domingo, 1 de diciembre de 2013
Adviento: "Las dos venidas de Cristo"
De las catequesis de san Cirilo de Jerusalén, obispo
(Catequesis 15,1-3: PG 33, 870-874)
Anunciamos la venida de Cristo, pero no una sola, sino
también una segunda, mucho más magnífica que la anterior. La primera llevaba
consigo un significado de sufrimiento; esta otra, en cambio, llevará la diadema
del reino divino.
Pues casi todas las cosas son dobles en nuestro Señor
Jesucristo. Doble es su nacimiento: uno, de Dios, desde toda la eternidad;
otro, de la Virgen, en la plenitud de los tiempos. Es doble también su
descenso: el primero, silencioso, como la lluvia sobre el vellón; el otro,
manifiesto, todavía futuro.
En la primera venida fue envuelto con fajas en el pesebre;
en la segunda se revestirá de luz como vestidura. En la primera soportó la
cruz, sin miedo a la ignominia; en la otra vendrá glorificado, y escoltado por
un ejército de ángeles.
No pensamos, pues, tan sólo en la venida pasada; esperamos
también la futura. Y, habiendo proclamado en la primera: Bendito el que viene en
nombre del Señor, diremos eso mismo en la segunda; y saliendo al encuentro del
Señor con los ángeles, aclamaremos, adorándolo: Bendito el que viene en nombre
del Señor.
El Salvador vendrá, no para ser de nuevo juzgado, sino para
llamar a su tribunal a aquellos por quienes fue llevado a juicio. Aquel que
antes, mientras era juzgado, guardó silencio refrescará la memoria de los
malhechores que osaron insultarle cuando estaba en la cruz, y les dirá: Esto
hicisteis y yo callé.
Entonces, por razones de su clemente providencia, vino a
enseñar a los hombres con suave persuasión; en esa otra ocasión, futura, lo
quieran o no, los hombres tendrán que someterse necesariamente a su reinado.
De ambas venidas habla el profeta Malaquías: De pronto
entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis. He ahí la primera
venida.
Respecto a la otra, dice así: El mensajero de la alianza que
vosotros deseáis: miradlo entrar —dice el Señor de los ejércitos—. Quién podrá
resistir el día de su venida?, ¿quién quedará en pie cuando aparezca? Será un
fuego de fundidor, una lejía de lavandero: se sentará como un fundidor que
refina la plata.
Escribiendo a Tito, también Pablo habla de esas dos venidas,
en estos términos: Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos
los hombres; enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y
a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa aguardando la
dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro,
Jesucristo. Ahí expresa su primera venida, dando gracias por ella; pero también
la segunda, la que esperamos.
Por esa razón, en nuestra profesión de fe, tal como la hemos
recibido por tradición, decimos que creemos en aquel que subió al cielo, y está
sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a
vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.
Vendrá, pues, desde los cielos, nuestro Señor Jesucristo.
Vendrá ciertamente hacia el fin de este mundo, en el último día, con gloria. Se
realizará entonces la consumación de este mundo, y este mundo, que fue creado
al principio, será otra vez renovado.
martes, 17 de septiembre de 2013
El Papa Francisco, un nuevo modelo de liderazgo
“La única verdad es la realidad” dice
el clásico adagio peronista que seduce con la belleza de su misma lógica. Y si la
frase quizás tenga un origen en la cosmovisión aristótelica del mundo, en Perón
significaba un modo de concebir la historia, el mundo, la política y por ende
la praxis: más que los “relatos” y la imagen, lo que cuenta es el conocimiento
de lo real, es decir, de las cosas tal como son.
En estos tiempos que corren, tanto en
política como en liderazgo en general, este clásico axioma es más expresado que
creído, más postulado que tomado en serio. Hoy en día lo que cuenta es la
imagen, las encuestas, los gestos en tanto que vistos. Hoy en día el adagio
sería: la única verdad es lo que se ve, o mejor aún, cómo se ve lo que se ve.
Y aunque me fascinaría aquí ponerme a
pensar sobre la relación del sujeto y el objeto en la dinámica del
conocimiento, sin embargo paso por alto ese tema de verdad interesante para
tratar de pensar en los límites a los que nos lleva esta hermenéutica del
mundo, y de sus consecuencias sociales, específicamente en la praxis política.
También en la política pareciera que
“la imagen lo es todo”, quizás por eso percibimos a tantos actores de la vida
pública nacional demasiado preocupados por su imagen, por su nivel de
aceptación en las encuestas, por cómo miden y los vemos a veces lejanos de la realidad en
sí. Se alejan a tal punto de la sociedad que sorprenden cada tanto con
declaraciones o actitudes que parecen surrealistas o sacadas de alguna película
grotesca, pero que no son otra cosa que la consecuencia de su percepción de las
cosas. Francisco es un fenómeno que fascina,
quizás entre muchos factores porque entiende que la realidad es lo verdadero,
pero también porque sabe mostrar que lo entiende.
El Papa asume su cargo de jefe de la Iglesia
en un momento crítico de la institución, aquejada por un envejecimiento progresivo y notable. Llegó a una estructura gobernada, al menos hace veinte años por
hombres muy ancianos y con evidentes e importantes limitaciones a causa de la
vejez, como fue el caso de Juan Pablo II desde los años 90 y de Benedicto XVI
que ya asumió el Papado a los 77 años y luego de haber sufrido un accidente
cerebro vascular. En ese contexto de “envejecimiento” llega Bergoglio, un hombre que
pese a ser ya casi anciano (“nosotros los viejos” dijo en más de un discurso
papal) comprendió inmediatamente que la Iglesia necesitaba un liderazgo
carismático y joven. Y se animó entonces a realizar al principio algunos
pequeños cambios que sacudieron en el bimilenario protocolo eclesiástico y
hasta escandalizaron a más de uno. Pero el mensaje era claro: vamos a cambiar,
no le vamos a tener miedo a los cambios, no le vamos a tener miedo al miedo de
los demás. Y fue el primero que asumió ese riesgo desde el primer minuto
como Papa al salir al balcón con su vieja cruz de metal negro y la sencilla
sotana blanca. Y luego empezó a “bombardear” a la opinión pública mundial
con actitudes, palabras y gestos que mostraban claro una cosa: éste hombre
conoce en carne propia la vida de los hombres. ¿Por qué puede hacer todo esto? Porque
se dio cuenta del problema real de la Iglesia y quiere actuar en consecuencia.
El nuevo liderazgo de Francisco
consiste en buscar entender la realidad -aunque dé miedo o desagrade-,
enfrentarla -aunque moleste e incomode-, y tener la valentía y la libertad para
querer transformarla.
De eso se trata la novedad del
liderazgo de Francisco, un hombre que no se preocupa sólo de su imagen, ni sólo
de hacer lo correcto, sino de ambas cosas, que si no se dan simultáneamente,
corroen y aíslan a quien ejerce el liderazgo. Estas dos lecciones debieran
aprender todos los líderes de nuestro tiempo.
martes, 20 de agosto de 2013
Si creció el pecado, más grande fue la gracia - San Bernardo Abad
20 de agosto, día de San Bernardo
¿Dónde podrá hallar nuestra debilidad un descanso seguro y
tranquilo, sino en las llagas del Salvador? En ellas habito con seguridad,
sabiendo que él puede salvarme. Grita el mundo, me oprime el cuerpo, el diablo
me pone asechanzas, pero yo no caigo, porque estoy cimentado sobre piedra
firme. Si cometo un gran pecado, me remorderá mi conciencia, pero no perderé la
paz, porque me acordaré de las llagas del Señor. Él, en efecto, fue traspasado
por nuestras rebeliones. ¿Qué hay tan mortífero que no haya sido destruido por
la muerte de Cristo? Por esto, si me acuerdo que tengo a mano un remedio tan
poderoso y eficaz, ya no me atemoriza ninguna dolencia, por maligna que sea.
