sábado, 6 de junio de 2009

En la oscuridad de un hospital, por Nacho Bagattini

Un rayo de Luz, en medio de la oscuridad del dolor

El hospital, un ámbito en donde circula la alegría y la esperanza, pero muchas veces, y en mayor medida el dolor.

El hospital es lugar de nacimiento de muchas vidas, de recuperación de personas, es lugar de sanación…, pero muchas veces es también lugar de dolor, de abandono, de soledad, de desesperanza, de miedo, de angustia, de interrogantes, de vacío, y de tantas sensaciones más…
El hospital es el lugar donde las vidas se encienden, y también donde se apagan. Es lugar de luz y es lugar de oscuridad, esta última muchas veces profunda y sin salida.

Pero es en medio de esa luz y oscuridad, en medio de tanto dolor que clama compañía y amor, en donde una Luz potente quiere brillar. En el corazón del hospital, en una pequeña y humilde capilla, un pequeño sagrario contiene a quien desea ser Luz para la oscuridad de tantas personas. Esta Luz quiere irradiar esperanza, cariño, y mucho amor, para poder sanar las heridas más profundas que son las del corazón. Una Luz que desea sanar tantas soledades, preocupaciones, y miedos.

Esta luz desea recibir como el posadero a tantos enfermos, heridos y golpeados por la vida, en particular por el egoísmo, enfermedades, y sobre todo por la falta de amor. Pero esta Luz, quiere y desea como instrumentos, a “buenos samaritanos” que se animen a cargar sobre sí a tan grande y seria responsabilidad, que son las personas.

En medio de la noche del hospital, Jesús sueña, quizás, con jóvenes adoradores que hagan propagar la Luz del Santísimo y sus gracias a tantos corazones necesitados de Dios. Jóvenes que entreguen parte de su noche para acompañar a gente que quizás no posee nada. Jóvenes que en silencio y delante de Jesús sean luz y esperanza para tantos argentinos que están agotados y sin ganas de luchar ante las contrariedades que vivimos cotidianamente. Jóvenes que piensan que no pueden hacer nada y no sirven para nada, y que ahora, a través de la Luz de Jesús se sientan antorchas de paz, y sostén del que está cansado y abatido, pero porque ellos mismos se sienten reconfortados por esa Luz. Jóvenes que no se dejen robar la esperanza y quieran, con Jesús delante, acrecentar más el sueño de amar y hacer amar a quien llama a esta vocación cargada de misterio, pero al mismo tiempo de ilimitado amor. Jóvenes que no se dejen seducir por la “oscuridad” de la noche y no le teman a esa oscuridad, por la fe en un Jesús vivo que late en medio de tanto dolor, y pecado. Jóvenes y no tan jóvenes que se hacen cargo por amor a Jesús de sus hermanos experimentándose débiles y frágiles, como vasijas de barro, pero concientes de que en la debilidad triunfa el poder de Dios. Jesús sueña, quizás, con jóvenes corazones que se animen a latir junto a su Sagrado Corazón eternamente joven, en la loca idea de dar esperanza aún sin decir palabra. Jóvenes que empiecen a sentir que desde su pequeño aporte eucarístico, pueden hacer un aporte grande a su propia Patria, que tantas veces es vista sin horizontes...

Así, en medio de la “oscuridad” de la noche, irrumpe un rayo de fuerza que es gozo para tantos corazones abatidos.

Con el gesto de acompañar a Jesús, somos pequeñas lámparas encendidas que irradian calor y paz de quien nos ama con ternura de Padre.
Acompañando a Jesús, acompañamos a quienes están durmiendo en la oscuridad, pero que se despiertan con la sonrisa y la certeza de que a pesar de que están solos en su sala, y sin tener a alguien cercano, sienten que esa noche fueron acompañados.

¡Bendito y Alabado seas Jesús! por haber puesto este sueño en el corazón de tus amados sacerdotes, y volcarlo también al corazón de tus pequeñas lámparas encendidas los seminaristas, los laicos, los jovenes de tu Iglesia.

¡Somos instrumentos tuyos Señor!, y deseamos que este sueño que has puesto en nuestros corazones, sea pronto “hecho carne”, y a través del cual bendigas a muchos…

Vos estás llamado a ser santo, por Quique Carriquiri


¡Vos estás llamado a ser santo!

