!"

martes, 17 de noviembre de 2009

DE LA VERDADERA Y PERFECTA ALEGRÍA - San Francisco de Asis


El mismo fray Leonardo refirió allí mismo que cierto día el bienaventurado Francisco, en Santa María, llamó a fray León y le dijo: «Hermano León, escribe».
El cual respondió: «Heme aquí preparado».
«Escribe –dijo– cuál es la verdadera alegría.
Viene un mensajero y dice que todos los maestros de París han ingresado en la Orden. Escribe: No es la verdadera alegría.
Y que también, todos los prelados ultramontanos, arzobispos y obispos; y que también, el rey de Francia y el rey de Inglaterra. Escribe: No es la verdadera alegría.
También, que mis frailes se fueron a los infieles y los convirtieron a todos a la fe; también, que tengo tanta gracia de Dios que sano a los enfermos y hago muchos milagros: Te digo que en todas estas cosas no está la verdadera alegría.
Pero ¿cuál es la verdadera alegría?
Vuelvo de Perusa y en una noche profunda llegó acá, y es el tiempo de un invierno de lodos y tan frío, que se forman canelones del agua fría congelada en las extremidades de la túnica, y hieren continuamente las piernas, y mana sangre de tales heridas.
Y todo envuelto en lodo y frío y hielo, llego a la puerta, y, después de haber golpeado y llamado por largo tiempo, viene el hermano y pregunta: ¿Quién es? Yo respondo: El hermano Francisco.
Y él dice: Vete; no es hora decente de andar de camino; no entrarás.
E insistiendo yo de nuevo, me responde: Vete, tú eres un simple y un ignorante; ya no vienes con nosotros; nosotros somos tantos y tales, que no te necesitamos.
Y yo de nuevo estoy de pie en la puerta y digo: Por amor de Dios recogedme esta noche.
Y él responde: No lo haré. Vete al lugar de los Crucíferos y pide allí.
Te digo que si hubiere tenido paciencia y no me hubiere alterado, pues en eso está la verdadera alegría y la verdadera virtud y la salvación del alma.»

domingo, 15 de noviembre de 2009

¿Es difícil la HORA SANTA? de Mons. Fulton Sheen


La Hora Santa, ¿es difícil? Algunas veces parecería ser difícil; podría significar tener que sacrificar un compromiso social, o levantarse una hora más temprano, pero en el fondo nunca ha sido una carga, sólo una alegría.

No quiero decir que todas las Horas Santas hayan sido edificantes como, por ejemplo, aquella en la Iglesia de San Roch en París. Entré en la Iglesia alrededor de las tres de la tarde, sabiendo que tenía que tomar un tren a Lourdes dos horas más tarde. Sólo hay unos diez días al año en los que puedo dormir durante el día; y este era uno de esos. Me arrodillé, y recé una oración de adoración, y luego me senté a meditar e inmediatamente me quedé dormido. Al despertar le dije al Buen Señor:´¿Habré hecho una Hora Santa?´ Pensé que Su ángel me decía: ´Bueno, esa es la forma en la que los Apóstoles hicieron su primera Hora Santa en el huerto de Getsemaní, pero no lo hagas otra vez´.

Una Hora Santa difícil que recuerdo fue cuando tomé un tren de Jerusalén a El Cairo. El tren partió a las cuatro de la mañana; eso significó levantarse muy temprano. En otra ocasión en Chicago, una tarde a las siete, le pedí permiso al párroco para entrar a su iglesia para hacer una Hora Santa, ya que la iglesia estaba cerrada. Más tarde él se olvidó de que me había dejado entrar, y me pasé alrededor de dos horas tratando de encontrar una manera de escapar.

Finalmente salté por una pequeña ventana y aterricé en la carbonera. Esto asustó al casero, que vino en mi auxilio.Al principio de mi sacerdocio hacía la Hora Santa durante el día o a la tarde. Al acumularse los años, me volví más ocupado, y hacía la Hora temprano a la mañana, generalmente antes de la Santa Misa. Los sacerdotes, como todas las personas, se dividen en dos clases: gallos y búhos. Algunos trabajan mejor por la mañana, otros durante la noche.-

El objetivo de la Hora Santa es fomentar un encuentro personal y profundo con Jesucristo. El santo y glorioso Dios nos invita constantemente a acercarnos a Él, conversar con Él, para pedirle las cosas que necesitamos y para experimentar la bendición de la amistad con Él. Cuando recién nos ordenamos, es fácil darnos por entero a Cristo, porque el Señor nos llena entonces de dulzura, de la misma manera en que una madre le da un caramelo a su bebe para animar su primer paso. El entusiasmo, sin embargo, no dura mucho; rápidamente aprendemos el costo del apostolado, que significa dejar redes y barcos, y contar mesas. La luna de miel termina pronto, como también el engreimiento de oír por primera vez aquel estimulante título de ´Padre´.

El amor sensible o amor humano disminuye con el tiempo, pero el Amor Divino no. El primero concierne al cuerpo, que responde cada vez menos a los estímulos, pero en el orden de la gracia, la respuesta de lo Divino, a lo pequeño, los actos humanos de amor se intensifican.

Ni el conocimiento teológico, ni la acción social sola, son suficientes para mantenernos en amor con Jesucristo, a menos que ambos estén precedidos por un encuentro personal con Él.

Moisés vio la zarza ardiendo en el desierto que no se alimentaba de ningún combustible. La llama, sin alimentarse de nada visible, continuaba existiendo sin destruir la madera. Una dedicación tan personal a Cristo no deforma ninguno de nuestros dones naturales, disposiciones o carácter; sólo renueva sin matar. Como la madera se transforma en fuego, y el fuego perdura, así nos transformamos en Cristo y Cristo perdura.

He descubierto que lleva algún tiempo enfervorizarse rezando. Esta ha sido una de las ventajas de la Hora diaria. No es tan corta como para no permitir al alma abismarse, y sacudirse las múltiples distracciones del mundo. Sentarse ante Su Presencia es como exponer el cuerpo al sol para absorber sus rayos. El silencio en la Hora es como un tête-à-tête con el Señor. En esos momentos, uno no saca tanto oraciones escritas, sino que escucha más. No decimos: ´Oye, Señor, porque Tu siervo habla´, sino ´Habla, Señor, que Tu siervo escucha´.

-Arzobispo Fulton J. Sheen-
apóstol de la Hora Santa ante el Santísimo Sacramento