Por esto, no tenía razón aquel que dijo: Mi culpa es
demasiado grande para soportarla. Es que él no podía atribuirse ni llamar suyos
los méritos de Cristo, porque no era miembro del cuerpo cuya cabeza es el
Señor.
Pero yo tomo de las entrañas del Señor lo que me falta, pues
sus entrañas rebosan misericordia. Agujerearon sus manos y pies y atravesaron
su costado con una lanza; y, a través de estas hendiduras, puedo libar miel
silvestre y aceite de rocas de pedernal, es decir, puedo gustar y ver qué bueno
es el Señor.
Sus designios eran designios de paz, y yo lo ignoraba.
Porque, ¿quién conoció la mente del Señor? ¿quién fue su consejero? Pero el
clavo penetrante se ha convertido para mí en una llave que me ha abierto el
conocimiento de la voluntad del Señor. ¿Por qué no he de mirar a través de esta
hendidura? Tanto el clavo como la llaga proclaman que en verdad Dios está en
Cristo reconciliando al mundo consigo. Un hierro atravesó su alma, hasta cerca
del corazón, de modo que ya no es incapaz de compadecerse de mis debilidades.
Las heridas que su cuerpo recibió nos dejan ver los secretos
de su corazón; nos dejan ver el gran misterio de piedad, nos dejan ver la
entrañable misericordia de nuestro Dios, por la que nos ha visitado el sol que
nace de lo alto. ¿Qué dificultad hay en admitir que tus llagas nos dejan ver
tus entrañas? No podría hallarse otro medio más claro que estas tus llagas para
comprender que tú, Señor, eres bueno y clemente, y rico en misericordia. Nadie
tiene una misericordia más grande que el que da su vida por los sentenciados a
muerte y a la condenación.
Luego mi único mérito es la misericordia del Señor. No seré
pobre en méritos, mientras él no lo sea en misericordia. Y, porque la
misericordia del Señor es mucha, muchos son también mis méritos. Y, aunque
tengo conciencia de mis muchos pecados, si creció el pecado, más desbordante fue
la gracia. Y, si la misericordia del Señor dura siempre, yo también cantaré
eternamente las misericordias del Señor. ¿Cantaré acaso mi propia justicia?
Señor, narraré tu justicia, tuya entera. Sin embargo, ella es también mía, pues
tú has sido constituido mi justicia de parte de Dios.
De los sermones de san Bernardo, abad, sobre el libro del Cantar de los cantares. (Sermón 61, 3-5: Opera omnia, edición cisterciense, 2, 1958, 150-151)
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Espiritualidad,
Palabras de los Santos
domingo, 26 de mayo de 2013
Llamada telefónica del Papa a los argentinos en la vigilia en Plaza de Mayo (19 de marzo de 2013)
“Hola. Gracias por estar rezando.
Gracias por las oraciones,
las necesito mucho. Gracias por haberse reunido a rezar. ¡Es tan lindo rezar!
Porque es mirar hacia el cielo, mirar a nuestro corazón y saber que tenemos un
Padre Bueno, que es Dios. Gracias por eso.
Les quiero pedir un favor: caminemos todos juntos,
cuidémonos los unos a los otros, cuídense entre ustedes, no se hagan daño;
cuídense! Cuiden la vida, cuiden la familia, cuiden la naturaleza, cuiden los
niños, cuiden a los viejos.
Que no haya odio, que no haya peleas. Dejen de lado
la envidia y no le saquen el cuero a nadie; dialoguen, vayan creciendo en el
corazón y acérquense a Dios.
Dios es bueno, Dios siempre perdona. Dios es Padre…
acérquense siempre a Él. Que la Madre los bendiga mucho y por favor, no se
olviden de este obispo, que aunque está lejos, los quiere mucho: recen por mí.
Por la intercesión de Santa María, siempre Virgen y del
ángel guardián de cada uno, el glorioso patriarca San José, de Santa Teresita
del Niño Jesús y los santos protectores de ustedes, que Dios los bendiga"
sábado, 25 de mayo de 2013
Homilía del Arzobispo de Buenos Aires, Mons. Mario Poli, en el Tedeum por el día de la Patria el 25 de mayo de 2013
Queridos hermanos y compatriotas:
Una vez más nos convoca la fe que profesamos, para dar
gracias al Dios que nos da la vida y el aliento (Hch 17,25), el que nos ha
llamado a la existencia para vivir, convivir y compartir solidariamente la
Patria de todos, la que guarda en la memoria el valioso acervo bicentenario de
nuestro pueblo. Porque en aquel Mayo inolvidable, por el arrojo y contundente
vocación de libertad de nuestros héroes nacionales, decidieron darnos, no sin
sacrificios, renunciamientos y ofrendas de vidas, la posibilidad de un destino
e identidad común. El argentino que cree en la fraternidad y no claudica en
construir la unidad, siente que esos momentos fundacionales son un valioso y
obligado punto de referencia para imaginar y pensar una Nación donde no haya
excluidos, como lo soñaron quienes hoy recordamos con gratitud de familia. Digo
familia porque la Nación de hoy es como una herencia grandiosa repartida entre
hermanos, pero que no da frutos si no mantenemos la integridad del patrimonio
heredado.
Es en la escucha de la Palabra de Dios que siempre
encontraremos una fuente inagotable de inspiración. La Palabra iluminó nuestra
historia y sostuvo la vocación de hombres y mujeres que nos precedieron en el
camino recorrido. En sus sueños y proyectos encontramos a menudo una apertura
espontánea a la escucha de la Palabra buena y verdadera, que edifica, convoca a
la unidad y da fuerzas en la adversidad. Escuchar y poner por obra la Palabra
Sagrada nos hace sabios, porque dejamos entrar a Dios y su providencia en
nuestro mundo, en nuestros ideales. Si escuchamos la Palabra y la ponemos en
práctica, podemos decir que hemos dado gracias a Dios, celebramos bien el Te
Deum, porque “es la Palabra misma la que nos lleva hacia los hermanos; es la
Palabra que ilumina, purifica, convierte.”( Verbum Domini, 93)
El primer texto que escuchamos pertenece al libro de la
Sabiduría y nos dice que “si te decides a servir a Dios, prepara tu alma para
la prueba”. Es sabido que al asumir un compromiso de servicio a los demás, los
reveses vienen solos, no hay que buscarlos. Ante ellos, hay quienes se hacen
fuertes en su propia experiencia, en su modo de resolver según los recursos
humanos. Nuestros mayores nos enseñaron otro camino y es depositar nuestra
confianza en Dios, que nos invita a aceptar de buen grado todo lo que suceda, y
a ser pacientes en la humillación y a confiar. “Confía en él, y él vendrá en tu
ayuda, endereza tus caminos y espera en él.” La confianza no es pasividad, sino
la sabia actitud del que busca a Dios como aliado y amigo fiel, quien siempre
nos escucha, sobre todo cuando los problemas nos superan y nos pasan por
encima. El que confía en Dios, no deja de hacer lo que sabe y le toca, pero
deja abierta la puerta si confía en él –dice la Biblia-, y “él vendrá en su
ayuda”: solo le pide que enderece sus caminos y ponga su esperanza en él. Dios
Padre −que bendijo nuestra Nación desde su origen−, la sigue amando, porque “es
eterno su amor”, reza el Salmo.
Al elevar con nuestras voces el Te Deum, rezamos por una
comunión que va más allá de simples convenciones de ocasión; debemos apostar
por una comunión que no le tenga miedo a la variedad de ideas, porque una
convivencia razonable tiene la capacidad de construir la unidad deseada a
partir de la saludable diversidad de personas, que lejos de confundirla, más
bien la manifiesta. Es cierto que la democracia en la Argentina ha transitado
una dolorosa experiencia de enfrentamientos, pero no faltaron también tiempos
en que hubo acuerdos fundamentales, como lo fueron la Constitución Nacional y
las provinciales, y otros tantos momentos felices y beneficiosos para nuestro
pueblo. Si queremos, sabemos cómo encontrarnos; en nuestra historia hay
virtuosos ejemplos de convivencia, tolerancia y diálogo fecundo: gracias a
ellos se superaron desencuentros. Después de 200 años no perdemos la esperanza
de hacer juntos el camino.