¿Te diste cuenta que estás llamado a ser muy, pero muy fecundo en manos de Dios? Jesús hoy te dice: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él da mucho fruto (…)” ¿Te das una idea de lo que significa esto?

¿Sabías que sos una semilla chiquita que está llamada a ser un gran árbol?

Capaz no lo pensamos mucho, pero Dios hace las cosas bien, y nosotros venimos de sus manos y todavía no estamos terminados… Si nos ponemos en sus manos Él va hacer cosas muy grosas en nosotros y a través nuestro…

¿Te pusiste a ver el efecto que produce un santo en el mundo? Un santo es un despelote, un terremoto, ¡un tsunami! Un santo es como una nubecita que se va agradando con el Amor de Dios, y que se va convirtiendo en una tormenta enorme. Así, riega la tierra seca de tantos corazones que necesitan a Dios…

¡El Espíritu Santo nos hace santos!

Un santo tiene un fuego prendido, un fuego que no es propio, es fuego de Dios, fuerza de Dios, que es el Espíritu Santo. El Espíritu Santo que es luz y calor para el corazón del santo, pero que va siendo luz y calor para muchísimas personas.

Un santo, una vida iluminada y encendida, una vida en manos del que es la Vida. Por eso, la vida de un santo engendra vida, da Vida. Enciende, ilumina, estimula, nos hace confiar en Dios, en su amor incondicional, desbordante.

Un santo le deja al mundo otros santos… ¡Muchos! Tantos que ni el mismo santo lo sabe.

¿Cómo mira un santo?

Un santo mira al mundo de otra forma, no porque él sea “recopado”, sino porque mira al mundo entero con los ojos, con la mirada de Jesús. Mira a cada persona con los ojos del Señor Jesús. Alcanza a ver lo que el mundo no ve. Mirando al hermano sabe cómo está, lee su corazón… Y mirando transmite a Dios, transmite la ternura de Dios, la paz. Con la esperanza en la mirada inspira a otros confianza en Dios, la alegría que solo viene de Jesús.

¿Cómo habla un santo?

Cuando un santo habla parece que todo siguiera igual por fuera, pero los corazones que lo escuchan vibran… A veces, vibran despacito, y otras, hasta el punto de estremecerse. Un santo lleva la espada de la Palabra de Dios, que atraviesa los corazones, que llega hasta lo más hondo de cada ser humano.

¿Hacia dónde camina un santo?

Un santo camina igual que cualquier persona, pero sus pasos, cada paso que da está guiado por el Espíritu Santo. Ninguno de sus pasos es en vano. Camina por la vida para amar… Hasta el movimiento más insignificante es ofrenda, aroma para Dios. Pero, ¿cómo? ¿Cuándo va a la cocina, al baño, glorifica a Dios y su vida es fecunda? ¡¡¡ Sí !!! Cada suspiro de un santo es para Dios un pequeño regalo que hace que se derrita de amor por sus hijos.

¿Un santo es perfecto?

¡No! Un santo no es perfecto, al revés… ¡Es muy pobre! ¿Tiene talentos, dones? ¡Eso no importa! De nada sirven los talentos y capacidades si no están movidas, animadas por el fuego del Espíritu Santo, del Amor de Dios. Pocos o muchos talentos no es lo importante, sino ponerlos en manos de Aquel que los puso en nosotros.

¿Un santo hace todo bien?

¡No! De hecho, tiene las mismas metidas de pata que todos nosotros. Entonces, ¿qué es lo que hace que un santo sea un santo?

“El” Santo

Un santo, en realidad, mira, respira, siente, gusta, escucha al único Santo: ¡Jesús! Jesús es el “Santo de Dios” (Mc 1, 24)

Un santo, como cualquier persona, pone su mirada en todo lo que va pasando alrededor… Pero, al menos una vez al día, mira al SANTO. Lo contempla en la Eucaristía. Dios te quiere terminar de hacer, quiere terminar la obra de sus manos, y lo quiere hacer en Jesús, por medio de Jesús, en Jesús… Dios quiere que seas su hijo en Jesús, su Hijo.

Un santo, como cualquier persona, siente aromas, los aromas del mundo, algunos muy ricos y seductores, otros feos, otros aromas agradables y sencillos. Los aromas que se desprenden de los corazones de las personas. Pero, un santo reconoce el aroma de Dios en las cosas, los lugares, las personas, los proyectos, el aroma de Dios en las decisiones…

Un santo, como vos y como yo, siente las alegrías y tristezas de la vida. Un santo no busca dejar de sufrir, no busca un estado “alfa”, no le alcanza con el “american dream” (casita, autito, confort, tranquilidad). Un santo siente más. Siente el Amor del que es SANTO de verdad, se deja abrazar por el amor de un Dios que le entrega la propia vida de su Hijo Jesús.

Un santo gusta de las cosas simples de la vida: amigos, familia, artes, deportes… y gusta de estas cosas a fondo, sabiendo que son un anticipo que nos da el Santo de los Santos. Sí, Jesús nos regala la Vida Eterna (Jn 10,10), y todos los momentos lindos de esta vida son un anticipo de ella.

Un santo no es un cerrado o un aislado que no escucha a nadie… Un santo, al revés de esto, escucha a TODOS. Un santo escucha mucho. Calla, da de su tiempo y escucha. Y así, en las distintas voces va reconociendo la voz del Santo, de Jesús, que es la Palabra de Dios hecha carne (Jn 1, 17). Entonces, un santo escucha todo, pero sus oídos buscan sobre todo la Palabra de Dios, buscan al Maestro, al que dice de sí mismo: “Yo soy la Verdad”.

¿Un santo se hace? ¿Qué tengo que hacer?

Bueno… lo que hay que hacer es, básicamente, nada. Un santo no se hace, un santo ES. Santo es el que se maravilla de Dios, de lo que Dios es, de las obras que Dios mismo hace. Santo es el que se va maravillando creación permanente de Dios, con la Salvación permanente de Dios.

Santo no es el intachable, sino el que tiene la certeza, por gracia del Espíritu, de que existe un intachable…JESÚS.

Santo no es el fuerte, sino el que confía en la fuerza de Dios, que es el Evangelio.

Santo no es el que puede ser fiel, sino el que ve, el que goza profundamente de la fidelidad inconmovible de Dios.

Santo no es el que hace muchas cosas… sino el que deja que Dios haga cosas grandes en su propio corazón y en los demás…

Santo es a quien el Padre en el Hijo y por el Espíritu, le va haciendo saber, gustar, experimentar su Santidad infinita y gloriosa, desbordante… Él es EL Santo que vino a este mundo, que El mismo hizo, para seamos santos como ÉL es santo. Para que seamos hijos como Él es Hijo.

Sí… Vos estás llamado a ser un santo. ¿Sabés por qué? Porque Dios te ama con locura, y desde la Eucaristía de derrite de amor por vos… Quiere que te sientas tan Hijo de Dios como El…

Quiere hacer grandes cosas con vos…

¡Quiere llenar el mundo de su amor a través tuyo! ¡Quiere dar Vida eterna a través tuyo! Quiere invitar a que otros vivan su amor a través tuyo…

¿Sabías que podés ser un santo? El único requisito es… ¿Vos querés? ¿Deseas ser santo hoy?

Ese deseo lo inspira, lo pone Dios. Y Dios no pone deseos en el corazón que Él mismo no sea capaz de realizar…

Un santo, una bolsa enorme, llena de semillas, sembrador… Un santo… una lluvia que riega kilómetros y kilómetros de tierras de corazones áridos, secos…

Un santo, pobre, silencioso… Camina por el mundo, pero va prendiendo fuego del Reino de Dios que viene… Un santo va dejando Vida en lugares estériles, va generando una movida insospechada…

Un santo entrega al mundo otros santos… ¡Dios quiere que seas santo! Si vos querés, nada, ni nadie va poder impedir que Dios haga de vos un gran regalo para nuestro mundo!