La proclamación del Evangelio de Jesús nos recuerda un
principio vital para la construcción de la ciudadanía: «El que quiere ser el
primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos». Lo dice en el
contexto en el que sus discípulos buscaban una grandeza según categorías
humanas, movidos por la ambición de privilegios, autoridad y poder. Pero el que
vino a servir y no a ser servido, les propone un camino real y verdadero, el
que nos lleva a considerar a los otros como superiores a nosotros mismos. A la
luz de esta enseñanza, en todos los órdenes de la vida, la grandeza de una
persona se mide por su espíritu de servicio, que es fuente renovable de
felicidad y alegría. La manifiesta preferencia de Jesús por los niños nos
invita a pensar que desde su concepción hasta su madurez, la opción será
servirlos y cuidarlos con pasión.
Este es un Te Deum singular, pues no podemos silenciar el
hecho de que dos compatriotas hayan sido elegidos por Dios para alegría de
nuestra gente. Me refiero primero a que el Pbro. José Gabriel del Rosario
Brochero (1840-1914), o mejor, el Señor Cura Brochero, como lo llamaban sus
paisanos cordobeses de traslasierra, será beatificado en septiembre próximo.
Así tendremos en el cielo y en los altares a uno de los nuestros muy cercano,
quien, desde el Evangelio y con profundo amor a su gente, supo unir a su misión
pastoral el servicio de promoción humana de una amplia zona, muy postergada en
su tiempo. Su vida y su obra es una clara lección: nosotros no somos más que
servidores. Además, cómo no mencionar la elección del Papa Francisco, el que
fuera nuestro querido Cardenal Bergoglio, ahora como pastor supremo de la
Iglesia que peregrina entre los hombres. Hagámonos eco de sus palabras al
comienzo de su ministerio como Pontífice: “Quisiera pedir, por favor, a todos
los que ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito económico, político o
social, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad: seamos «custodios» de
la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del
otro, del medio ambiente; no dejemos que los signos de destrucción y de muerte
acompañen el camino de este mundo nuestro. Pero, para «custodiar», también
tenemos que cuidar de nosotros mismos. Recordemos que el odio, la envidia, la
soberbia ensucian la vida. Custodiar quiere decir entonces vigilar sobre
nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque ahí es de donde salen las
intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen. No debemos
tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura.”
Los argentinos tenemos sobrados motivos para confirmar
nuestra esperanza, la que nos hace mirar el futuro con serenidad, pues las
promesas del Señor de permanecer con nosotros hasta el fin, alimentan la
alegría del camino y son luz anticipada en la aurora de un nuevo tiempo para la
Patria.
+Mario Aurelio Poli
Arzobispo de Buenos Aires
Primado de la Argentina
sábado, 11 de mayo de 2013
"Les he dado la gloria que tú me diste" por San Gregorio de Nisa
De las Homilías de san Gregario de Nisa, obispo, sobre el
Cantar de los cantares
(Del Oficio de lecturas del sábado VI° de Pascua)
Cuando el amor
llega a eliminar del todo el temor, el mismo temor se convierte en amor;
entonces llega a comprenderse que la unidad es lo que alcanza la salvación,
cuando estamos todos unidos, por nuestra íntima adhesión al solo y único bien,
por la perfección de la que nos hace participar la paloma mística.
Algo de esto
podemos deducir de aquellas palabras: Es única mi paloma, mi perfecta; es la
única hija de su madre, la predilecta de quien la engendró.
Pero las palabras
del Señor en el Evangelio nos enseñan esto mismo de una manera más clara. Él,
en efecto, habiendo dado, por su bendición, todo poder a sus discípulos, otorgó
también los demás bienes a sus elegidos, mediante las palabras con que se
dirige al Padre, añadiendo el más importante de estos bienes, el de que, en
adelante, no estén ya divididos por divergencia alguna en la apreciación del
bien, sino que sean una sola cosa, por su unión con el solo y único bien. Así,
unidos en la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz, como dice el
Apóstol, serán todos un solo cuerpo y un solo espíritu, por la única esperanza
a la que han sido llamados.
Pero será mejor
citar literalmente las divinas palabras del Evangelio: Para que todos sean uno
-dice-; para que, así como tú, Padre, estás en mi y yo en ti, sean ellos una
cosa en nosotros.
El nexo de esta
unidad es la gloria. Nadie podrá negar razonablemente que este nombre, gloria,
se atribuye al Espíritu Santo, si se fija en las palabras del Señor, cuando
dice: Yo les he dado la gloria que tú me diste. De hecho, dio esta gloria a los
discípulos, cuando les dijo: Recibid el Espíritu Santo.
Y esta gloria que
él poseía desde siempre, antes de la existencia del mundo, la recibió él
también al revestirse de la naturaleza humana; y, una vez que esta naturaleza
humana de Cristo fue glorificada por el Espíritu Santo, la gloria del Espíritu
fue comunicada a todo ser que participa de esta naturaleza, empezando por los
apóstoles.
Por esto dice: Yo
les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos
uno; yo en el/os y tú en mi, para que sean perfectos en la unidad. Por esto,
todo aquel que va creciendo de la niñez hasta alcanzar el estado de hombre
perfecto llega a aquella madurez espiritual, capaz de entender las cosas,
capaz, por fin, de la gloria del Espíritu Santo, por su pureza de vida, limpia de
todo defecto; éste es la paloma perfecta a la que se refiere el Esposo cuando
dice: Es única mi paloma. mi perfecta.
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Liturgia de los horas,
Palabras de los Santos
viernes, 26 de abril de 2013
Anécdotas del Papa Francisco
Comparto con todos una historia
maravillosa del Papa Francisco que me llegó por mail y que ocurrió hace unos meses,
cuando era aún Arzobispo de Buenos Aires.
Es cierto que algunas cosas deberían ser aclaradas; por ejemplo, creo que habría que decir que la Iniciación cristiana de los adultos, el camino del catecumenado, no es una mera "traba o trámite burocrático" sino que expresa un deseo de hacer conocer y amar al verdadero Jesús en el seno de su familia que es la Iglesia. Pero más allá de eso, creo que es una historia hermosa que vale la pena conocer, ya que nos muestra el corazón del Santo Padre, que supo encontrar la puerta de la fe cristiana en la historia de esta familia.
Es cierto que algunas cosas deberían ser aclaradas; por ejemplo, creo que habría que decir que la Iniciación cristiana de los adultos, el camino del catecumenado, no es una mera "traba o trámite burocrático" sino que expresa un deseo de hacer conocer y amar al verdadero Jesús en el seno de su familia que es la Iglesia. Pero más allá de eso, creo que es una historia hermosa que vale la pena conocer, ya que nos muestra el corazón del Santo Padre, que supo encontrar la puerta de la fe cristiana en la historia de esta familia.
Qué lindo ejemplo de buscar estar
cerca de quienes buscan a Cristo.
¡Recemos por el Papa!
¡Recemos por el Papa!
“Buenas tardes, el motivo de mi
e-mail es para contarte una historia maravillosa que nos tocó vivir con el
-entonces- Cardenal Bergoglio, hoy el PAPA Francisco.
Mi esposa, mi hijo Eduardo, mi
hija Emilie y yo vivimos hace 3 años en Canadá por temas laborales. Hace 6
meses decidimos bautizar a nuestra hija en Argentina y queríamos que el padrino
sea mi cuñado Federico. Cuando le preguntamos a Federico, nos dijo que a él le
encantaría pero que necesitaba
bautizarse para ser padrino. La familia de mi esposa es una familia
mixta Judeo-Católica, ya que la madre de mi esposa es judía y el padre es católico.