Miralo en la Eucaristía y pedile que te haga santo porque Él es santo. Miralo en la Eucaristía y decile que sos pobre, que no terminas de creer en su Amor, pero que te haga confiar, abandonarte. Miralo en la Eucaristía, y pedile que de descubra su gloria, su luz, su resplandor… MIralo en la Eucaristía y decile cuánto necesitas su abrazo, su cercanía, sus palabras… Miralo en la Eucaristía, y pedile que te ayude a alabarlo, a bendecirlo… Miralo en la Eucaristía y pedile que te haga sentir que Él no te va soltar nunca… MIralo en la Eucaristía, miralo solo a Él… Solo a Él, solo a Jesús… La tierra entera se llena de su Presencia… Dale gracias, bendecilo, solo Jesús… Miralo en la Eucaristía y pronuncia su Nombre en tus labios… Jesús… Solo Él alcanza, basta y sobra…

jueves, 4 de junio de 2009

Andá a la Eucaristía


Si tuviera que elegir de entre todos los consejos posibles un solo consejo para darle a una persona, si tuviera ocasión de decirle una sola cosa a alguien, o acaso una última recomendación o mensaje final, sin dudarlo, le diría simplemente esto: “andá a la Eucaristía”.
En la Eucaristía está todo. Porque es el TODO hecho Presencia. Si supiéramos de verdad Quién vive en el Sagrario y lo supiéramos con íntima y absoluta convicción, no dudaríamos en pasar el mayor tiempo posible en la capilla, junto al Sagrario.
Andá a la Eucaristía porque es el Señor. Es el mismo Señor que está a la derecha del Padre en la Gloria y que trae esa Gloria a nuestras capillas, a nuestras casas de oración. Ninguno de nosotros puede llegar al Cielo, pero el Cielo sí puede llegar a nosotros. Y eso es la Eucaristía, la puerta del Cielo en esta tierra, la puerta de la Gloria; la puerta del amor del Padre; la puerta del Espíritu Santo. Todo eso es la Eucaristía. Porque la Eucaristía es Cristo
Hay tanta gloria, tanta luz, tanto poder en la Eucaristía que nuestra conciencia no lo puede ver. Es como cuando recién nos despertamos y encendemos de golpe una fuerte luz o abrimos las ventanas: tanta luz nos enceguece y no vemos nada, incluso menos que en la oscuridad a la que ya estábamos acostumbrados. Lo mismo sucede con el alma que empieza a adorar la Eucaristía. No puede ver al instante tanta gloria que tiene frente a sí, y su corazón no se derrite de gozo, y su mente se distrae, y su cuerpo se incomoda… Es porque no puede ver de golpe tanta luz, el que vive en la oscuridad de esta vida, donde las cosas mas importantes no se ven. Pero de a poco, si somos fieles al “deseo de Eucaristía” que Dios pone en nuestras almas, vamos viendo con más claridad, y nos vamos dando cuenta de verdad lo que creíamos y deseábamos, y de repente un día surge como un grito interior: “¡Es verdad! ¡Es el Señor! ¡Ha resucitado!” Y entonces va creciendo el deseo de estar con Él en el Sagrario, va creciendo el gozo interior (que no siempre es a nivel del sentimiento aunque muchas veces sí), y hasta el cuerpo se serena y muchas veces nos lleva él solo hasta la capilla aunque sea unos instantes nomás.
Si tuviera que darte un consejo, uno solo, sin dudarlo te diría: andá a la Eucaristía. Porque como es Cristo, el Señor, y está vivo de verdad, y te ama con un amor que ni podemos imaginar, Él mismo se encarga de hacerte saber todo lo que necesitas, Él mismo se encarga allí de quitarte las cosas que te sobrecargan, de limpiar lo que no te deja estar en paz, de sembrarte sueños y deseos, de volver llamarte a la vida.
Quien va a la Eucaristía aprende de a poco a escuchar la voz del Señor que llama a la vida, y vida en abundancia. Si supiéramos todos los bienes que salen de la Eucaristía no dejaríamos de visitarla ni un solo día de nuestras vidas.
Por eso: te aconsejo que tengas la buena costumbre de visitar a Jesús en el Sagrario, todos los días. No importa que sea sólo un ratito, aunque sea muy poco tiempo, no importa; pero sí hacelo todos los días, y vas a ver como el mismo Señor se va encargando de llevarte cada día, de ir poniéndote el deseo de seguirlo y de estar a solas con Él…
Nunca me cansaría de hablar de la Eucaristía, porque es Jesús. Porque es fuente increíble e infinita de bienes y bendiciones. Porque ni te imaginás el bien que le hace tu adoración a tu alma, a tu familia, a tu novio/a, a tus amigos, y a todo el mundo. Cada vez que te arrodillas frente a Jesús Eucaristía viene del cielo una bendición divina para el mundo. Y cuanto más adoración, más bendición; y cuanto más adoradores, más bendición…
Por eso es que insisto y aún a riesgo de ser repetitivo quiero decírtelo una vez más:
Si tuviera que darte sólo un consejo, el más importante de todos, diría sin dudarlo: andá a la Eucaristía.
¿Qué esperás...?

martes, 2 de junio de 2009

Benedicto XVI: "El Espíritu Santo vence al miedo"



De la Homilía del Papa Benedicto XVI el Domingo de Pentecostés:

"Igual que el aire para la vida biológica, es el Espíritu Santo para la vida espiritual; e igual que existe una contaminación atmosférica que envenena el ambiente y los seres vivos, igual existe una...
Igual que el aire para la vida biológica, es el Espíritu Santo para la vida espiritual; e igual que existe una contaminación atmosférica que envenena el ambiente y los seres vivos, igual existe una contaminación del corazón y del espíritu que mortifica y envenena la existencia espiritual...
Es necesario que la Iglesia esté menos obsesionada por las actividades y más dedicada a la oración..."

lunes, 1 de junio de 2009

Homilía de Pentecostés


Hoy celebramos el Domingo de Pentecostés, la Fiesta de la efusión del Espíritu Santo sobre la Iglesia, sobre los creyentes y sobre el mundo. Y en este acontecimiento litúrgico le pedimos a Dios que renueve en nosotros la gracia del Espíritu.

El Catecismo de la Iglesia Católica dice en el nº 236 lo siguiente: “Los Padres de la Iglesia distinguen entre la "Theologia" y la "Oikonomia", designando con el primer término el misterio de la vida íntima del Dios-Trinidad, con el segundo todas las obras de Dios por las que se revela y comunica su vida. Por la "Oikonomia" nos es revelada la "Theologia"; pero inversamente, es la "Theologia", quien esclarece toda la "Oikonomia". Las obras de Dios revelan quién es en sí mismo; e inversamente, el misterio de su Ser íntimo ilumina la inteligencia de todas sus obras. Así sucede, analógicamente, entre las personas humanas. La persona se muestra en su obrar y a medida que conocemos mejor a una persona, mejor comprendemos su obrar.”
Nuestra inteligencia humana se halla limitada a la hora de conocer y comprender a Dios. Por eso si bien es posible para la razón humana conocer a Dios, es conveniente, hasta necesario, que Dios se revele a Sí mismo a través de su obrar para poder conocer el ser de Dios. Lo mismo nos pasa con las personas humanas, no podemos conocer más que lo que el obrar muestra, aunque a partir de ese conocimiento podamos conocer la interioridad y el ser del otro.
Y así es como la Iglesia a través del obrar del Espíritu puede conocer quién es. Dios se ha revelado como Uno y Trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo. A Dios Padre podemos entender con cierta lucidez, ya que tenemos una imagen concreta de padre, ya tengamos una buena o mala imagen o experiencia de paternidad, tenemos una referencia tangible para nosotros, un parámetro. Lo mismo sucede con Dios Hijo, ya que además de comprender la categoría filiación, tenemos a Jescuristo, el hombre Dios, que es uno como nosotros, como diría San Pablo “uno como cualquiera” que nos hace accesible la idea de Dios Hijo. Pero cuando hablamos del Espíritu Santo necesitamos representaciones que nos den una idea pero no tenemos parámetro para su identidad como si lo tenemos para el Padre y el Hijo.
La Iglesia en estas lecturas que nos propone en este día nos da a contemplar ciertas imágenes que nos pueden ayudar a comprender la identidad del Espíritu Santo. Hablaremos de su “oikonomía” es decir de su obrar en nosotros.
En la lectura de los Hechos donde se nos narra el acontecimiento de la efusión del Espíritu Santo sobre María Santísima y los Apóstoles. Estando reunidos en oración el Espíritu Santo los une con lazos de profundidad inimaginable. Es el que convierte a los “Once” y se convierten en Iglesia. De otra manera no podrían estar unidos a ese nivel de darles una misma identidad. Pero además hay otro signo prodigioso de unidad. Los Apóstoles salen a predicar inmediatamente ante un auditorio sumamente dispar ya que es la Fiesta judía de Pentecostés y hay gente de todas las nacionalidades en Jerusalén, donde cada uno habla su propia lengua. Y cada uno escucha a los Apóstoles en su propio idioma. Una maravillosa y simple respuesta de Dios al episodio de Babel que se narra en Génesis 11 donde la ambición desmedida del hombre provocó la ruptura y la incomprensión mutua, signo de lo cual es la división en lenguas de la humanidad. Pentecostés es la respuesta: el Espíritu Santo une lo separado, lo distinto, lo que no podría unirse con la sola fuerza humana.