Los padres siempre le dieron a ellos la opción de elegir su religión. Mi esposa
eligió la religión Católica, la hermana la religión judía y el hermano,
Federico, siempre estuvo más cerca del catolicismo pero nunca se
bautizó….Entonces esa era una buena oportunidad para él hacerlo. Empezó a
averiguar para bautizarse en varias Iglesias y todas le ponían trabas de cursos
o trámites burocráticos para hacerlo. Por ese motivo, Federico nos llamó y nos
agradeció que lo hayamos elegido como padrino, pero que no se había podido
bautizar por las trabas que había encontrado para hacerlo y que, dado el corto
tiempo que faltaba para el bautismo, iba a ser imposible. Mi esposa -no
resignándose- decidió llamar a la Arquidiócecis de Buenos Aires para intentar
hablar con Bergoglio, en aquel entonces Cardenal (eso fue aprox el 15 de
noviembre de 2012, 3 meses atrás) pudo hablar con la secretaria de Bergoglio
quien escuchó atentamente toda la historia y le dijo que se lo iba a trasmitir
al Cardenal. Quince minutos más tarde sonó el teléfono nuestro, era el
mismísimo Bergoglio llamando para preguntarnos en qué nos podía ayudar!!! No lo
conocíamos, no nos conocía y sin embargo nos llamó!!
Mi esposa le contó nuevamente lo
que pasaba y la historia familiar y Bergoglio le dijo que con mucho gusto iba a
bautizar a Federico, que vaya ese mismo sábado a la Catedral que él mismo lo
iba a bautizar!!! Cuando Bergoglio terminó de bautizar a Federico le dijo que
jamás se olvide de sus raíces judías!!!.. Increíble persona!! Y como si eso
fuera poco Bergoglio se ofreció a bautizar a mi hija….nosotros no lo podíamos
creer, que el mismísimo Cardenal Bergoglio bautice a nuestra hija!!!
El Cardenal se tomó la molestia
de venir desde su casa a la iglesia de San Martin de Tours, un sábado a la
tarde a bautizar especialmente a nuestra hija sin conocernos y con la humildad
de un grande! Tuve la alegría de conocerlo y de hablar con él y es una persona
extraordinaria…
Me gustaría mucho que publiquen
esta historia porque habla mucho de su humildad…y de cómo él piensa e
interactúa con las religiones hermanas!!!
Realmente un ejemplo increíble!!”
Eduardo G. D.
viernes, 19 de abril de 2013
¡Habemus Papam!
Con toda la Iglesia nos alegramos y celebramos la llegada del Papa Francisco, el 266° sucesor del Apóstol San Pedro.
El Papa que hasta hace algunas semanas fue nuestro Arzobispo aquí en Buenos Aires. El Papa que me ordenó diácono y sacerdote. Le damos gracias a Dios por este gran regalo para la Iglesia de Buenos Aires y para la Iglesia de todo el mundo
Rezamos por él, como él tanto pide desde siempre.
¡Que Dios lo conserve por muchos años!
domingo, 3 de marzo de 2013
"Llego una mujer a sacar agua" Un comentario de San Agustín
De los Tratados de San Agustín, obispo,
sobre el evangelio de san Juan
Llegó una mujer. Esta mujer es figura de la Iglesia no justificada aún, pero en vías de justificación, ya que de esto trata el relato. Llegó ignorante de lo que allí le esperaba, encontró a Cristo, y éste le dirigió la palabra. Veamos qué palabras y por qué. Llegó una mujer samaritana a sacar agua. Los samaritanos no eran de raza judía, eran tenidos por extranjeros. Concuerda con el simbolismo del relato el hecho de que esta mujer, figura de la Iglesia, venga de un pueblo extranjero, ya que la Iglesia había de venir de entre los gentiles, de los que no eran de raza judía.
Por tanto, oigámonos a nosotros en sus palabras, reconozcámonos a nosotros en ella, y en ella demos gracias a Dios por nosotros. Ella era figura, no realidad; pero ella misma comenzó por ser figura y terminó por ser realidad. Creyó, en efecto, en aquel que quería hacerla figura de nosotros. Llegó, pues, a sacar agua. Había venido simplemente a sacar agua, como acostumbraban hacer todos.
Jesús le dijo: «Dame de beber.» Mientras tanto sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alguna cosa para comer. Díjole la samaritana: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» Conviene saber que los judíos no alternan con los samaritanos.
Veis cómo se trata de extranjeros: los judíos no usaban en modo alguno de sus vasijas. Y aquella mujer, que llevaba consigo una vasija para sacar agua, se admira de que un judío le pida de beber, cosa que no solían hacer los judíos. Pero el que le pide de beber, en realidad, de lo que tiene sed es de la fe de aquella mujer.
Escucha quién es el que le pide de beber: Jesús le respondió: «Si conocieses el don de Dios y quién es el que te dice: "Dame de beber", seguro que se la pedirías tú a él y él te daría agua viva.» Pide de beber y promete una bebida. Se presenta como quien está necesitado, y tiene en abundancia para saciar a los demás. Si conocieses -dice- el don de Dios. El don de Dios es el Espíritu Santo. Pero de momento habla a aquella mujer de un modo encubierto, y va entrando paulatinamente en su corazón. Seguramente empieza ya a instruirla. ¿Qué exhortación, en efecto, más suave y benigna que ésta? Si conocieses el don de Dios y quién es el que te dice: «Dame de beber», seguro que se la pedirías tú a él y él te daría agua viva.
¿Qué agua había de darle, sino aquella de la que está escrito: En ti está la fuente viva? Pues no pueden ya tener más sed los que se nutren de lo sabroso de tu casa.
Prometía el alimento y saciedad del Espíritu Santo, pero ella no lo entendía aún; y, por eso, ¿qué respondía? Exclamó entonces la mujer: «Señor, dame de ese agua, para que no sienta ya más sed ni tenga que venir aquí a sacar agua.» La necesidad la obligaba a fatigarse, pero su debilidad recusaba la fatiga. Ojalá hubiera podido escuchar aquellas palabras: Venid a mí todos los que andáis rendidos y agobiados, que yo os daré descanso. Porque todo esto se lo decía Jesús para que no tuviera ya que fatigarse, mas ella no lo entendía aún.
Por tanto, oigámonos a nosotros en sus palabras, reconozcámonos a nosotros en ella, y en ella demos gracias a Dios por nosotros. Ella era figura, no realidad; pero ella misma comenzó por ser figura y terminó por ser realidad. Creyó, en efecto, en aquel que quería hacerla figura de nosotros. Llegó, pues, a sacar agua. Había venido simplemente a sacar agua, como acostumbraban hacer todos.
Jesús le dijo: «Dame de beber.» Mientras tanto sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alguna cosa para comer. Díjole la samaritana: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» Conviene saber que los judíos no alternan con los samaritanos.
Veis cómo se trata de extranjeros: los judíos no usaban en modo alguno de sus vasijas. Y aquella mujer, que llevaba consigo una vasija para sacar agua, se admira de que un judío le pida de beber, cosa que no solían hacer los judíos. Pero el que le pide de beber, en realidad, de lo que tiene sed es de la fe de aquella mujer.
Escucha quién es el que le pide de beber: Jesús le respondió: «Si conocieses el don de Dios y quién es el que te dice: "Dame de beber", seguro que se la pedirías tú a él y él te daría agua viva.» Pide de beber y promete una bebida. Se presenta como quien está necesitado, y tiene en abundancia para saciar a los demás. Si conocieses -dice- el don de Dios. El don de Dios es el Espíritu Santo. Pero de momento habla a aquella mujer de un modo encubierto, y va entrando paulatinamente en su corazón. Seguramente empieza ya a instruirla. ¿Qué exhortación, en efecto, más suave y benigna que ésta? Si conocieses el don de Dios y quién es el que te dice: «Dame de beber», seguro que se la pedirías tú a él y él te daría agua viva.
¿Qué agua había de darle, sino aquella de la que está escrito: En ti está la fuente viva? Pues no pueden ya tener más sed los que se nutren de lo sabroso de tu casa.