Hermosa imagen del Espíritu que une y que tanto necesitamos nosotros. En estos tiempos de cambios culturales vertiginosos sucede a veces que el hermano mayor no entiende al mas chico, quizás hay pocos años de diferencia pero ya hablan otro idioma. Ni que hablar los hijos con los padres o con los abuelos… Entonces a veces en una familia pueden ser cuatro personas que conviven en una casa y son cuatro idiomas diferentes que no pueden llegar a entenderse y por lo cual tampoco unirse, lo que a veces da lugar a situaciones dolorosas de conflictos y divisiones. Lo único que puede unir verdaderamente a nuestras familias es el Espíritu Santo que une con lazos muchísimo más profundo que los lazos de la carne y de la sangre. “La familia que reza unida permanece unida” y esto sigue siendo necesario, porque es así como nos abrimos a la acción del Espíritu, es rezando como nos abrimos a poner la unidad de nuestras familias en un fundamento que no se rompa, mucho mas estable que la propia voluntad o deseo, ya que estos son volubles, pueden cambiar.
El Espíritu Santo es el único que puede unir a la Iglesia. A veces vemos tantas diferencias que enfrentan y dividen, posturas, ideologías… Sólo el Espíritu Santo puede dar profunda unidad a la Iglesia.
También nuestra Patria necesita una unidad que venga del Espíritu. Nuestra historia marcada por la violencia, agresiones a causa de la mutua incomprensión. Violencia que genera resentimiento y este resentimiento que genera odio, y el odio que genera más violencia, y este a su vez un resentimiento aún mayor… Un circulo vicioso del que aparentemente no hay manera de salir. Sólo el Espíritu Santo puede unirnos. Llega un punto en que la fuerza humana no alcanza ya que no se trata en nuestra Patria solamente de llegar a acuerdos entre la dirigencia de todos los niveles y ámbitos. Se trata de un cambio interior donde todos estemos dispuestos a dejar de lado lo particular en orden a lo común. Apostar siempre a un bien mas grande que la propia idea, la propia parte, el propio beneficio. El problema social de nuestra Patria no pueden solucionarlo ni la política ni la economía. Sólo Dios…
Sólo Dios puede sanar y unir lo que está tan separado. En la oración colecta de esta Misa le pedíamos al Padre que el Espíritu Santo realice en nosotros grandes prodigios como al comienzo de la predicación apostólica.
Otra obra del Espíritu es la apertura de lo que está cerrado. Cerrarnos es la tentación que nos viene sobre todo cuando nos agreden o sentimos miedo u hostilidad. Pero replegarse siempre es peor. Sólo el Espíritu de Dios puede darnos la confianza y la fuerza para permanecer abiertos al mundo, aunque piense y jzgue distinto que nosotros. Cristo nos envía al mundo, a entregarnos por él, a ser luz de las gentes, de los pueblos. Sabemos que la Luz del mundo es el mismo Jesucristo. Si estamos cerrados esa luz nunca llegará a donde Dios envía a llevar. El cristiano no puede replegarse y cerrarse en sus miedos, en sus posturas, ni en sus ideas ni siquiera en sus creencias. Nunca ha de cerrarse porque es abierto como se sale al encuentro del otro. Y para abrirse necesitamos el Espíritu Santo
Este es el Espíritu de Dios el que une y abre. Y podemos entonces decir que Él mismo es como la unidad y la apertura en Dios
En su obrar une lo que está separado, abre e impulsa a salir de nuestras cárceles interiores. Pidamos este Don de Dios que es el Espíritu Santo, para que podamos unirnos y abrirnos en nuestras vidas, en nuestras familias, en nuestra Patria, en la Iglesia y en el mundo.
Que podamos experimentar esta obra que nos transforme interiormente y nos configure así con Jesucristo; como la Santísima Virgen y los Apóstoles que desde el día de Pentecostés se supieron Iglesia, sacramento de unidad y de salvación para el mundo.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Los Dones del Espíritu Santo