Prometía el alimento y saciedad del Espíritu Santo, pero ella no lo entendía aún; y, por eso, ¿qué respondía? Exclamó entonces la mujer: «Señor, dame de ese agua, para que no sienta ya más sed ni tenga que venir aquí a sacar agua.» La necesidad la obligaba a fatigarse, pero su debilidad recusaba la fatiga. Ojalá hubiera podido escuchar aquellas palabras: Venid a mí todos los que andáis rendidos y agobiados, que yo os daré descanso. Porque todo esto se lo decía Jesús para que no tuviera ya que fatigarse, mas ella no lo entendía aún.
(Tratado 15, 10-12. 16-17: CCL 36, 154-156)
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Espiritualidad,
Palabras de los Santos
La Iglesia en Sede Vacante
No hay Papa.
Después de casi ocho años de la muerte del Papa Juan Pablo II, la Iglesia vuelve a experimentar la ocasional orfandad que ya ha atravesado tantas veces en su bimilenaria historia: No hay Papa.
Pero esta dolorosa eventualidad, es una oportunidad para recordar dos cosas: primero la absoluta primacía de la gracia en la vida de la Iglesia, que nos hace descansar serenos en la certeza de fe de que es Cristo el verdadero Pastor del rebaño. Lo otro que recordamos es la necesidad que tiene la Santa Iglesia del ministerio petrino, ejercido por el Sucesor del apóstol San Pedro, Vicario de Cristo, fundamento de la unidad y de la comunión en la fe.
No hay Papa. Pero, en la memoria bimilenaria de la Iglesia, vive la certeza de que pronto recibiremos de parte de Dios aquel que viene en Su Nombre a confirmarnos en la fe.
Por eso la Iglesia vibra en la esperanza cierta de que, aunque ahora no haya Papa, pronto, muy pronto... sí "habrá Papa".
Y le amaremos mucho , muchísimo, como amamos a Benedicto XVI, a Juan Pablo II, a Juan Pablo I a quien alcanzamos a amar profundamente en sus apenas treinta tres días de Pontificado, como amamos a Pablo VI, al entrañable Juan XXIII, al gran Pío XII, y podríamos seguir hasta el mismísimo apóstol Pedro, el primero de todos nuestros Papas.
La Iglesia ahora está sin Papa, pero espera al Papa que pronto Dios le enviará.
El demonio, que como dice el mismo Cristo, es "el mentiroso y padre de la mentira" (Jn 8, 44) odia a la Iglesia, y odia terriblemente al ministerio petrino, por eso busca hacer guarida en nuestros corazones a través de sus herramientas favoritas: el miedo y el engaño. Y se nos cuela a traves de cierta prensa y de muchas páginas en la web, buscando empantanarnos con mentiras y con verdades, pero dichas para engañar y para quitar la paz. Eso nunca viene de Dios.
Por eso a no temer, ¡Pronto habrá Papa! Y será el Papa que Dios en su infinito amor y compasión nos envíe como pastor y conductor de la nave en estos tiempos de tormentas.
Las herramientas del diablo son el engaño y el temor; las herramientas del Espíritu son la oración y la confianza en Dios. Cada uno sabrá cuáles elegir.
Queda ahora dejar un agradecimiento sentido al Papa emérito, Su Santidad Benedicto XVI. Cuando el 2 de abril de 2005 moría el Papa Juan Pablo II, nos parecía dificil amar a otro Papa tanto como a él. Pero Dios nos regaló un gran Papa, un "simple humilde trabajador en el viña del Señor" a quien llegamos a amar, escuchar, admirar y seguir mucho más de lo hubiéramos podido imaginar jamás
Gracias a Dios por el gran Papa Benedicto XVI. La Iglesia, que le debe mucho, nunca lo olvidará. Dios mío... ¡cómo le amamos!
Ahora, llenos de sobrenatural esperanza y confianza en Dios aguardamos la llegada de "aquel que llega en el Nombre del Señor"
¡Viva el Papa!
sábado, 8 de diciembre de 2012
domingo, 28 de octubre de 2012
La nueva evangelización concierne toda la vida de la Iglesia - Benedicto XVI
El Papa Benedicto XVI ofició hoy, domingo 28 de octubre de 2012, en la basílica de San Pedro del Vaticano la misa de clausura del Sínodo de Obispos para la Nueva Evangelización, en la que han participado 262 obispos de todo el mundo.
Aquí la homilía que pronunció:
Aquí la homilía que pronunció:
Venerables hermanos,
ilustres señores y señoras,
queridos hermanos y hermanas
ilustres señores y señoras,
queridos hermanos y hermanas
El milagro de la curación del ciego Bartimeo ocupa un lugar relevante en la estructura del Evangelio de Marcos. En efecto, está colocado al final de la sección llamada «viaje a Jerusalén», es decir, la última peregrinación de Jesús a la Ciudad Santa para la Pascua, en donde él sabe que lo espera la pasión, la muerte y la resurrección. Para subir a Jerusalén, desde el valle del Jordán, Jesús pasó por Jericó, y el encuentro con Bartimeo tuvo lugar a las afueras de la ciudad, mientras Jesús, como anota el evangelista, salía «de Jericó con sus discípulos y bastante gente» (10, 46); gente que, poco después, aclamará a Jesús como Mesías en su entrada a Jerusalén. Bartimeo, cuyo nombre, como dice el mismo evangelista, significa «hijo de Timeo», estaba precisamente sentado al borde del camino pidiendo limosna. Todo el Evangelio de Marcos es un itinerario de fe, que se desarrolla gradualmente en el seguimiento de Jesús. Los discípulos son los primeros protagonistas de este paulatino descubrimiento, pero hay también otros personajes que desempeñan un papel importante, y Bartimeo es uno de éstos. La suya es la última curación prodigiosa que Jesús realiza antes de su pasión, y no es casual que sea la de un ciego, es decir una persona que ha perdido la luz de sus ojos. Sabemos también por otros textos que en los evangelios la ceguera tiene un importante significado. Representa al hombre que tiene necesidad de la luz de Dios, la luz de la fe, para conocer verdaderamente la realidad y recorrer el camino de la vida. Es esencial reconocerse ciegos, necesitados de esta luz, de lo contrario se es ciego para siempre (cf. Jn9,39-41).
Bartimeo, pues, en este punto estratégico del relato de Marcos, está puesto como modelo. Él no es ciego de nacimiento, sino que ha perdido la vista: es el hombre que ha perdido la luz y es consciente de ello, pero no ha perdido la esperanza, sabe percibir la posibilidad de un encuentro con Jesús y confía en él para ser curado. En efecto, cuando siente que el Maestro pasa por el camino, grita: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí» (Mc 10,47), y lo repite con fuerza (v. 48). Y cuando Jesús lo llama y le pregunta qué quiere de él, responde: «Maestro, que pueda ver» (v. 51). Bartimeo representa al hombre que reconoce el propio mal y grita al Señor, con la confianza de ser curado. Su invocación, simple y sincera, es ejemplar, y de hecho – al igual que la del publicano en el templo: «Oh Dios, ten compasión de este pecador» (Lc 18,13) – ha entrado en la tradición de la oración cristiana. En el encuentro con Cristo, realizado con fe, Bartimeo recupera la luz que había perdido, y con ella la plenitud de la propia dignidad: se pone de pie y retoma el camino, que desde aquel momento tiene un guía, Jesús, y una ruta, la misma que Jesús recorre. El evangelista no nos dice nada más de Bartimeo, pero en él nos muestra quién es el discípulo: aquel que, con la luz de la fe, sigue a Jesús «por el camino» (v. 52).
San Agustín, en uno de sus escritos, hace una observación muy particular sobre la figura de Bartimeo, que puede resultar también interesante y significativa para nosotros. El Santo Obispo de Hipona reflexiona sobre el hecho de que Marcos, en este caso, indica el nombre no sólo de la persona que ha sido curada, sino también del padre, y concluye que «Bartimeo, hijo de Timeo, era un personaje que de una gran prosperidad cayó en la miseria, y que ésta condición suya de miseria debía ser conocida por todos y de dominio público, puesto que no era solamente un ciego, sino un mendigo sentado al borde del camino. Por esta razón Marcos lo recuerda solamente a él, porque la recuperación de su vista hizo que ese milagro tuviera una resonancia tan grande como la fama de la desventura que le sucedió» (Concordancia de los evangelios, 2, 65, 125: PL 34, 1138). Hasta aquí san Agustín.
Esta interpretación, que ve a Bartimeo como una persona caída en la miseria desde una condición de «gran prosperidad», nos hace pensar; nos invita a reflexionar sobre el hecho de que hay riquezas preciosas para nuestra vida, y que no son materiales, que podemos perder. En esta perspectiva, Bartimeo podría ser la representación de cuantos viven en regiones de antigua evangelización, donde la luz de la fe se ha debilitado, y se han alejado de Dios, ya no lo consideran importante para la vida: personas que por eso han perdido una gran riqueza, han «caído en la miseria» desde una alta dignidad –no económica o de poder terreno, sino cristiana –, han perdido la orientación segura y sólida de la vida y se han convertido, con frecuencia inconscientemente, en mendigos del sentido de la existencia. Son las numerosas personas que tienen necesidad de una nueva evangelización, es decir de un nuevo encuentro con Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios (cf. Mc 1,1), que puede abrir nuevamente sus ojos y mostrarles el camino. Es significativo que, mientras concluimos la Asamblea sinodal sobre la nueva evangelización, la liturgia nos proponga el Evangelio de Bartimeo. Esta Palabra de Dios tiene algo que decirnos de modo particular a nosotros, que en estos días hemos reflexionado sobre la urgencia de anunciar nuevamente a Cristo allá donde la luz de la fe se ha debilitado, allá donde el fuego de Dios es como un rescoldo, que pide ser reavivado, para que sea llama viva que da luz y calor a toda la casa.
La nueva evangelización concierne toda la vida de la Iglesia. Ella se refiere, en primer lugar, a la pastoral ordinaria que debe estar más animada por el fuego del Espíritu, para encender los corazones de los fieles que regularmente frecuentan la comunidad y que se reúnen en el día del Señor para nutrirse de su Palabra y del Pan de vida eterna. Deseo subrayar tres líneas pastorales que han surgido del Sínodo. La primera corresponde a los sacramentos de la iniciación cristiana. Se ha reafirmado la necesidad de acompañar con una catequesis adecuada la preparación al bautismo, a la confirmación y a la Eucaristía. También se ha reiterado la importancia de la penitencia, sacramento de la misericordia de Dios. La llamada del Señor a la santidad, dirigida a todos los cristianos, pasa a través de este itinerario sacramental. En efecto, se ha repetido muchas veces que los verdaderos protagonistas de la nueva evangelización son los santos: ellos hablan un lenguaje comprensible para todos, con el ejemplo de la vida y con las obras de caridad.
En segundo lugar, la nueva evangelización está esencialmente conectada con la misión ad gentes. La Iglesia tiene la tarea de evangelizar, de anunciar el Mensaje de salvación a los hombres que aún no conocen a Jesucristo. En el transcurso de las reflexiones sinodales, se ha subrayado también que existen muchos lugares en África, Asía y Oceanía en donde los habitantes, muchas veces sin ser plenamente conscientes, esperan con gran expectativa el primer anuncio del Evangelio. Por tanto es necesario rezar al Espíritu Santo para que suscite en la Iglesia un renovado dinamismo misionero, cuyos protagonistas sean de modo especial los agentes pastorales y los fieles laicos. La globalización ha causado un notable desplazamiento de poblaciones; por tanto el primer anuncio se impone también en los países de antigua evangelización. Todos los hombres tienen el derecho de conocer a Jesucristo y su Evangelio; y a esto corresponde el deber de los cristianos, de todos los cristianos – sacerdotes, religiosos y laicos -, de anunciar la Buena Noticia.
Un tercer aspecto tiene que ver con las personas bautizadas pero que no viven las exigencias del bautismo. Durante los trabajos sinodales se ha puesto de manifiesto que estas personas se encuentran en todos los continentes, especialmente en los países más secularizados. La Iglesia les dedica una atención particular, para que encuentren nuevamente a Jesucristo, vuelvan a descubrir el gozo de la fe y regresen a las prácticas religiosas en la comunidad de los fieles. Además de los métodos pastorales tradicionales, siempre válidos, la Iglesia intenta utilizar también métodos nuevos, usando asimismo nuevos lenguajes, apropiados a las diferentes culturas del mundo, proponiendo la verdad de Cristo con una actitud de diálogo y de amistad que tiene como fundamento a Dios que es Amor. En varias partes del mundo, la Iglesia ya ha emprendido dicho camino de creatividad pastoral, para acercarse a las personas alejadas y en busca del sentido de la vida, de la felicidad y, en definitiva, de Dios. Recordamos algunas importantes misiones ciudadanas, el «Atrio de los gentiles», la Misión Continental, etcétera. Sin duda el Señor, Buen Pastor, bendecirá abundantemente dichos esfuerzos que provienen del celo por su Persona y su Evangelio.
Queridos hermanos y hermanas, Bartimeo, una vez recuperada la vista gracias a Jesús, se unió al grupo de los discípulos, entre los cuales seguramente había otros que, como él, habían sido curados por el Maestro. Así son los nuevos evangelizadores: personas que han tenido la experiencia de ser curados por Dios, mediante Jesucristo. Y su característica es una alegría de corazón, que dice con el salmista: «El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres» (Sal 125,3). También nosotros hoy, nos dirigimos al Señor, Redemptor hominis yLumen gentium, con gozoso agradecimiento, haciendo nuestra una oración de san Clemente de Alejandría: «Hasta ahora me he equivocado en la esperanza de encontrar a Dios, pero puesto que tú me iluminas, oh Señor, encuentro a Dios por medio de ti, y recibo al Padre de ti, me hago tu coheredero, porque no te has avergonzado de tenerme por hermano. Cancelemos, pues, cancelemos el olvido de la verdad, la ignorancia; y removiendo las tinieblas que nos impiden la vista como niebla en los ojos, contemplemos al verdadero Dios…; ya que una luz del cielo brilló sobre nosotros sepultados en las tinieblas y prisioneros de la sombra de muerte, [una luz] más pura que el sol, más dulce que la vida de aquí abajo» (Protrettico, 113, 2- 114,1). Amén
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sábado, 27 de octubre de 2012
La misión "ad gentes" y la "nueva evangelización" - Trabajos para grupos misioneros
Dice el Papa Benedicto XVI:
“También en nuestro tiempo el Espíritu Santo ha suscitado en la Iglesia un nuevo impulso para anunciar la Buena Noticia, un dinamismo espiritual y pastoral que ha encontrado su expresión más universal y su impulso más autorizado en el Concilio Ecuménico Vaticano II. Este renovado dinamismo de evangelización produce un influjo beneficioso sobre las dos «ramas» especificas que se desarrollan a partir de ella, es decir, por una parte, la missio ad gentes, o sea el anuncio del Evangelio a aquellos que aun no conocen a Jesucristo y su mensaje de salvación; y, por otra parte, la nueva evangelización, orientada principalmente a las personas que, aun estando bautizadas, se han alejado de la Iglesia, y viven sin tener en cuenta la praxis cristiana.
“También en nuestro tiempo el Espíritu Santo ha suscitado en la Iglesia un nuevo impulso para anunciar la Buena Noticia, un dinamismo espiritual y pastoral que ha encontrado su expresión más universal y su impulso más autorizado en el Concilio Ecuménico Vaticano II. Este renovado dinamismo de evangelización produce un influjo beneficioso sobre las dos «ramas» especificas que se desarrollan a partir de ella, es decir, por una parte, la missio ad gentes, o sea el anuncio del Evangelio a aquellos que aun no conocen a Jesucristo y su mensaje de salvación; y, por otra parte, la nueva evangelización, orientada principalmente a las personas que, aun estando bautizadas, se han alejado de la Iglesia, y viven sin tener en cuenta la praxis cristiana.