1. “Si conocieras el DON de DIOS” le dijo Jesús a la Samaritana, y te lo dice hoy otra vez a vos, aquí y ahora. Frase curiosa y sugerente, ¿qué habrá que conocer ahí? Ese misterioso “Don de Dios” es un RIO de AGUA VIVA que se llama Espíritu Santo y que nos viene por Jesucristo. Para que quien conozca ese DON de DIOS nunca mas vuelva a tener sed… (cfr. Jn 4, 10-15 y Jn 7, 37-39).
Iniciando la Novena de Pentecostés, donde con toda la Iglesia imploramos y esperamos en oración confiada el Don del Espíritu Santo, es bueno meditar unos instantes sobre los “siete dones” que éste Espíritu de Dios nos regala y que ya se nos ha dado en el Bautismo y la Confirmación. Que este próximo Pentecostés sea para nosotros una profunda renovación en nosotros del “Don de Dios” que es el Espíritu Santo en nuestras almas.

2. Necesidad de los dones:
Estamos llamados a ser santos, pero nuestra naturaleza humana a veces no nos ayuda y hasta muchas veces nos es un obstáculo para llegar a esa cumbre que es la santidad. Es el pecado original...
Santo Tomas de Aquino (en la Suma Teológica I-II, q. 85, a 3) nos explica que aunque el pecado original haya sido borrado el dia de nuestro bautismo, sin embargo permanecen en nuestra naturaleza sus heridas o efectos que nos afectan en cuatro niveles: a) la inteligencia (la verdad no nos es evidente siempre y podemos equivocarnos); b) la voluntad (no siempre elegimos el bien sino que a veces podemos caer en la malicia); c) el apetito irascible (muchas veces somos débiles frente a los bienes arduos) y d) el apetito concupiscible (no siempre dejamos que la razón modere los bienes deleitables). Nuestra naturaleza está herida y por lo tanto es deficiente para alcanzar su vocación que es la SANTIDAD.
Es por eso que Dios nos DA los siete dones del Espíritu Santo, para darle a la naturaleza herida por el pecado original los auxilios necesarios para llegar a la SANTIDAD.

3. Naturaleza de los Dones del Espíritu Santo.
El Catecismo de la Iglesia Católica (CEC) dice que los Dones del Espíritu Santo son: “disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo” (CEC 1830), “completan y llevan a su perfección las virtud de quienes los reciben. Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas” (CEC 1831). Es decir estos siete dones son capacitaciones extraordinarias para subsanar nuestras heridas de la naturaleza, y en nuestras vidas cumplen la función de “deificarnos”, es decir que es como si recibiéramos una transfusión de sangre directamente de Dios, y esa sangre en nosotros nos va convirtiendo en seres semejantes a Él. Todo Don del Espíritu Santo es Dios mismo actuando en una región determinada de nuestras almas.

3. Los “siete dones” del Espíritu Santo.
Desde siempre la tradición reconoce que son siete los dones del Espíritu Santo. El antiguo himno latino “Veni Creator Spiritus" dice en una de sus estrofas: “Tu septiformis munere” que podríamos traducir libremente como: “Tú que repartes tu don de siete formas”. Y la Secuencia de Pentecostés canta: “Da tuis fidelibus in te confidentibus sacrum septenarium” (da a tus fieles que confían en Ti, tus siete sagrados dones).
Además de la tradición el Catecismo de la Iglesia Católica dice: “Los siete dones del Espíritu Santo son: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Pertenecen en plenitud a Cristo, Hijo de David (cf Is 11,1-2).” (CEC 1831).

Tratemos de ahondar en estos días de la Novena de Pentecostés en cada uno de estos siete dones, que nos van preparando el alma para recibir el verdadero DON de DIOS, que es el mismo Espíritu Santo y que viene a completarnos para nunca mas tengamos sed.

lunes, 25 de mayo de 2009

La vida es vocación


La vida es vocación y por eso toda vocación es absolutamente personal y singular, porque como la vida, no existe en abstracto sino que es una realidad que se da en cada viviente de modo único, así también la vocación es la realidad de ser llamados de modo individual y personal por Dios para construir el mundo y la historia desde la propia existencia según su designio salvífico.
Existen tanas vocaciones como personas, y por eso la búsqueda de la vocación ha de ser una aventura necesariamente personal, por caminos aún no explorados, y que nadie puede recorrer en lugar de uno.
Si buscáramos una definición podríamos decir que la vocación es la vida que Dios ha pensado para un hombre, que Dios desea para un hombre concreto. Pero ese deseo de Dios no es una arbitrariedad suya, una especie de capricho divino que reparte roles, identidades y “tareas” a mansalva y al azar, sino que es un “pro-yecto” (en sentido de lanzar hacia adelante) de su Amor a partir de mi realidad personal. La vocación no nace de una necesidad de Dios a la cual el hombre esté llamado a paliar, sino que tiene su origen en su conocimiento amoroso de cada persona. Como Dios me conoce, sabe lo mejor para mí: he ahí el misterio de la vocación. “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” dice la Escritura. Como cada hombre es persona, uno en sí mismo (per se unum según una de las posibles etimologías de persona), ese conocimiento y esa salvación se realizan de modo personal, y la vocación no es otra cosa que la tendencia del corazón del hombre que lo mueve a la salvación y a la verdad.
Como Dios me conoce mejor que nadie, y como además El conoce el mundo como nadie, vocación, entonces es lo que Dios desea para alguien porque el conoce cuál es el punto de la historia y del mundo de máxima posibilidad de plenitud para ese hombre concreto. Podríamos decir la vocación más que un mandato de Dios es el modo de vida donde mas yo mismo puedo ser, donde tengo mayor posibilidad de felicidad y plenitud, el modo de vida que mas se adecúa a mi.
Vocación es nuestra identidad, es nuestra historia, es nuestra realidad. Siendo que la plenitud está en juego, cada hombre ha de cuestionarse constantemente por su vocación, ya que no se trata de una cuestión que se ha de abordar sólo en la juventud a la hora de elegir caminos más o menos definitorios, sino constantemente, porque la vocación existe en el hoy de cada hombre. Vale decir que Dios desea algo para el hoy concreto del hombre, y el hombre esta llamado a escuchar ese deseo de Dios cada día.
De lo dicho se desprende entonces que la vocación en cristiano se entiende como un misterio personal de fe: un proyecto de Dios para un hombre concreto que partir del modo de ser de ese hombre, de su identidad; proyecto de Dios para que ese hombre pueda alcanzar el máximo desarrollo posible de su fidelidad y amor a Dios y a los hermanos, y por ende, su máxima posibilidad de plenitud y felicidad. Y que además de ser personal es siempre presente, se realiza en el presente que es siempre el tiempo propicio de la vocación.

Algunas pistas para el llamado personal:
• Para conocer la propia vocación es necesario conocer a Dios, conocerse a uno mismo y conocer la realidad del mundo.
• Sólo Dios conoce los caminos de cada uno. Se necesita estar en profunda comunión con Él (Eucaristía y Sacramentos, oración, vivir en Gracia)
• La vocación está siempre al servicio de Dios, de la Iglesia, de la Patria y del mundo
• La vocación ha de preguntarse:
1) qué necesidades hay a mi alrededor.
2) qué cosas me atraen y me hacen feliz.
3) qué cosas me salen bien (aptitudes).
4) para qué cosas me buscan los demás.
• Tratar de tener el hábito de escuchar los llamados cotidianos del Espíritu de Dios en nuestra vida