La Asamblea sinodal
que hoy se abre esta dedicada a esta nueva evangelización, para favorecer en
estas personas un nuevo encuentro con el Señor, el único que llena de
significado profundo y de paz nuestra existencia; para favorecer el
redescubrimiento de la fe, fuente de gracia que trae alegría y esperanza a la
vida personal, familiar y social. Obviamente, esa orientación particular no
debe disminuir el impulso misionero, en sentido propio, ni la actividad
ordinaria de evangelización en nuestras comunidades cristianas. En efecto, los
tres aspectos de la única realidad de evangelización se completan y fecundan
mutuamente.”
De
la homilía del Papa Benedicto XVI el domingo 7 de octubre de 2012
Para pensar y
responder por grupos:
-¿Qué diferencia hay entre la “misión ad gentes” y la “nueva evangelización”?
-¿Con qué acciones o iniciativas se puede “favorecer un encuentro con el Señor” de aquellos que ya creen en él?
-¿Cómo podríamos llevar este “Año de la fe” en la línea de los que nos propone el Santo Padre a nuestros lugares de misión?
El año de la fe y la misión - Trabajos para grupos misioneros
La misión y el “Año de la
fe”
"Sentire cum Ecclesia” (sentir con la
Iglesia) es una frase muy conocida y que le gustaba mucho repetir a muchos
santos, por ejemplo a San Ignacio de Loyola, y quiere significar un modo de vivir
la fe y la espiritualidad, en sintonía con lo que nos propone la Iglesia como
santa madre que es. Por eso, para sentir con la Iglesia, queremos insertar nuestros trabajos de preparación para las misiones de verano en este contexto del “Año de la fe” que estamos viviendo a
invitación del Santo Padre el Papa Benedicto XVI.
En este “Año de la fe”, que comenzó el
pasado 11 de octubre y terminará el 24 de noviembre de 2013, el Papa Benedicto
XVI nos invita a reflexionar sobre dos cosas: el lugar de la fe en nuestras
vidas y nuestra responsabilidad en hacer crecer la fe de los creyentes. Proponemos trabajar dos textos recientes del Papa que nos ayudan a pensar ambos
temas y a tratar de verlos en nuestra vida cotidiana, para mejor "sentir con la Iglesia en nuestro apostolado concreto.
“Pero —nos preguntamos— ¿la fe es
verdaderamente la fuerza transformadora en nuestra vida, en mi vida? ¿O es sólo
uno de los elementos que forman parte de la existencia, sin ser el determinante
que la involucra totalmente? Con las catequesis de este Año de la fe querríamos
hacer un camino para reforzar o reencontrar la alegría de la fe, comprendiendo
que ésta no es algo ajeno, separado de la vida concreta, sino que es su alma.
La fe en un Dios que es amor, y que se ha hecho cercano al hombre encarnándose
y donándose Él mismo en la cruz para salvarnos y volver a abrirnos las puertas
del Cielo, indica de manera luminosa que sólo en el amor consiste la plenitud
del hombre. Hoy es necesario subrayarlo con claridad —mientras las
transformaciones culturales en curso muestran con frecuencia tantas formas de
barbarie que llegan bajo el signo de «conquistas de civilización»—: la fe
afirma que no existe verdadera humanidad más que en los lugares, gestos,
tiempos y formas donde el hombre está animado por el amor que viene de Dios, se
expresa como don, se manifiesta en relaciones ricas de amor, de compasión, de
atención y de servicio desinteresado hacia el otro. Donde existe dominio,
posesión, explotación, mercantilización del otro para el propio egoísmo, donde
existe la arrogancia del yo cerrado en sí mismo, el hombre resulta empobrecido,
degradado, desfigurado. La fe cristiana, activa en la caridad y fuerte en la
esperanza, no limita, sino que humaniza la vida; más aún, la hace plenamente
humana.
La fe es recibir este mensaje
transformador en nuestra vida, es recibir la revelación de Dios, que nos hace
conocer quién es Él, cómo actúa, cuáles son sus proyectos para nosotros.
Cierto: el misterio de Dios sigue siempre más allá de nuestros conceptos y de
nuestra razón, de nuestros ritos y de nuestras oraciones. Con todo, con la
revelación es Dios mismo quien se auto-comunica, se relata, se hace accesible.
Y a nosotros, se nos hace capaces de escuchar su Palabra y de recibir su
verdad. He aquí entonces la maravilla de la fe: Dios, en su amor, crea en
nosotros —a través de la obra del Espíritu Santo— las condiciones adecuadas
para que podamos reconocer su Palabra. Dios mismo, en su voluntad de
manifestarse, de entrar en contacto con nosotros, de hacerse presente en
nuestra historia, nos hace capaces de escucharle y de recibirle. San Pablo lo
expresa con alegría y reconocimiento así: «Damos gracias a Dios sin cesar,
porque, al recibir la Palabra de Dios, que os predicamos, la acogisteis no como
palabra humana, sino, cual es en verdad, como Palabra de Dios que permanece activa
en vosotros los creyentes» (1 Ts 2, 13)”
De la Catequesis del Papa Benedicto XVI el miércoles 17 de octubre de 2012
Para pensar y
responder por grupos:
¿Qué lugar ocupa la fe en mi vida?
¿En que se nota en mí la fe? ¿Qué
efectos produce en mi vida concreta?
¿Qué sería diferente en mis actos si no
tuviera fe?
¿Cómo podrias describir y sintetizar ese "mensaje transformador" que es la revelación de Dios y del cual nos habla el Santo Padre?
La Iglesia empieza con el «hacer» y el «hablar» de Dios - Benedicto XVI
Fragmento de la meditación improvisada del Papa Benedicto XVI en el Sínodo de los Obispos, tras la lectura breve de la Hora Tercia, el 8 de octubre de 2012.
"La cuestión para nosotros es: Dios ha hablado, ha roto verdaderamente el gran silencio, se ha mostrado, pero ¿cómo podemos hacer llegar esta realidad al hombre de hoy para que se transforme en salvación? El hecho de que haya hablado es por sí mismo la salvación, es la redención. Pero ¿cómo puede saberlo el hombre? Este punto me parece que es un interrogante, pero también una pregunta, una orden para nosotros: podemos encontrar una respuesta meditando sobre el Himno de la Hora Tercia «Nunc, Sancte, nobis Spìritus». La primera estrofa dice: «Dignàre promptus ingeri nostro refusus, péctori», es decir, oremos para que venga el Espíritu Santo, esté en nosotros y con nosotros. En otras palabras: nosotros no podemos hacer la Iglesia, podemos sólo dar a conocer lo que ha hecho Él. La Iglesia no empieza con el «hacer» nuestro, sino con el «hacer» y el «hablar» de Dios. Así, los Apóstoles no dijeron, después de algunas asambleas: ahora queremos crear una Iglesia, y con la forma de una constituyente habrían elaborado una constitución. No, ellos oraron y en oración esperaron, porque sabían que sólo Dios mismo puede crear su Iglesia, que Dios es el primer agente: si Dios no obra, nuestras cosas son sólo nuestras y son insuficientes; sólo Dios puede dar testimonio de que es Él quien habla y ha hablado.
Pentecostés es la condición del nacimiento de la Iglesia sólo porque Dios ha obrado antes, los Apóstoles pueden obrar con Él y con su presencia y hacer presente todo lo que Él hace. Dios ha hablado y este «ha hablado» es lo perfecto de la fe, pero también es siempre un presente: lo perfecto de Dios no es sólo un pasado, porque es un pasado verdadero que lleva siempre en sí el presente y el futuro. Dios ha hablado quiere decir: «habla». Y como en aquel entonces sólo con la iniciativa de Dios podía nacer la Iglesia, podía ser conocido el Evangelio, el hecho de que Dios ha hablado y habla, de esta forma también hoy sólo Dios puede comenzar, nosotros sólo podemos cooperar, pero el principio debe venir de Dios. Por eso no es una mera formalidad si empezamos cada día nuestra Asamblea con la oración: esto responde a la realidad misma. Sólo el preceder de Dios hace posible nuestro caminar, nuestro cooperar, que es siempre cooperar, no una pura decisión nuestra. Por eso es importante saber siempre que la primera palabra, la iniciativa verdadera, la actividad verdadera viene de Dios y sólo si entramos en esta iniciativa divina, sólo si imploramos esta iniciativa divina, podremos también ser -con Él y en Él- evangelizadores. Dios es el principio siempre, y siempre sólo Él puede hacer Pentecostés, puede crear la Iglesia, puede mostrar la realidad de su estar con nosotros. Pero, por otro lado, este Dios, que es siempre el principio, también quiere nuestra participación, quiere que participemos con nuestra actividad, por lo que las actividades son teándricas, es decir, hechas por Dios, pero con nuestra participación e incluyendo nuestro ser, toda nuestra actividad.
Por tanto, cuando hacemos nosotros la nueva evangelización es siempre cooperación con Dios, está en el conjunto con Dios, está fundada en la oración y en su presencia real."
jueves, 25 de octubre de 2012
La fe: un terreno sólido que nos ayuda a vivir con un sentido auténtico, incluso en la crisis, en la oscuridad - Benedicto XVI
De la Catequesis del Papa Benedicto XVI sobre la fe y lo que significa creer hoy en día, del 24 de octubre de 2012
"En la actualidad, junto con tantos signos buenos, crece también en nuestro alrededor un desierto espiritual. A veces, se tiene la sensación –ante ciertos acontecimientos de los que recibimos noticias cada día– de que el mundo no se encamina hacia la construcción de una comunidad más fraterna y pacífica, las mismas ideas de progreso y bienestar muestran también sus sombras.
A pesar de la grandeza de los descubrimientos de la ciencia y de los avances de la tecnología, el hombre de hoy no parece ser verdaderamente más libre, más humano, permanecen todavía muchas formas de explotación, de manipulación, de violencia, de opresión, de injusticia.
Además, un cierto tipo de cultura ha educado a moverse sólo en el horizonte de las cosas, en aquello que es posible, a creer sólo en lo que vemos y tocamos con nuestras manos. Pero por otro lado, aumenta también el número de personas que se sienten desorientadas y que tratan de ir más allá de una visión puramente horizontal de la realidad, que están dispuestas a creer en todo y en aquello que es su contrario.
En este contexto, surgen nuevamente algunas preguntas fundamentales, que son mucho más concretas de lo que parecen ser a primera vista: ¿Qué sentido tiene vivir? ¿Hay futuro para el hombre, para nosotros y para las generaciones futuras? ¿En qué dirección orientar las decisiones de nuestra libertad para lograr un resultado bueno y feliz ¿Qué nos espera más allá de la muerte?
De estas preguntas que no se pueden apagar, emerge cómo es que el mundo de la planificación, del cálculo exacto y de la experimentación, en una palabra, el conocimiento de la ciencia, si bien son importantes para la vida humana, no es suficiente.
Nosotros necesitamos no sólo el pan material, necesitamos amor, sentido y esperanza, un fundamento seguro, un terreno sólido que nos ayude a vivir con un sentido auténtico, incluso en la crisis, en la oscuridad, en las dificultades y problemas cotidianos. La fe nos dona precisamente esto: en una confiada entrega a un "Tú", que es Dios, que me da una certeza diferente, pero no menos sólida que la que proviene del cálculo exacto o de la ciencia.
La fe no es un mero asentimiento intelectual del hombre a las verdades particulares sobre Dios, es un acto con el cual me entrego libremente a un Dios que es Padre y que me ama, es adhesión a un "Tú" que me da esperanza y confianza. Ciertamente, esta unión con Dios no carece de contenido: con ella, sabemos que Dios se ha revelado a nosotros en Cristo, que hizo ver su rostro y se acercó realmente a cada uno de nosotros."
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martes, 23 de octubre de 2012
"Lo sagrado no va nunca al museo" - Reportaje al padre Nicola Bux
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| El Papa Benedicto XVI en la ceremonia de canonizaciónes el pasado 21 de octubre. Usando el "fanón papal" vestimenta litúrgica reservada al Papa, y que casi no era usada hace varias décadas |
Don Nicola Bux, ¿por qué Benedicto XVI ha utilizado el fanón papal?
El fanón se usa sobre la casulla, y está formado por dos mucetas superpuestas la una a la otra; la inferior es más larga que la superior. Es de tela blanca y dorada, con largas líneas perpendiculares, separadas por una franja amaranto o colorada. Sobre el pecho tiene una cruz bordada en oro.
¿Cuál es el significado litúrgico del fanón papal?
Simboliza el escudo de la fe (cfr. Efesios 6, 16: “Tened siempre embrazado el escudo de la fe, para que en él se apaguen todas las flechas incendiarias del maligno”) que protege la Iglesia católica, representada por el Papa. Las bandas verticales de color dorado y plateado representen la unidad y la indisolubilidad de la Iglesia latina y oriental.
Por primera vez, el domingo pasado, el rito de la Canonización ha sido anticipado antes del comienzo de la Misa. Había sucedido también con el Consistorio para la creación de nuevos cardenales en febrero y, aún antes, con el canto de la Kalenda la noche de Navidad. ¿Cuál es el motivo de estas opciones?
La razón es lograr que se perciba cada vez mejor la diferencia entre lo que pertenece al rito eucarístico de la Misa y lo que en cambio se añade a él excepcionalmente. Hoy cada vez más se tiende a añadir a la Misa otros ritos, o hacer mezclas indebidas, o a superponer frecuentemente otros ritos sacramentales. Todo esto termina impidiendo que los fieles perciban los márgenes del Sacrificio Eucarístico, así como de los distintos sacramentos y sacramentales, llevando a reducir la Misa a un programa que se completa a gusto.
¿No existe el riesgo de que a, los ojos de los creyentes y de todo el mundo, la imagen del Papa usando vestiduras litúrgicas en desuso o las continuas modificaciones en la estructura de los ritos presididos por él puedan presentar a Benedicto XVI como un Pontífice anticuado al que le gusta usar vestimentas de museo?
Ningún riesgo, sino la señal de que, en la Iglesia, hay continuidad de Magisterio: lo que era sagrado sigue siendo sagrado. El ornamento usado por primera vez por Benedicto XVI en esta Canonización ha sido usado por Juan Pablo II, así como por Pablo VI, por Juan XXIII, por Pío XII.
Aquello que hoy debe volver a comprenderse es que los ornamentos litúrgicos no siguen las modas humanas sino que quieren dar gloria a Dios. Los sacerdotes y los obispos hasta el Papa son ministros, es decir, siervos – el Papa es servus servorum Dei -, por lo tanto, frente a la Majestad divina deben presentarse con la mayor dignidad. La riqueza de los ornamentos es el signo de esto, si bien nunca bastante adecuado, y a él debe corresponder la pureza del corazón y la castidad del cuerpo, como escribe san Francisco en la Carta a los Fieles.
Lo sagrado no va nunca al museo. La actual tendencia a la exhibición en museos de los objetos sagrados tiene algo de patológico cuando no está justificada por el motivo de salvaguardar su conservación. Los ornamentos son, en gran parte, fruto de donaciones del pueblo de Dios para conferir esplendor al culto divino.
La modificación de la estructura de los ritos corresponde a la exigencia de restaurar lo que se ha deformado por el paso del tiempo o las concesiones a las modas del momento, para permitir a los ritos expresar más claramente la lex credendi de la Iglesia. A diferencia de la beatificación, la canonización, por ejemplo, es un acto solemne del Magisterio pontificio, que declara ex cathedra, es decir, de modo infalible, que algunos de sus hijos gozan con seguridad de la visión beatífica de Dios en el Paraíso, y pueden ser invocados como intercesores y señalados como ejemplos para toda la Iglesia y no sólo para las Iglesias particulares.
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| SS Benedicto XVI y el P. Nicola Bux |
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